Cultura

Paradoja musical en la tierra del mariachi: el jazz tapatío triunfa en el mundo, pero en casa no tiene quien lo escuche

Entre pérdida de foros y espacios de formación, los músicos siguen presentes encontrando ingresos entre otras labores como incursionar en géneros diversos o dar clases.

Milenio M logo
Únete al canal de Milenio  

M+.- Arturo de la Torre no necesita pensarlo demasiado cuando se le pregunta si se puede vivir del jazz en Guadalajara: “Realmente no se puede vivir del jazz solamente. No nada más en Guadalajara, en todo el mundo. Vivir de tocar jazz es muy complicado, ya que es un nicho muy pequeño”.

El trompetista, integrante fundador de The San Juan Project, líder de Brass Armada y de su propia Jazz Orchestra, conoce bien la situación. Un músico de jazz rara vez se dedica sólo al jazz. Da clases, graba para otros, acompaña cantantes, toca otros géneros, acepta sesiones. Talento hay. Lo que no alcanza es el mercado para sostener a todos los que tocan.

El jazz en Jalisco vive así una situación característica. Hay músicos suficientes para hablar de una escena, festivales capaces de convocar a miles y una historia que ya ocupa libros y documentales, pero siguen siendo pocos los lugares donde puede escucharse de manera habitual.

El Jalisco Jazz Festival, creado en 2006 por Gilberto Cervantes y Sara Valenzuela, fue durante años su escaparate más visible.

Un año después nació Fundación Tónica, que convirtió aquella iniciativa en un proyecto de formación y difusión. A mediados de la década pasada, una edición del festival costaba alrededor de 7 millones de pesos.

El Ayuntamiento de Zapopan aportaba 12 por ciento, 60 por ciento provenía de la taquilla y el resto de la iniciativa privada. Se vendieron 2 mil 800 boletos y unas 32 mil personas participaron de forma gratuita en las distintas actividades.


Las cifras muestran la distancia entre reunir público durante unos días y conseguir que vuelva la semana siguiente, pague una entrada o una mesa y mantenga en funcionamiento un foro durante todo el año.

Arturo también pone reparos a lo que hoy se programa bajo la etiqueta de jazz: “La palabra jazz se ha prostituido a hacer pop jazz, funk jazz, que no hay ningún problema en tocarlo, pero el jazz tradicional se toca en pocos lugares”.

Hace una década, el mapa tampoco era muy amplio: Café André Bretón, Coltrane Café, Rojo Café y Primer Piso. Algunos desaparecieron, como Rojo Café y Casa Musa. Otros llegaron.

Antes estuvo Copenhagen 77, frente al Parque de la Revolución, uno de los sitios centrales de aquella historia y escenario habitual del pianista Carlos Carlitos de la Torre.

Músicos no viven del jazz y buscan otros ingresos
Algunos músicos destacan a nivel internacional pero en casa son pocos quienes lo siguen y ven tocar (Tomada de facebook.com/dltjazzo)

Su muerte, en 2001, dio pie a conciertos y homenajes que terminarían siendo fundamentales para recuperar la memoria de una generación de jazzistas jaliscienses. En otros puntos, la música sobrevive de manera mucho menos formal.

En el andador Coronilla hay músicos que se reúnen ciertos miércoles o jueves simplemente para tocar, sin contrato ni entradas.

¿Hay más público ahora? “Existe más gente para conciertos, pero realmente no consumen tanto como otros años”, responde Arturo.

La pandemia, dice, interrumpió parte de lo que existía. Algunos festivales no volvieron y cambiaron también los hábitos de quienes asistían a conciertos. Ahora hace falta un motivo adicional para sacar a la gente de casa: “Para que vaya, tiene que ser algo que de verdad le guste o que lo intrigue, que le genere el FOMO”.

Queda una minoría fiel, la que busca el género por nombre y apellido: “Hay gente que sí busca jazz, que escucha Miles Davis, The Jazz Messengers. Pero otra vez, es poca gente la que realmente lo hace”.

Territorios de jazz

En Jalisco, el jazz comparte territorio, además, con una tradición musical de un peso incomparablemente mayor. El mariachi ocupa desde hace décadas el centro de la identidad, la industria y la imagen pública del estado. El jazz circula por espacios más pequeños y discretos.

Con ese panorama, marcharse parece una salida lógica. Arturo lo hizo y volvió. Estudió fuera de México, ha recorrido escenarios internacionales y tocó en Glastonbury con The San Juan Project, uno de los proyectos tapatíos que, junto con Troker, consiguió mayor circulación internacional.

Esa experiencia le dejó una impresión menos idealizada de las grandes capitales musicales: “Hay mucha oportunidad aquí en México. Desgraciadamente, siempre vemos que, como dicen en inglés, the grass is greener on the other side, que es mejor en otras partes”.

Habla de amigos en Nueva York, entre ellos el pianista Emmet Cohen. Algunos tienen mucho trabajo. Muchos otros compiten por él: “En Nueva York, en Londres, en las grandes metrópolis del jazz están los mejores músicos y todos compiten”.

Desde esa experiencia llega a llamar “paraíso” a Guadalajara, una palabra inesperada para una ciudad donde los clubes de jazz caben en una lista corta. Su comparación viene de lo que ha visto fuera: “Aquí no es que no haya nivel. Estamos gozando de un paraíso, porque en muchos lugares del mundo ya no hay tantos espacios de música en vivo; los clubes de jazz también se han acabado. Aquí hay una escena. Nos quejamos, pero existe una escena donde muchos músicos pueden vivir, no del jazz, pero de la música, eso sí”.

Esa es, acaso, la cuenta más exacta de la profesión en Guadalajara. El jazz por sí solo rara vez paga las cuentas. La música, sumando escenarios, géneros, clases y colaboraciones, puede hacerlo.

Arturo eligió hacerlo desde aquí: “Me quedé porque me gusta mi ciudad, nací aquí, crecí y estudié en el extranjero, he viajado, pero me siento muy cómodo en Guadalajara, ya es mi centro”.

Lo que no le agrada mucho, afirma, es que muchos músicos locales sean reconocidos cuando aparecen al lado de una figura nacional y pasen casi inadvertidos cuando tocan en casa: “Guadalajara es punta de lanza muchas veces en la música. Solamente falta que nuestra gente lo abrace, porque no se da cuenta de que quien está enfrente tocando es el músico de Julieta Venegas, de Belanova, de Emmanuel, de Mijares, o alguien que ha tocado con Calle 13”.

La escena ofrece ejemplos de esa disparidad. Hay un instrumentista que puede acompañar a un artista conocido, recorrer grandes escenarios y volver a Guadalajara para tocar ante unas cuantas decenas de personas. Su currículum crece más rápido que su público local.

Por eso tampoco ve la salida de los jóvenes como una fuga que deba impedirse: “Se van a Europa, a Estados Unidos, porque también necesitan irse. Salir del país ayuda mucho, te das cuenta de lo que tienes y regresas con otra visión. Lo que nos hace músicos son las experiencias, el vivir”.

Los que vienen

Con Brass Armada intenta abrir espacio a quienes vienen detrás, incorporarlos a su Jazz Orchestra o conectarlos con otros ensambles. Lo llama scouting: detectar músicos y darles oportunidad de tocar: “La música no es para todos, es una realidad. Siempre se queda el que de verdad quiere ser músico. No hay que retenerlos, se pueden ir y regresar, como siempre ha pasado”.

Durante años, Tónica trabajó precisamente en esa formación. Su Seminario Internacional de Jazz llegó a reunir cada verano a más de cien jóvenes con profesores nacionales y extranjeros. La continuidad de una escena pequeña depende también de esos espacios donde un músico joven encuentra maestros, compañeros y, con suerte, su primera oportunidad profesional.

Músicos dando concierto de jazz en Guadalajara
Músicos de Guadalajara han logrado diferenciarse con un sonido característico (Tomada de facebook.com/dltjazzo)

Arturo se entusiasma cuando la conversación llega a la pregunta de si Guadalajara tiene un sonido propio. Dice que sí y enumera: “Ladrones es uno, San Juan es uno, Troker es otro, La Dosis. Yo soy tapatío, pero no crecí con muchas bandas de aquí, porque crecí allá, y cuando me di cuenta de lo que estaba pasando, sí hay un sonido tapatío”.

No lo define por un instrumento o una fórmula. Habla de mezcla, libertad e irreverencia: “El sonido tapatío es esa irreverencia, que las bandas hacen las cosas como queremos”.

The San Juan Project nació precisamente de cruces inesperados. Con Arturo Lamadrid, su compañero en el proyecto, partía de referencias distintas: “A él le gustaba St Germain y Robert Johnson, a mí Miles Davis, nos gustaba Daft Punk, y dijimos: '¿Por qué no? Hay que hacer algo que nos guste”.

De ahí extiende la idea a otros nombres de la ciudad: “Ese es el sonido tapatío, el de ser diferente. Hasta Porter suena diferente, Maná, todos. Guadalajara tiene su sonido”.

Viaje de la identidad

En su propia Jazz Orchestra ha llevado esa búsqueda a la música de compositores jaliscienses, incluido el Huapango, de José Pablo Moncayo. De lo regional mexicano, reconoce otra forma de identidad local capaz de viajar muy lejos: “No soy partidario de lo que representa Peso Pluma, pero los músicos que tocan con él y con el regional son increíbles. Qué padre ver morros mexicanos en escenarios internacionales. Nunca en la historia habíamos tenido tanta exposición mexicana en tantos lugares”.

Tampoco se concede demasiada importancia cuando se le pregunta qué ocurriría si él se fuera mañana: “Depende de todos. Si me fuera, esto va a seguir, se van a crear músicos increíbles. Pero sí, varios van a tener que cargar la estafeta para que la escena siga creciendo”.

Para los próximos cinco años pone la formación entre sus prioridades: “Me encantaría que existiera una institución musical donde no importara el género, con una educación completa, tener las bases, algo tipo Berklee, pero con las necesidades de hoy del músico”.

También quisiera que continúen espacios como la Feria Internacional de la Música (FIM) de Guadalajara y experiencias como los campamentos de Tónica. Luego, conseguir que los tapatíos escuchen y paguen por sus propios músicos: “Me gustaría ver que la gente de Guadalajara apoye a sus propios músicos. El músico tiene que buscar siempre la manera, pero estaría genial ese apapacho de nuestra gente para que esto siga adelante”.

La escena carga además con una memoria incompleta. En “Los desafíos del jazz en Jalisco”, publicado por la Universidad de Guadalajara en 2020, la francesa Nathalie Braux reconstruyó buena parte de la historia de los años setenta y ochenta a partir de archivos, prensa y testimonios de sus protagonistas. Las entrevistas fueron filmadas por Jorge Bidault, director del documental Jericajazz. Jazz en tierra mojada. Ambos trabajos surgieron frente a la carencia de registros de una historia que durante décadas tuvo músicos, clubes y conciertos que dejaron muy poco registro.

Mientras esa historia termina de escribirse, los jazzistas siguen haciendo lo que les permite permanecer. Tocan jazz y otras músicas, acompañan artistas, graban, dan clases, viajan y regresan. Guadalajara produce músicos capaces de trabajar dentro y fuera del país, aunque casi ninguno pueda pagar sus cuentas tocando exclusivamente jazz.

Después de tantos viajes, Arturo dice: “Es Guadalajara, Dios mío. Tenemos un aeropuerto internacional para irme a cualquier parte del mundo, regresar y comerme una torta ahogada”.

Se ha ido muchas veces y ha vuelto otras tantas. Por ahora, entre un avión y una torta ahogada, Guadalajara sigue siendo el lugar donde quiere tocar.

SRN

Google news logo
Síguenos en
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.