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Viernes , 26.04.2019 / 05:29 Hoy

La calaca tilica y flaca

Toscanadas


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Se supone que cada inicio de año uno debe proponerse retos. Mejorar lo que se hizo el año anterior. Cabe entonces una comparación con los deportes. Si en las Olimpiadas del 2016 se añadieron varios récords mundiales, la barra se eleva un poco más para que los atletas traten de superar las marcas durante el 2017. Esto cada vez se vuelve más difícil y a veces hacen falta algunos potingues para mejorar el rendimiento.

Hay, por supuesto, desempeños notables, chispazos físicos que establecen desafíos que parecen imposibles de alcanzar, como aquellos 8.90 metros que voló Bob Beamon en el estadio México 68, y que hubieron de esperar veintitrés años hasta que Mike Powell agregara cinco centímetros al salto para hacer más imposible lo imposible. O ahí están los 9.58 segundos de Usain Bolt que desde el 2009 anhelan ser reducidos por algún corredor al que no detecten el dopaje.

A veces los récords deben permanecer eternos. Es anticlimático romperlos pues desmoronan un aspecto más sentimental que deportivo. Tal ocurrió cuando Hank Aaron rompió la marca de jonrones establecida por Babe Ruth o cuando Cal Ripken Jr. jugó más juegos consecutivos que Lou Gehrig o cuando la Tota Carbajal dejó de ser el único cinco copas.

Pero no solo en los deportes se nota esta competencia por alcanzar la cima. En México, sobre todo en la CDMX, hay cierta proclividad para establecer récords multitudinarios o tamañescos. Se busca reunir la mayor cantidad de gente para una foto en cueros o para bailar alguna rola o para pararse en la pata izquierda o lo que venga a cuento; así como para cocinar en el Zócalo el tamal o la enchilada o la rosca de reyes más grandes. Esto es ocioso, pero no daña a nadie.

El peligro se da cuando los políticos se proponen romper las marcas de su gremio. El citius, altius, fortius olímpico, se convierte en corruptius, ratius, impunius.

En algún momento llegamos a pensar que el moreirazo era tan imbatible como aquel lanzamiento de disco que Jürgen Schult realizó en 1986, pero luego luego, sin necesidad de esteroides anabólicos, llegaron Medina, Padrés, Borge, los Duarte y tantos más a establecer una marca detrás de otra. Luego hay veteranos que no soportan ver su récord aplastado y prometen volver a las canchas para recuperar ese primerísimo lugar que alguna vez ostentaron.

Por lo pronto, podemos anticipar varios récords que se establecerán este 2017. Se superará la marca de muertos de la guerra inútil, volviendo más inútil la guerra. Más que nunca hará falta poner un peso sobre otro para alcanzar la altura de un dólar. Los bonos de los diputados serán aún mayores que los de esta Navidad. Más que nunca, se destaparán candidatos independientes. El Bronco dirá más mentiras que en el 2016. Los medios dedicarán más tiempo y mensajes para alertarnos de cuán peligroso es López Obrador. La palabra del año será “populismo”. Crecerá el dinero mal habido entre los políticos. Romperán la marca de departamentos de lujo en Miami. La educación oficial llegará a su peor nivel desde que cerraron el último telpochcalli. Seremos más gordos. Un poco más desventurados, un poco más pobres, un poco más desconfiados; pero la pasaremos bien. A menos que la calaca tilica y flaca detenga el cronómetro para marcar nuestra mejor marca.

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