Cultura

La experiencia femenina. Contar la propia vida

'El cielo completo: Mujeres escribiendo, leyendo' (Océano, 2015), que en estos días comienza a circular en México, es un extenso estudio de numerosas voces femeninas en la literatura.

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En sus Memorias de una joven formal, Simone de Beauvoir empieza diciendo: “Nací a las cuatro de la mañana el 9 de enero de 1908, en un cuarto con muebles pintados de blanco que daba sobre el Boulevard Raspail”. Este inicio, totalmente convencional, abre el primer volumen de los varios, también totalmente convencionales, en los que la célebre filósofa, novelista y activista francesa cuenta su vida, describiendo detalle a detalle, los sucesos de la misma en orden cronológico.

En ese primer libro, aparece el relato de su infancia, en la que fue la niña mimada de su familia, a lo que ella correspondió siendo berrinchuda e intransigente. Leemos sobre sus padres y demás parientes, sobre su educación en el hogar y en la escuela, sus amistades de entonces y la Primera Guerra Mundial que aparece como un fondo lejano. El siguiente volumen, La plenitud de la vida, abre el relato con su llegada a Paris en 1929, para vivir sola y para convertir a su relación con Jean Paul Sartre en el centro de su mundo. El texto termina después de la Segunda Guerra Mundial, en el momento de la liberación.

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El tercer volumen, La fuerza de las cosas, inicia en ese momento, cuando termina para los franceses la ocupación alemana y recorre los años de madurez de la escritora. En Final de cuentas, pasa revista de nuevo a toda su existencia con el fin de “abarcar en su conjunto ese extraño objeto que es la vida” y se detiene en algunas de las cuestiones que le interesaron, cuando, como ella dice, ve llegar la vejez y el “deslizarme ineluctablemente hacia mi tumba”.

Además de estos, hay otros libros que podrían considerarse autobiográficos: sus Cuadernos de juventud; los relatos de viajes; la correspondencia, alguna de ella con amantes y compañeros cuya relación se mantuvo durante años; el ensayo La vejez, en el que reflexiona sobre esa etapa final de la vida; los libros en los que cuenta la muerte de su madre (Una muerte muy dulce) y la enfermedad que llevaría a la tumba a su compañero, (La ceremonia del adiós) y, si jalamos más el hilo, se podrían incluir Los Mandarines, que si bien es novela, se refiere a sus amigos intelectuales y relata sus modos de vida y de pensamiento y La invitada, novela también, en la que relata una situación amorosa similar a una que vivió.


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En el extremo opuesto de esa manera de contar la vida, está Taylor Caldwell, escritora nacida en Inglaterra pero que vivió desde muy niña en Estados Unidos, quien apenas si relató algunos momentos de sus primeros años de vida en su único libro de no-ficción: Una juventud difícil.

Allí habla de una infancia de pobreza, de padres rígidos y poco cariñosos, que desde muy pequeña la obligaron a hacer tareas en la casa, algunas sumamente pesadas como cargar agua o carbón y limpiar, y de un entorno escolar en el cual los así llamados liberales le complicaron tanto la vida que creció convencida de que había que salvar al mundo de ellos y de los comunistas.

Cuenta la autora, que entre las niñas que asistían a su escuela, había una de color, cuya madre viuda era modista y le cosía hermosos trajecitos con los que iba ataviada al salón de clases y había unas gemelas rubias muy bonitas. Las tres eran niñas populares y queridas, hasta que un día llegó una nueva profesora, que se calificaba a sí misma de liberal. Y sin más, le dijo a los niños que no debían despreciar a la que era negra solo por su color, ni a las gemelas solo porque eran judías (y los judíos habían matado a Cristo) y agregó en la lista a la propia Caldwell porque era inglesa (y los ingleses habían sido enemigos de los norteamericanos). Fue entonces cuando todos los niños las empezaron a señalar y a apartar, siendo que hasta entonces nada de eso había sucedido. “Los liberales —escribió— son seres que no te dejan vivir”.

Al contrario de De Beauvoir, a Caldwell le interesó menos hablar de su persona, que elegir momentos de su pasado como pretexto para expresar sus ideas. Se trata pues, de otra forma de contar la vida, no en el detalle de fechas y acontecimientos, sino con una idea sobre la propia biografía que sirva más bien para referirse al modo de pensar.


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¿Por qué narrar la propia vida?

De Beauvoir pertenece a la estirpe de escritores que abrevó en su propia existencia, que tuvo una obsesión con la propia vida y la usó como fuente, algo común en las escritoras. “¿Cómo se hace una vida? ¿Qué proporción corresponde a las circunstancias, a la necesidad, al azar, a las elecciones e iniciativas del sujeto?”, se preguntó.

Caldwell pertenece a otra estirpe, la de los escritores que abrevan en sus ideas y su modo de pensar para explicarse al mundo.

Pero en cualquiera de los modelos, el hacerlo evidencia, a mi juicio, dos cosas: que a las autoras su vida les parece suficientemente interesante y que tenían un concepto elevado de sí mismas que las llevó a considerar que valía la pena relatarle al mundo su existencia y sus reflexiones.

De Beauvoir y Caldwell no son las únicas que pensaron así sobre sí mismas. Muchas escritoras lo han hecho, pero ellas representan las dos formas en extremo diferentes de contar la propia vida y son comparables, porque vivieron en la misma época, fueron muy conocidas y leídas y ejercieron gran influencia en sus lectores.

De Beauvoir nació en 1908 y murió en 1986. Caldwell nació en 1900 y murió en 1985. Las dos fueron best sellers en su momento (aunque con De Beauvoir hablamos de miles de ejemplares y con Caldwell de millones), y las dos hablan de lo que es correcto y justo (aunque lo entienden de modo muy diferente) y pretenden lo mismo: enseñar los buenos valores pero en los extremos ideológicos en los que se movió el siglo veinte: De Beauvoir fue de izquierda, Caldwell no solo fue conservadora, sino que llegó más lejos hasta ser francamente reaccionaria.

De Beauvoir, con todo y que vivió dos guerras mundiales, “me obstinaba en apostar sobre la felicidad” y en sostener que la sociedad solo podía mejorar con amor y libertad para los seres humanos, mientras que Caldwell, que nunca vivió en carne propia una guerra, estaba enfurecida con quienes la pasaban bien, y en su idea de la vida no cabían el ocio, el deseo, la diversión, nada que no fuera el trabajo duro.

De Beauvoir luchó por las mujeres y sus derechos, Caldwell afirmó que las mujeres eran flojas y mantenidas y que habían convertido a los hombres en inocuos, echando a perder a la sociedad y volviéndola débil y sin temple.

De Beauvoir nunca se casó ni tuvo hijos porque no creía en la institución del matrimonio ni en la familia y sí en la independencia de los seres humanos, hombres o mujeres. Por eso aceptó relaciones abiertas y se manifestó pública y abiertamente a favor de éstas y las demás causas en que creía.

Caldwell en cambio, se opuso siempre a cualquier idea de libertad e igualdad y negó que las mujeres tuvieran que cambiar su papel tradicional.

Para De Beauvoir, se trataba de generar lo que ella fantaseó como una nueva forma de vida, mientras que para Caldwell se trataba de rescatar lo que ella fantaseó como “los buenos viejos tiempos”. Todos los volúmenes autobiográficos de De Beauvoir y todo el libro autobiográfico de Caldwell están hechos para demostrar sus tesis. Pero en De Beauvoir su vida y no solo sus escritos fueron modelo para sus seguidoras, mientras que en el caso de Caldwell, éstas solo pudieron tomar sus ideas de sus novelas y entrevistas, no de su vida.

Como buenas hijas de su tiempo, ambas de todos modos contradijeron en la práctica mucho de lo que proponían: la súper conservadora se divorció varias veces mientras que la súper liberal nunca se separó del mismo hombre y no solo eso, lo convirtió en el centro, sentido y “plenitud de su vida”; la defensora de la vida simple vivió en el lujo extremo y la defensora del socialismo lo hizo desde la comodidad de su casa en Paris; la vociferante sobre la importancia de la familia abandonó sus tareas en el cuidado de los hijos para convertirse en existosísima escritora, y olvidó sus propias palabras sobre la educación de los mismos (consideraba que los padres estaban obligados a inculcarles a los niños “el sentido de la decencia, la amabilidad, la caridad y la reverencia”), y tuvo relaciones muy difíciles con sus hijas, una de ellas se suicidó y con la otra peleó en la corte y la desheredó. Y la que nunca iba a traer descendientes a este mundo, terminó adoptando a una joven, por una razón estrictamente egoísta: para que hubiera alguien que cuidara de su legado.

Todo esto de sus vidas privadas no tendría por qué importarnos, si no fuera porque ellas decidieron contarlas y ponerlas como ejemplo de las ideas que defendían.

De Beauvoir fue producto de una sociedad laica, republicana, educada en el racionalismo cartesiano, y pudo por eso tener un concepto de vida en el que las mujeres debían ocupar un lugar central y en el que ser intelectual significaba un compromiso con ciertas causas pues el mundo podía ser mejor si uno ayudaba a que las cosas cambiaran.

Caldwell fue producto de una sociedad puritana, y se propuso conservar a toda costa los viejos valores centrados en la religión, el trabajo, el ahorro, el esfuerzo y el lugar tradicional de la mujer en la familia. Su compromiso no fue como intelectual, sino como alguien que sabía que la escuchaban y lo aprovechó para defender ideas que ya entonces eran viejas, pues como afirmó Jean Franco, era el tiempo “en que la ética puritana de viejo cuño estaba desapareciendo y se instalaba en su lugar una cultura de consumo”.

De Beauvoir fue mundana y terrenal. Su idea de lo espiritual pasaba por la fe en el poder de la ficción y las ideas. Caldwell tuvo una visión mística de la vida y no tuvo duda de que cada persona puede (y debe) establecer su relación particular con el Creador para salir de los problemas.

Se trata de dos mujeres diferentes, dos escritoras distintas, dos proyectos de vida, modos de pensar y visiones del mundo opuestas.

Y sin embargo, ambas hicieron de la escritura el centro de sus vidas y ambas quisieron, como dice Caldwell, “llamar a los lectores a que se reconozcan en mis libros, a que reconozcan sus miedos, o sus deseos”.

Y lo lograron en gran medida, porque las dos ejercieron una influencia enorme en sus lectores y afectaron con su filosofía las vidas y pensamientos de millones de personas.

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