El Centro de la Juventud, Arte y Cultura Futurama (un antiguo cine en la colonia Lindavista) nació de una apuesta ambiciosa: dotar al norte de Ciudad de México de un recinto especializado en la producción, difusión y formación artística. La inversión pública superó los 135 millones de pesos y el proyecto requirió ocho años de planeación y ejecución.
Casi dos décadas después de su inauguración, MILENIO conversó con César Oropeza, primer responsable del Centro Cultural Futurama —quien dirigió el proyecto antecedente instalado en la Alianza Francesa y encabezó el primer año de operación del recinto—, sobre el origen de esta institución y la importancia de consolidar espacios culturales en esa zona.
—¿Cómo fue el proyecto original?
El objetivo era claro desde el principio: crear un recinto especializado en producción, difusión y formación artística que equilibrara la histórica concentración de infraestructura cultural en otras zonas de Ciudad de México. Se trataba de construir un espacio capaz de generar conocimiento, formar públicos y consolidar un modelo de descentralización cultural para el norte de la capital.
—Antes de Futurama dirigías un proyecto cultural en la zona, ¿cómo empezó todo?
La historia de Futurama no comenzó el día de su inauguración oficial, el 2 de diciembre de 2008. Meses antes, la entonces delegación Gustavo A. Madero había incorporado un inmueble ubicado frente al futuro recinto, sobre la avenida Instituto Politécnico Nacional: la Alianza Francesa. Ese espacio comenzó a funcionar como un centro cultural provisional, y a mí me tocó dirigirlo.
—¿Qué fue ese proyecto?
Más que un recinto independiente, funcionó como un laboratorio cultural: un lugar donde comenzaron a establecerse redes entre artistas, promotores, instituciones educativas y vecinos de la demarcación. Ahí identificamos las necesidades del público, probamos formatos de programación y consolidamos una visión de trabajo que después trasladamos al nuevo complejo.
—¿Con qué te encontraste al asumir la dirección de Futurama?
El gobierno del Distrito Federal, encabezado por Marcelo Ebrard Casaubon, y la delegación Gustavo A. Madero, bajo la administración de Luis Meneses Murillo, inauguraron oficialmente el Centro de la Juventud, Arte y Cultura Futurama. El proyecto no surgía de un vacío institucional: ya existía una experiencia acumulada que nos había permitido comprender el potencial cultural de la zona y formar una comunidad interesada en participar activamente en la vida artística del recinto. Durante el primer año de operación, mi tarea fue convertir una infraestructura recién inaugurada en una institución viva, capaz de producir conocimiento, formar públicos y consolidar un modelo de descentralización cultural.
—¿Cuál es la importancia histórica de Futurama?
No reside únicamente en la rehabilitación del antiguo cine ni en la inversión pública destinada a su apertura. Su verdadera relevancia radica en haber sido el resultado de un proceso de construcción cultural que comenzó antes de la inauguración oficial, y que entendió que las instituciones no nacen con el corte de un listón, sino con la creación sostenida de una comunidad capaz de apropiarse de los espacios públicos mediante el arte y el pensamiento.
—¿Cuál es el mayor valor que aporta un espacio como Futurama?
La verdadera rentabilidad de una inversión pública en cultura no se mide por los metros cuadrados construidos, sino por la capacidad de formar ciudadanos, impulsar a los creadores, generar conocimiento y consolidar una vida cultural activa. Ese sigue siendo el horizonte más importante para un recinto como este.
PCL