Resulta asombroso saber ahora que dos obras sustanciales de los años sesenta, como A sangre fría, de Truman Capote (non-fiction novel que cumple este 2016 medio siglo), o Eichmann en Jerusalén (1963), de Hannah Arendt (1906-1975), fueron concebidas como reportajes para The New Yorker. Todo inicia con una llamada telefónica o una carta con la petición de cubrir uno u otro asunto: el asesinato de una familia de granjeros en Kansas o el juicio en Israel a un exfuncionario nazi. La inteligente paciencia de los editores sostuvo esos proyectos, cuyo desarrollo escritural fue lento y a veces tortuoso, y la aparición en el semanario fue la plataforma para llegar al formato del libro. Estamos ante dos clásicos nacidos, en un parto difícil, en el nido del periodismo.
Hay una cinta de Margarethe von Trotta, Hannah Arendt (2012), que detalla los enredos en que se vio metida la filósofa alemana al pretender mirar de un modo objetivo, justo, el juicio a Adolf Eichmann. La polémica se desató antes de que el reportaje fuera terminado, por lo que se hablaba de oídas. La especie que desató la tormenta era saber que describía algunas colaboraciones de dirigentes judíos con los nazis para trasladar a la gente, primero fuera de Alemania, y luego hacia los campos de concentración en que perecerían, como si se repartieran las culpas. Ella insistió en que se tomaba una parte por el todo. Y pidió, entre amenazas, el beneficio de la duda. A las pruebas de imprenta se remitía.
A Hannah Arendt el proceso a Eichmann le sirvió para describir la mecánica del Holocausto (con una cifra de judíos víctimas entre cuatro millones y medio y seis millones), en un hilo de soluciones parciales (expulsión o concentración) que derivaron en la Solución Final (el exterminio). Los nazis, en su locura, entendían esto de un modo mecánico, como si se diseñara una cadena de producción en una fábrica; y el mismo Eichmann se describía a sí mismo como un burócrata que solo cumplía, con la mayor diligencia y meticulosidad, con aquello que le ordenaban, lo que plantea durante el juicio el dilema "entre el execrable horror de los hechos y la innegable insignificancia del hombre que los había perpetrado".
Eichmann, por supuesto, se consideró siempre "inocente en el sentido que se formula la acusación"; al respecto, Hannah Arendt recuerda algo que contaba Dostoievski de su estancia en Siberia: entre docenas de asesinos, violadores y ladrones, el gran autor ruso nunca conoció a un solo hombre que admitiera haber obrado mal.