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Domingo , 17.02.2019 / 10:27 Hoy

La imposibilidad de ser Oscar

Inmoralista, transgresor, Wilde seducía y repelía al mismo tiempo tras su caída en desgracia por su affaire con Alfred Douglas, mácula que no oscurece la maestría estética de su obra

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Podría decirse que Oscar Wilde, uno de los más grandes artistas literarios de ese periodo que persistimos en llamar fin de siècle (que va de 1880 a 1900, aproximadamente), alcanzó su mejor forma en dos piezas de reflexión estética: el prefacio de su novela El retrato de Dorian Gray, de una página, y el ensayo breve “La decadencia de la mentira”. Podría ser paradójico destacar únicamente estas dos viñetas, en medio de obras maestras como La importancia de llamarse Ernesto y Un marido ideal, además de los atormentados testimonios de su encarcelamiento que son De profundis y “La balada de la cárcel de Reading”, ¿pero no era acaso Wilde el gran maestro de la paradoja? De hecho, la misma esencia de su obra consistía en tomar la sabiduría de siglos y volverla de revés, con el destello elegante y ligero de un aforismo.

“No hay libros morales o inmorales”, pronuncia el prefacio a Dorian Gray, con la autoridad serena de una bula papal (Wilde, con su admiración por la pompa y la arrogancia, sentía una envidiosa fascinación por la institución papal), lo que lleva a la pregunta de si, entonces, puede decirse que una vida sea moral o inmoral. La Inglaterra victoriana tardía no dudaba, tras su vertiginosa caída en desgracia en 1895, de que Wilde era un inmoralista de grado mayor (para usar el término de su amigo y admirador André Gide) y por sus crímenes le sentenció a dos años, antes de ceder, gruñendo de asco y con una adusta sacudida de manos.

No solo fue asediado por la alta burguesía: muchos artistas abandonaron a su antiguo colega y amigo, varios de ellos aterrados ante el riesgo de ser arrastrados fuera del clóset. Henry James, quien había conocido a Wilde en Estados Unidos en 1882, llamándolo entonces una “bestia impura”, a la que encontraba “repulsiva y fatua”, fue sacudido por lo que llamó la “tragedia sórdida, pero como quiera tragedia”, que comenzó con el juicio contra Wilde por ofensas homosexuales en la primavera de 1895. James escribió por entonces a un amigo suyo: “[Wilde] nunca fue de interés para mí, aunque eso ha cambiado, en cierto modo, con esta historia espantosa”. En cierto modo: en la cadencia, apenas murmurada, el terror y la melancolía se escuchan con claridad.

Los detalles del caso se han vuelto leyenda, así que no estaría de más una breve recapitulación: Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde nació en Dublín en 1854, del matrimonio de Sir William Wilde, un cirujano muy popular, y la admirable, aunque un tanto ridícula, Jane, quien tenía sangre italiana y que, con el seudónimo de Speranza, escribía poesía patriótica (barata y solemne, sobre todo) para la prensa nacionalista, una obra que estuvo a punto de ganarle una sentencia de cárcel alguna vez. Gran asunto habría sido para la respetada familia Wilde el de contar con dos presidiarios.

El joven Oscar asistió al internado de Portora, en Enniskillen, que entonces era el Trinity College de Dublín. Ingresó después a Oxford, donde se convirtió en uno de los jóvenes exquisitos que circulaban por el Magdalen College, ataviado con amplias capas y collares. Adornaba su cuarto con plumas de avestruz, lirios frescos y abundante papel de china azul. Pero también se dedicaba con seriedad a sus estudios, particularmente latín y griego, así que no fue un vacuo alarde cuando dijo de sí mismo que alguna vez había sido un “lord del lenguaje”.

En Oxford encontró influencias que entonces eran revolucionarias, incluyendo a John Ruskin, y en particular Walter Pater, cuyas doctrinas artísticas habrían de tener la mayor relevancia en la vida y la obra de Wilde. Como todo artista, por supuesto, debía, si no matar al padre (¡el Pater!), al menos darle un buen golpe. En el diálogo casi unilateral que es “La decadencia de la mentira”, el dominante Vivian, portavoz de Wilde, va un paso más allá que su mentor, con delicadeza pero cálculo pleno, para liberar al arte de cualquier deuda que pudiera tener con el utilitarismo y el lugar común de las “pasiones mundanas”.

“El arte jamás expresa otra cosa que a sí mismo. Tal es el principio de mi nueva estética y es esto, más que la conexión vital entre forma y sustancia en la que insistía el señor Pater, que hace de la música el modelo para todas las artes”.

Aquella “nueva estética” puede no haber sido tan novedosa como él quería hacerla parecer: el movimiento que defendía al “arte por el arte” se encontraba en marcha al momento de la publicación del ensayo, en 1889. Pero nadie, ni Flaubert en sus cartas, ni Baudelaire en sus textos periodísticos, había defendido la autonomía total del arte con tanto tino y aplomo, con una prosa de persuasión consumada. A esto se agregaba el aliento de su lectura, inspirada en autores clásicos y modernos que en buena parte eran la base de sus argumentos. Él sabía bien de dónde provenía su fluidez.

Cuando concluyó sus estudios, fue con la mayor determinación y una mirada bien entrenada que se dispuso a abrirse camino en el “mundo de la pluma”, como se hacía referencia por entonces al circuito literario y la competencia que en él se daba. Extrañamente, para alguien tan entregado al conocimiento de la antigua cultura europea, fue en el Nuevo Mundo que forjó su primer gran éxito, cuando emprendió una gira por Estados Unidos para impartir conferencias sobre diseño interior, entre otros temas. La estancia debió durar cuatro meses, pero se alargó un año. Lejos de casa, Oscar se había convertido en quien debía ser.

También parecía encontrarse sobre piso firme en su vida privada cuando, en 1884, se casó con Constance Lloyd, hija de un abogado (que contaba con unos considerables ingresos privados, para aderezar la unión). Se mudaron a una bonita casa en el barrio londinense de Chelsea, donde pudieron dedicarse al diseño interior y tuvieron dos hijos, Cyril y Vyvyan (curiosamente, los nombres que dio a los protagonistas del debate en “La decadencia de la mentira”), pero el dulce grillete de la vida doméstica no logró mantener a Oscar bajo control. Como escribió años más tarde: “Cansado de las alturas, me moví deliberadamente hacia las honduras en busca de nuevas sensaciones”. Al principio, no fueron tan profundas las honduras de la depravación en las que se sumergió. Se cree que su primer encuentro homosexual serio sucedió en 1886, con el periodista y crítico canadiense de origen inglés Robert Ross, quien habría de ser uno de sus amigos leales y defensores hasta su muerte (y después de ella).

Aquí debemos detenernos un momento. Podría haber estado en aguas superficiales, pero también eran turbias. “¿Oscar Wilde se consideraba a sí mismo homosexual?”, se pregunta Nicholas Frankel en las primeras páginas de Oscar Wilde: The Unrepentent Years (Harvard University Press), su fascinante mirada a la última fase de la vida del escritor, hasta ahora poco estudiada. Al señalar que la palabra “homosexual” apareció impresa por primera vez (y entonces solo como adjetivo) en 1892, Frankel observa: “Siempre habrá algo de anacrónico en las referencias a cualquier ‘identidad sexual’ victoriana. El sexo, tanto el permitido como el ilícito, era algo que la gente practicaba, pero no era visto aún como una forma de expresar la sexualidad personal”.

Comoquiera que sea, puede decirse que Wilde conocía su propia naturaleza, con independencia del término que le asignara. “Un poeta encarcelado por amar a los muchachos ama a los muchachos”, escribió sin afectación desde París, tras salir de prisión y haberse reconciliado con Douglas (Bosie). Y continuó, en el tono digno y melancólico de sus últimos años, señalando que si hubiera renunciado a los muchachos después de cumplir su sentencia habría sido como admitir que “el amor uranista es innoble”. Pero, ¿qué le impulsaba más: su entrega a la nobleza y el amor verdadero, o el anhelo por la degradación que le llevó a las turbias profundidades en las que chapoteaban los muchachos de alquiler? ¿O fueron las profundidades de la selva? “Era como un festín con panteras”, escribió desde la cárcel. “La mitad de la emoción estaba en el peligro”.

La “ocasión de pecar” (como solían decir los sacerdotes) que le puso tras las rejas fue su querido Bosie. Douglas ha sido muy criticado, merecidamente dirían muchos, aunque no Frankel, que busca, con su estilo discreto aunque persuasivo, limpiar un poco del fango que ha manchado la reputación de Bosie: “La relación entre Wilde y Douglas sigue siendo malinterpretada. Douglas ha sido siempre representado como un Judas o un Yago, desalmado y cruel, que espoleó a Wilde para cometer no una, sino dos veces, actos desastrosos y fatídicos, antes de abandonarle para enfrentar las consecuencias por su cuenta”.

Es de admirar la grandeza de espíritu que muestra Frankel al tratar de redimir la imagen de Bosie, pero no aporta la evidencia suficiente para sustentar su caso. Cierto, Bosie era más que el niñato malcriado y llorón al que lo ha reducido la posteridad, pero no mucho más. No hay duda: empujó a Wilde hacia el precipicio, sin preocupación aparente por las consecuencias y aun si “conoció y amó a Wilde más íntimamente que cualquier otra persona en ese periodo”, como escribe Frankel, ese amor estaba hecho tanto de nobleza “uraniana” como de egoísmo e irresponsabilidad.

El primero de los “actos desastrosos y fatídicos” a los que Bosie le incitó fue abrir un juicio por difamación contra su padre, el vil marqués de Queensbury (un Mr. Hyde sin su respectivo Dr. Jekyll), quien sabía de la relación que su hijo tenía con Wilde y dejó su tarjeta de visita en el club al que asistía éste, con una nota en la que acusaba al ya famosísimo dramaturgo de ser un “sodomita”. Wilde desoyó los consejos de varios amigos suyos y llevó el caso a juicio, lo que, sabemos ahora, resultó un espantoso error de cálculo que le llevó a ser acusado de ultrajes a la moral pública y encarcelado.

Es probable que Wilde no haya tenido por entonces plena conciencia de lo que implicaba una sentencia de cárcel. “Casi de seguro”, escribe Frankel, “él tenía todavía una idea exaltada y romántica de la prisión: alguna vez había escrito que ‘un encarcelamiento injusto por una causa noble fortalece y profundiza la propia naturaleza’”. Le esperaba un terrible baño de realidad en la cárcel de Pentonville, uno de los lugares de reclusión más duros de la Inglaterra victoriana. “Desde el inicio, fue una pesadilla diabólica”, contó Wilde a otro amigo leal, Frank Harris, “más espantoso que cualquier cosa que pudiera haber soñado”. A su llegada, fue obligado a “bañarse” en una tina de agua inmunda. Su cabello, esos rizos amplios de los que se envanecía, fueron rapados. Ataviado en el “traje de la vergüenza”, fue arrojado a una celda tan reducida y ruidosa que apenas se sentía capaz de respirar: “Pero lo peor fue la inhumanidad: descubrir lo maléfica que es la criatura humana. Hasta entonces, no sabía nada de ella. No había imaginado crueldad similar”.

Un gran mérito de Wilde es que, ya liberado, trabajó arduamente para lograr una reforma del sistema penal, con resultados considerables. También participó en la campaña para revocar el Acta de la Enmienda de Ley Criminal, bajo la que había sido convicto por actos homosexuales. “No tengo duda de que habremos de ganar”, escribió al activista George Ives en 1898, “pero el camino es largo y está sembrado de martirios monstruosos”. Debe tenerse presente que Wilde, el esteta, es también el autor del ensayo “El alma del hombre bajo el socialismo”, influido por los anarquistas. Wilde fue un hombre de muchas facetas, no todas decadentes.

Hacia el otoño de 1895, de acuerdo a Frankel, Wilde estaba “a punto del colapso”. Gravemente debilitado por el hambre, la privación del sueño y enfermedades recurrentes, estaba tan débil que una mañana no pudo levantarse de la cama. Cuando se le forzó a hacerlo, cayó al suelo varias veces y los golpes dañaron su oído interno, una herida que pudo contribuir a su muerte prematura, por meningo encefalitis, cinco años después.

Tiempo después, las condiciones de su encierro mejoraron un tanto, gracias en parte a los esfuerzos de [Robert] Ross y en particular de [Frank] Harris, una figura de su círculo cercano que hasta hoy era considerado un pillo, pero que emerge del libro apasionante y bien documentado de Frankel con un auténtico aire de santidad. En el verano de 1896, Harris consiguió una audiencia con Sir Evelyn Ruggles–Brise, el presidente de la comisión de penitenciarías, para suplicarle un tratamiento más benévolo hacia el prisionero, que para entonces había sido transferido de la cámara de horrores que era Pentonville a la cárcel de Reading Gaol, un poco menos severa. Harris fue agradablemente sorprendido cuando Ruggles–Brise lo envió de inmediato a Reading para verificar el estado, tanto físico como espiritual, en que se hallaba Wilde.

De acuerdo con Frankel, “la visita de Harris en ese 1896 fue un punto de inflexión en los dos años que duró la readaptación de Wilde”. Uno de los efectos, que no habría de durar mucho, fue el rechazo piadoso y meramente estratégico de sus ideas sobre la nobleza del amor uraniano. A instancias de Harris, confeccionó una petición, larga y a primera vista sincera, para el ministro del Interior británico. Frankel dice: “Comienza con la observación de que, aunque no tiene intención de paliar las ‘terribles ofensas’ de las que había sido ‘merecidamente encontrado culpable’, esas ofensas eran ‘formas de locura sexual’ y ‘enfermedades que debían atenderse a manos de un médico y no crímenes que debieran ser castigados por un juez’ ”.

La rendición que representa este documento de dos mil palabras es plenamente comprensible, dado el predicamento en que se hallaba Wilde, pero no deja de haber una tristeza desalentadora en el hecho de ver a un hombre tan orgulloso rebajarse así.

En el largo grito de ayuda que es De profundis, terminado en 1897, Wilde exhibe a Bosie como la causa de su ruina. Irónicamente, Bosie no supo siquiera de la existencia de este texto sino hasta muchos años más tarde. Wilde se lo había entregado a Robert Ross, quien lo publicó cinco años después de su muerte. La primera versión fue sometida a una censura tan estricta que el mismo Douglas pudo reseñarla (¡en la revista Motorist and Traveler!), sin darse cuenta de que él era el objeto de la carta.

Los tormentos que sufrió en esos años de encierro, lejos de hacer que Douglas se volviera una influencia funesta y destructiva a los ojos de Wilde, solo parecen haber intensificado su pasión por ese hombre apuesto y no desprovisto de talento. Como dice Frankel: “El elemento estrictamente sexual desapareció desde los primeros años de su relación… pero los dos seguían amándose y la supervivencia de su amistad y su afecto fue un escándalo público”. En una carta a su madre, que Frankel no duda en describir como desgarradora, Douglas escribe: “aún le amo y le admiro, y creo que ha sido sometido a tratamientos infames por bestias crueles e ignorantes”.

Su reunión se volvió asunto público cuando se establecieron juntos en Nápoles, una ciudad que Wilde describió con entusiasmo como “malvada y suntuosa”, en la que la pareja reincidente, a pesar de una escasez crónica de fondos, tuvo banquetes, bebió copiosamente y se entretuvo persiguiendo muchachos. Este fue el segundo “acto desastroso y fatídico” del que, Frankel considera, Bosie fue injustamente culpado. Al contrario, insiste él, un poco forzadamente: la “desafortunada reunión de Oscar Wilde y Lord Alfred Douglas en Nápoles es uno de los eventos que más se han distorsionado y malinterpretado en la historia de la literatura”, aunque “sepultó cualquier esperanza de respetabilidad y de llevar una vida decente que pudo haber tenido Wilde”.

Respetabilidad: la palabra conjura de inmediato la imagen de Constance, la esposa de Wilde, perpleja ante la calamidad que había caído sobre ella y sus hijos, siempre más dispuesta a mostrar tristeza que rabia o vituperio. Su reacción más dura fue prohibirle a Wilde el acceso a sus hijos, y él se fue a la tumba sin haberles visto de nuevo, más que en fotografías que ella le enviaba. Esta fue una de las privaciones que encontró más difícil de soportar (“lo que quiero es el amor de mis hijos”) y por la que jamás consiguió perdonar a su esposa. Aun así, se daba cuenta de la herida terrible que había infligido a esta mujer decente y agobiada: “No me importa ver mi vida destrozada”, escribió a un amigo, “así es como debe ser. Pero cuando pienso en la pobre Constance, simplemente quisiera suicidarme”.

Los amigos de Wilde le rogaban escribir durante esos últimos años de desesperanza. Él incluso firmó contratos para nuevas obras, pero apenas fue un truco para hacerse de un poco de efectivo, algo que siempre le hacía falta. En París, tras su liberación, detuvo en la calle a su amiga, la cantante Nellie Melba, y con lágrimas de vergüenza le pidió dinero. Aun en la miseria, insistía en vivir como el exitoso dramaturgo que fue alguna vez. “Mi obra había sido una dicha para mí”, escribió. “Cuando mis textos estaban en escena, ¡ganaba hasta cien libras semanales! Disfrutaba cada minuto del día”. ¿Fue justo ahí, en la dicha, en el deleite ilimitado, con el oro en el banco, que había preparado su fracaso último? Después de ser liberado intentó revivir la vieja gloria, en Nápoles o en cualquier otra parte, pero fue en vano. No había más que cenizas. “Algo murió en mí”, dijo a Ross. “No siento el deseo de escribir”. Y agregó: “no me siento a la altura de la arquitectura intelectual del pensamiento”.

Esta última es una observación significativa, acaso más reveladora de lo que él mismo comprendía. ¿Alguna vez se permitió estar a la altura del exceso de talento literario que llevaba sobre los hombros? ¿Había cumplido sus propias exigencias, delineadas con dogmatismo (pese a la ligereza de tono) en el prefacio de Dorian Gray y en “La decadencia de la mentira”? Cierto, sus obras son grandes a su manera (Salomé, en particular, muestra al artista subversivo que pudo haber sido, si no le hubiera faltado valor) pero no lo bastante de algún modo. No cumplen la promesa de su genialidad. A lo largo de su vida había hablado demasiado de su propio talento. Como dijo un testigo: “se agotó en palabras”.

Hay indicios de que sabía, o al menos sospechaba, que había fallado a un nivel profundo. Cuando publicó la versión revisada de La importancia de llamarse Ernesto, la dedicó al siempre leal Ross, pero con el apunte melancólico de que “desearía que fuera una obra más maravillosa, de mayor seriedad en su intención”. De forma similar, en “La balada de la cárcel de Reading” señaló que estaba “tomado de una experiencia real” y, por lo tanto, era “una especie de negación de mi propia filosofía del arte”.

¿Podría ser, entonces, que es justo en su filosofía del arte, y no en las obras que creó a partir de ella, donde residen sus mayores logros? Su teatro y su ficción brillan, relucen y lanzan destellos, pero aun en los mejores momentos sus personajes se resisten a hablar en nombre de esa “seriedad de intención” que debe ser la base hasta de una obra ligera. Basta contrastar a Wilde y a Chéjov para asombrarse de lo que el segundo podía hacer con personajes que parecían de papel, tanto como los del primero resultaban marionetas que eran incesante e incluso insufriblemente ingeniosas.

Es una idea extendida que Wilde mismo inició la conflagración que terminó por destruirle a partir de un éxito desmedido (“¡cien libras semanales!”), pero también es posible pensar que lo que encendía su talento, desde el inicio, era la certeza del fracaso acechante. Cuando Gide le preguntó si siempre supo que todo terminaría en la ruina, su respuesta resonó con énfasis ambiguo: “¡Claro! Claro que supe que habría una catástrofe… La esperaba. Debía terminar así. Solo imagina: no era posible ir más allá, y no podía durar. Por eso, comprendes, debía tener un fin”.

La estética de un artista no debe ser negada. De lo contrario, le aguardan las mayores profundidades.

©The New York Review of Books.

Traducción de Atahualpa Espinosa.

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