Hay personas para las cuales el dicho “la chancla que yo tiro no la vuelvo a levantar” se restringe solo al drama de su vida sentimental, y hay quienes se lo toman literal, pues abandonan sus viejos pares de zapatos en lo alto de los cables de luz o afuera de algún bar turbio. Pero otros han optado por dejar sus zapatillas y botines en el Museo del Calzado El Borceguí, una joya escondida en pleno Centro Histórico de la Ciudad de México, y que además se ser único en su tipo en Latinoamérica y ser considerado el tercero a nivel mundial, gracias a las donaciones de sus visitantes ha logrado amasar una colección de aproximadamente cinco mil piezas.
“Una de las cosas más raras que nos han regalado es un par de botas de la década de los cincuenta, hechas con pelo de perro Alaska y que eran utilizadas para alpinismo. Quien las trajo nos dijo que las habían usado para subir al Popocatépetl y al Iztaccíhuatl, pues su material es excelente para evitar las quemaduras de frío en los pies. Aparentemente estas botas son una pieza única que habían mandado a hacer, pues no hemos encontrados ninguna similar, además de que ahora, por cuestiones referentes a la protección animal, es imposible que se fabriquen”, detalla a MILENIO Norma Ponce, coordinadora del espacio museístico.
Otros artículos que integran la colección del recinto, fundado en 1991 por el empresario José Antonio Villamayor Coto, son huaraches provenientes de los distintos estados de la República, algunos de comunidades zapotecas y huicholes; calzado perteneciente a personalidades de la historia y cultura nacional, como el presidente Martín Carrera y el pintor José Luis Cuevas, y piezas históricas como un cacli azteca del siglo XII, además de 15 mil miniaturas hechas de materiales como porcelana y cristal.
Casi a la entrada del recinto, un titánico par de botas de astronauta que la NASA donó al museo recibe a los poco más de dos mil visitantes mensuales; a continuación se encuentran unas sandalias egipcias del siglo II y dos pares de escarpes (o calzado de armadura) españoles, además de una colección de sandalias florales japonesas del siglo XIX, zapatos de loto chinos —aquellos con los que a las mujeres se les deformaban los pies—, y otras chanclas provenientes de Oriente, algunas de ellas con incrustaciones de marfil u otros materiales preciosos, entre otras cosas.
Estas piezas exóticas las ha adquirido el recinto gracias a los intercambios culturales que ha entablado con otros museos similares en el mundo, como el BATA de Canadá, el Bally de Suiza y el Museo del Calzado de Elda en España, de los cuales en total existen nueve. “Todos estos museos han colaborado para distintas piezas que de otra forma serían muy difíciles de poder apreciar en el país”, dice Ponce a MILENIO.
La coordinadora explica que la misión del museo es dar a conocer la historia a través del calzado, y considera que cada uno de los elementos característicos que forman parte de la hechura de las piezas es capaz de transportar al público a la época de la que provienen. Así, la exhibición permanente está organizada de forma cronológica: inicia con las sandalias egipcias y concluye con los zapatos deportivos, “y los de Jacobo Zabludovsky, que con su hoyo en la suela nos muestra la osadía y sagacidad del reportero de andar buscando la nota”.
“El zapato ha sido una parte importante de la historia de la humanidad. ¿Cómo surge? Nadie lo sabe con exactitud, pues las excavaciones revelan que fue aproximadamente 7 mil u 8 mil años a. C, pero de acuerdo con los registros y lo que se ha podido apreciar, uno puede darse cuenta de que el huarache ha sido el zapato universal: todas las culturas antiguas ha tenido algún modelo, por llamarlo de alguna manera, tejido en diferentes fibras u otros materiales regionales, como la paja de arroz en Oriente y el cáñamo y el maíz en América”.
“Todos los países”, continúa, “tienen parte de su historia reflejada en su calzado. Por ejemplo: los egipcios le otorgaban un gran valor al zapato: puedes ver las sandalias representadas en los sarcófagos pues eran un símbolo de poder económico y autoridad. Inclusive, más recientemente, los zapatos de diseñador los creó Salvatore Ferragamo en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, a base de materiales sintéticos, pues el cuero estaba destinado a las botas de los soldados. Sin embargo, su origen es el mismo: fue creado para proteger los pies de las inclemencias del tiempo y el terreno”, concluye.
La pequeña entrada al Museo del Calzado está en la calle de Bolívar núm 27. Abre de lunes a viernes de 10:00 a 18:00 y sábados de 10:00 a 14:00.