El mundo de las artes y las luchas sociales se tiñe de un profundo duelo con la partida del maestro Guillermo Monroy, ese personaje encantador que fue narrador incansable de miles de historias marcadas con pasión, conciencia y sencillez.
Magdalena Zavala, Directora del Museo de Arte e Historia de Guanajuato, escribió en sus redes sociales: “Guillermo Monroy, personaje encantador, narrador de miles de historias. Su vida siempre marcada por una conciencia social en torno a las luchas sociales".
"Siempre vivió en gran coherencia con sus ideales. Sencillo, con una barba que lo caracterizaba, te abría siempre su corazón, para contarnos el México que vivió, su cercanía con el Movimiento Comunista, su amistad con Arenal, Javier Guerrero, las enseñanzas de sus maestros en la Esmeralda, su vida en la Colonia Guerrero, su lucha en Acapulco, su maestra Frida Kahlo, sus años de enseñanza en Morelos, sus gatos, su casa entrañable. No quería dejarnos, porque su vida era plena”.
La ex directora del Museo Casa Estudio de Diego Rivera y Frida Kahlo destacó que: “Nunca dejó sus pinceles, sus acuarelas y sus colores. Descansa en paz querido Guillermo”.
"Una conciencia social inquebrantable"
Monroy vivió marcado por una conciencia social inquebrantable, forjada en las luchas del pueblo mexicano. Desde joven, su vida fue un testimonio de compromiso: su cercanía con el Movimiento Comunista no era un capricho intelectual, sino una convicción profunda que lo llevó a caminar codo a codo con los que alzaban la voz por la justicia.
El maestro estableció amistad fraterna con figuras como Gustavo Arias Arenal y Javier Guerrero, compañeros de trinchera artística y política, con quienes compartió noches de debate y sueños colectivos.
En la legendaria Escuela de La Esmeralda, sus maestros le inculcaron no solo técnicas pictóricas, sino una visión del arte como herramienta de transformación social. Allí aprendió a ver el mundo con ojos críticos, a capturar en lienzos la dignidad del obrero, la rebeldía del campesino y la belleza indómita de la tierra mexicana.
Su vida bohemia y combativa se desplegó en rincones emblemáticos de México. En la Colonia Guerrero, ese barrio vibrante y popular de la Ciudad de México, Guillermo encontró su refugio y su inspiración. Sus calles empedradas, sus murallas testigos de revueltas y cotidianidades heroicas, se convirtieron en el lienzo urbano de su existencia. Más allá de la capital, su lucha lo llevó a Acapulco, donde se sumergió en las batallas obreras del puerto, pintando con acuarelas el sudor de los pescadores y la esperanza de los sindicalizados.
Su maestra fue Frida Kahlo
Fue uno Los Fridos, pues su maestra fue Frida Kahlo, esa fuerza indomable que lo guió con su genio feroz y su empatía legendaria.
Frida no solo le enseñó a manejar los colores con maestría, sino a ver el dolor y la alegría como parte de una misma paleta, a transformar la adversidad en obra maestra.
Los últimos años de su vida los dedicó a la enseñanza en Morelos, ese estado de fértiles valles y memorias revolucionarias. Allí, en aulas improvisadas y talleres al aire libre, formó generaciones de artistas con la misma sencillez que lo caracterizaba.
No era un profesor distante; era un maestro que abría su corazón, que contaba historias mientras sus manos no dejaban de danzar sobre el papel.
Sus alumnos recordarán sus clases como sesiones de vida: lecciones sobre composición, sí, pero también sobre integridad, sobre no traicionar nunca los ideales por los aplausos.
Con profunda tristeza, la Familia Kahlo lamenta el fallecimiento de Guillermo Monroy, uno de “Los Fridos”, entrañable grupo de alumnos que tuvieron el privilegio de aprender, crear y soñar bajo la guía de Frida Kahlo.
— Frida Kahlo (@FridaKahlo) February 12, 2026
Guillermo no sólo fue testigo de una etapa fundamental en la… pic.twitter.com/3sIKA4qx0n
En su casa entrañable, rodeado de sus gatos —esos fieles compañeros de ronroneos y musas peludas—.
Paredes cubiertas de bocetos, mesas llenas de tubos de pintura resecos y un aroma eterno a acuarela fresca.
Nunca dejó sus pinceles
Hasta el final, su vida era plena, un ciclo virtuoso de creación ininterrumpida. Nunca dejó sus pinceles, sus acuarelas ni sus colores; incluso en sus días más frágiles, su mano buscaba el trazo, como si el arte fuera su oxígeno.
México pierde a un cronista visual de sus luchas más nobles, un hombre que vivió en gran coherencia con sus principios, sin concesiones ni adornos. Su barba, su risa franca, sus relatos interminables sobre un México que ya pocos conocen de primera mano... todo eso queda en nosotros como herencia.
Descansa en paz. Sus colores seguirán pintando nuestros recuerdos, y tus historias, guiando a quienes, como tú, creemos en un arte al servicio del pueblo.
hc