“Provisionalmente no cantaremos al amor”, escribió Drummond de Andrade en un poema. Sesgada por la subjetividad y la circunstancia, la sanción del autor brasileño viene sin embargo como anillo al dedo para reconocer el desuso del tema idílico en la poesía mexicana actual, cuando no la impopularidad del lirismo, más que un matiz un estado del lenguaje poético que ha constituido por siglos la esencia del género.
Dicho esto, Ocurre todavía (Fondo de Cultura Económica, México, 2016), el más reciente libro de Eduardo Hurtado (1950), opera a contracorriente, desplegando una historia en clave intimista centrada en el fogoso núcleo de la pareja como eje fundador del sentido de la vida y su decurso y de la naturaleza misma de la especialidad, de Safo y Anacreonte a Neruda y Anne Sexton, haciendo un alto en Catulo, Propercio, Louise Labé, John Donne, Anna Ajmátova, entre tantos.
La nueva creación de Hurtado se inscribe, pues, en la tradición de la felicidad y la desventura amorosa, la sentimentalidad y el erotismo, de ahí su rasgo de modernidad en lo que atañe a la mezcla de intensidades y tonos, desde la afluencia de lo que podría considerarse un madrigal o una canción hasta aquello que reúne las cualidades del treno o la elegía, un perfil de conjunto que permite eludir la idealización del objeto y el confesionalismo catártico.
No obstante, Ocurre todavía guarda un nexo muy particular con el ciclo trovadoresco y stilnovista, en concreto el Dante de la Vita nuova y el Petrarca del Canzoniere, que cosechan lo que siembra en paralelo la poesía en lengua occitana y galaicoportuguesa y que sintetiza, por un lado, la cantiga de amor y la de amigo, y que, por el otro, remite a la jarcha mozárabe. Tal parece constituir aquí el referente literario y cultural de Eduardo Hurtado.
Si bien Ocurre todavía implica un variado tratamiento de la materia afectiva y el denuedo pasional, hay en sus páginas una suerte de asunción mística perfilada en los epígrafes de san Juan de la Cruz y Michel de Certeau, sí, pero sobre todo en el temblor interior que anima al poema así como en la distancia temporal con la que el sujeto da cuenta de los avatares que experimenta su relación con la amada.
De este modo, la trama que plantea el trabajo de Hurtado oscila entre la corporalidad y la imagen platónica, la exaltación sublime y la fruición del roce físico. Lo pregona el carácter orgánico de las acuarelas de Kenia Cano que acompañan los textos y que exhiben un adeudo con la crudeza anatómica y fisiológica que contrasta, a su vez, con el registro trascendental y duradero de lo entrañable.
Hablé arriba de Dante y de Petrarca. Con el primero, Ocurre todavía mantiene un vínculo a través de la aguda conciencia de la pérdida. Es el caso de Beatriz en la Vita nuova. A la manera del florentino, Eduardo Hurtado ha concebido un itinerario que recapitula en torno a la estela del quebranto amoroso, o sea, en el alborozo y la esperanza que lo precede y en la orfandad y el extrañamiento que lo sucede.
Con el Canzoniere Eduardo Hurtado sostiene una estructura similar cifrada en un arco narrativo que consiente entrever la evolución dramática de una historia de dos. No se concentra únicamente en consignar las cotas del deseo o explorar el misterio, entre deliberado y aleatorio, de elegir a quién entregarse y querer; no: Ocurre todavía se detiene en el cortejo y el duelo, precuela y secuela de una honda alianza, un carbón al rojo vivo.
Hay así en Ocurre todavía un componente diegético que convierte un libro de poesía en un vívido relato sobre la aparición, el auge y la decadencia de una reciprocidad amorosa que, en suma, presenta una línea evolutiva sobre la susceptibilidad de los lazos de coexistencia y mutualidad, un diorama escénico —o sea, actuado, de poderosa fuerza histriónica— sobre la transformación de la pasión consumada en un férvido retazo de la memoria.
Mas, a diferencia de la Beatriz de Dante o la Laura de Petrarca, alcanzadas por la muerte física en las mencionadas obras, la dama de los versos de Hurtado alude a una muerte emocional, la de la ruptura, que el lector habrá de suponer mediante el pretérito desde el cual la voz poética despliega la cronología de los acontecimientos. De ahí el aire de eventualidad, incluso de cosa precaria, que por momentos denota Ocurre todavía.
Esa impresión de transitoriedad responde a las mutaciones que facilita divisar la metamorfosis del nudo, presuntamente indisoluble, del sentido de pertenencia que embarga a la pareja. Si bien el remolino de la voluptuosidad semeja constituir el centro de gravedad del libro, Eduardo Hurtado sabe consignar con sutileza los distintos tiempos que conforman la curva de una complicidad afectiva.
Pienso en el peso específico del descubrimiento y la expectación, la atracción y la ternura, el apogeo y la despedida, la evocación y la añoranza, fases de un recorrido compartido. Pero, como dije al inicio, estamos frente a una de las causas definitorias del género lírico y el desafío de enunciarla radica sin duda en la necesidad de proponer un nuevo idioma, otra manera de nombrar lo consabido, en lo cual estriba también el mérito de Ocurre todavía.
Hurtado ofrece entonces una gama de licencias, neologismos y raras aplicaciones verbales y nominales que representan una torcedura del lenguaje, reflejo a la vez de las torsiones del amor en la acepción más dichosa e infausta. Si el alma se dobla de júbilo o de pena, es preciso hallar un modo de intentar acunar esos ángulos de aflicción o regocijo en los que late la verdad humana con sus esguinces y sinuosidades.
Ejemplos: “desueñas”, “alitardeaba”, “amorarse”, “vaiviene”, “amorteciera”, “aquel hacerse tuyo/ en la retina”, “que yo de ti te tuve”, “Adonde vas/ naciéndonos”, “cosas moridas”, “Desnativo, me planto”, “si hube la sombra”, “Ayer serías eterna”, “mañana vuelve ayer”, “jamás se está sosiego”, “en los que/ a todo y nada/ nos tuviéramos”, “anduve tanta pérdida”, “Si hay exilio,/ es de nos”, “donde con ti/ te aguardo,/ sintigo y con tus dedos”, “Todo es prolongación/ de algo existido”.
No basta con fraguar una atmósfera o una coloración; resulta imperativo crear un sistema de códigos inalienables para lanzarse a poetizar la experiencia amorosa de una manera inusual y de preferencia inédita. Es el reto del poeta contemporáneo y Ocurre todavía conquista con creces la singularidad mediante una gramática que trastoca el haber y el tener, el ser y estar, y que surge únicamente de una situación auténtica y transfiguradora.
Por lo demás, Hurtado se mantiene fiel a una factura poética que ha encontrado siempre su aclimatación en líneas de arte menor o fluctuantes alrededor de esta categoría que caen sobre la página o desenvuelven el poema con una regularidad rítmica que remite tanto a los patrones de la conversación en voz baja como a los octosílabos del romance, tipología de la composición narrativa por excelencia en la lírica castellana.
Entre el susurro y la relatoría, Ocurre todavía abreva en la confidencialidad y la descripción. Su ascendencia está no solo en las innovaciones del Mediterráneo medieval sino, a la par, en dos grandes piezas del repertorio amoroso: el Cantar de los cantares y el Cántico espiritual. Metáfora y literalidad del vacío y la plenitud. La tierra de la piel y el atlas del cuerpo, su más allá invisible que la palabra asimila y proyecta en una imagen perenne.