A principios de septiembre, con inmensa alegría, recibí la noticia de que me habían elegido ganador del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. Y es con esa misma alegría que hoy me encuentro aquí, en Guadalajara, para agradecerles su elección y expresarles toda mi gratitud.
Siempre he tenido una gran admiración por este prestigioso premio, que celebra la literatura, la diversidad de las lenguas y, de alguna manera, el parentesco entre todas las culturas humanas. Una actitud profundamente universalista, más necesaria que nunca en el mundo en que vivimos.
No les revelaré nada nuevo al afirmar que atravesamos una época desconcertante, a veces incluso aterradora. Pero lo que me gustaría subrayar aquí, ante ustedes, es que nuestra época es también la más fascinante que la humanidad haya vivido desde los albores de la Historia.
Por eso quisiera invitarlos hoy a estar, como yo, al mismo tiempo inquietos y maravillados. Sí, las dos cosas a la vez, por más contradictorios que parezcan esos dos estados de ánimo.
Lo que me asombra profundamente es que nuestra especie ha hecho realidad, en las últimas décadas, sueños que acariciaba desde hace milenios, sin imaginar que algún día se volverían posibles.
Si alguien me hubiera dicho, cuando era joven, que podría tener al alcance de mis dedos, en cualquier momento, todo el conocimiento del universo; que podría conversar cara a cara con mis hijos y mis nietos al otro lado del planeta; que podría participar en una conferencia en Milán, en México, en Madrid o en Rawalpindi sin siquiera salir de mi habitación; y que todo eso estaría disponible, en cualquier momento, para miles de millones de personas… habría pensado que me describían una utopía mágica, en un futuro muy lejano, no algo que llegaría a cumplirse en mi propia vida.
No me detendré demasiado en esto, porque esos avances están tan presentes en nuestras vidas que ya resulta casi innecesario mencionarlos.
Solo quisiera recordar, a título personal, que cuando empecé en el periodismo todavía se escribían los artículos a mano; luego los tipógrafos los pasaban a máquina, los fundían en plomo y después se imprimían. Los obreros respiraban los vapores del plomo, y se les recomendaba tomar mucha leche para contrarrestar los efectos secundarios.
Mi padre era periodista, y a veces yo lo acompañaba a las imprentas y a las redacciones. Ahí nació la gran pasión de mi vida: observar el curso del mundo. Era mi pasión desde niño, y lo sigue siendo hasta hoy. Nunca se ha debilitado, al contrario, con los años se ha vuelto aún más intensa. Y siempre ha venido acompañada del deseo de experimentar por mí mismo, tan pronto como fuera posible, todas las novedades —al menos en el ámbito que más me interesa—, el del conocimiento, la comunicación, la lectura y la escritura.
Esa observación del mundo me ha dado, a lo largo de las décadas, innumerables alegrías; pero no se sorprenderán si les digo que también me ha generado tristezas y decepciones. Estaba convencido de que la justicia, la libertad, la paz, el conocimiento y la democracia, se extenderían de manera inevitable por todo el planeta; que las naciones establecerían entre sí relaciones cada vez más amables, respetuosas, cercanas, incluso íntimas.
Pensaba que la voz de las grandes organizaciones internacionales sería escuchada, respetada, tomada en cuenta tanto por las naciones más poderosas como por las más pequeñas. Que el universalismo y los valores que le son propios se extenderían por todo el mundo; que las grandes ideologías y las religiones más importantes destacarían, a partir de entonces, sus semejanzas, sus puntos de convergencia, más que sus diferencias. Y, por supuesto, creía también que la barbarie de la guerra —esa presencia constante en la historia humana— acabaría volviéndose, poco a poco, inconcebible.
Jamás habría imaginado que la guerra regresaría con tanta fuerza al centro de la actualidad; no solo en mi región de origen, el Levante, sino también en mi patria adoptiva, Europa. Que la violencia se volvería aún más salvaje, más mortífera que en los tiempos de mi nacimiento, hace ya tres cuartos de siglo. Tampoco habría imaginado que la voz de las organizaciones internacionales se volvería casi inaudible, que su influencia no dejaría de debilitarse, y que el mundo terminaría rigiéndose por la ley del más fuerte —la propia ley de la selva.
Nunca habría pensado, en mi juventud, que el universalismo retrocedería con el paso de las décadas, en lugar de avanzar; ni que la democracia misma llegaría a verse debilitada y amenazada, incluso en países donde parecía definitivamente consolidada y a salvo de toda tentación tiránica.
Ahora que les he hablado tanto de mis fascinaciones como de mis decepciones, quizá ya habrán notado, queridos amigos, que las primeras están todas relacionadas con el avance de las ciencias y de la tecnología, mientras que las segundas lo están con la evolución de nuestras mentalidades.
Y, a mi parecer, esa es una de las grandes características de nuestro tiempo: todo lo que pertenece al ámbito de la ciencia y la técnica avanza sin pausa, cada vez más rápido; mientras que lo que pertenece a nuestra evolución moral tropieza, se desvía o incluso retrocede.
Si hubiera venido a hablar ante ustedes hace algunos años, les habría dicho algo ligeramente distinto. Les habría advertido que el desfase entre la evolución material de la humanidad y su evolución moral era preocupante, y que se requeriría un esfuerzo para cerrar esa brecha. Pero hoy, esas palabras ya no se ajustan a la realidad.
En los últimos años, el desarrollo científico y tecnológico ha experimentado una aceleración sin precedentes, causada sobre todo por la inteligencia artificial.
Sé que desde hace tiempo se habla de “aceleración”, pero no debemos dejarnos dominar por las palabras: hoy vivimos una aceleración dentro de la aceleración, con transformaciones profundas que ya no ocurren cada cinco o diez años, sino cada año… o incluso de un trimestre a otro.
La capacidad de perfeccionamiento de estas nuevas herramientas es asombrosa, parece no tener límites. Y está claro que nuestras mentalidades, nuestros modos de pensar, ya son totalmente incapaces de seguir ese ritmo.
En muchos aspectos, esta evolución resulta fascinante, y yo soy de los que observan los cambios —incluso los más desconcertantes— sin prejuicios ni temor.
Procuro mantener una mirada positiva; pero también debo conservar la lucidez. Y eso me obliga a reconocer, por ejemplo, que estamos asistiendo a una nueva carrera armamentista, con instrumentos cada vez más sofisticados; sé que existen riesgos de descontrol asociados a las nuevas tecnologías —ya sea la inteligencia artificial, cuyo rumbo futuro y grado de dominio nadie puede prever con certeza—o las biotecnologías, que hoy nos ayudan a vivir más tiempo y con mejor salud, pero que, si se usan de manera imprudente o malintencionada, podrían poner en peligro la integridad física y mental de la especie humana… o incluso la supervivencia.
Riesgos de tal magnitud exigen de nosotros vigilancia, sentido de la responsabilidad y una conciencia auténtica del bien común.
Exigen que la humanidad se eleve por encima de sus codicias, de sus egoísmos, de sus prejuicios. En otras palabras, que alcance un nivel moral a la altura de los desafíos que enfrenta.
Por desgracia, no es eso lo que vemos ahora. Nuestra evolución moral no solo avanza más lentamente que la evolución científica y técnica, sino que hoy en día atraviesa una verdadera regresión.
Una regresión del universalismo, una regresión de la democracia, una regresión del Estado de derecho. Y esto ocurre en todo el planeta.
A pesar de este diagnóstico inquietante, no estoy ni desesperado ni resignado.
Como ya les dije, me fascina nuestra época: todo lo que nos ha aportado, todo lo que nos permite hacer. Por temperamento, no soy de los que se lamentan diciendo “antes era mejor”. Soñar con regresar al mundo de antes no tiene sentido si realmente queremos salir del atolladero. Nunca volveremos al mundo de antes. Podemos lamentarlo o celebrarlo, pero en todo caso debemos ser conscientes de ello para poder avanzar.
Nada de lo que se ha inventado será “desinventado”. El ritmo del cambio no se va a frenar: al contrario, seguirá acelerándose.
A propósito de esto, quiero hacer una observación que me parece crucial: si el desarrollo científico y tecnológico está destinado a continuar y acelerarse, es porque no necesita de una decisión humana para avanzar.
No quiero decir con eso que los hombres y las mujeres no tengan un papel que desempeñar —son ellos quienes inventan, experimentan y producen, con sus propias manos o con sus máquinas—.
Lo que quiero decir es que la investigación científica tiene su propia lógica: un descubrimiento lleva a otro, un avance conduce al siguiente. Si un gran científico decide dejar de investigar, otros lo reemplazarán y lo superarán.
Ningún ser humano, ninguna empresa multinacional, ningún Estado —por poderoso que sea— podría detener el curso de la ciencia, ni siquiera ralentizarlo.
Esto parece tan evidente que tal vez no sería necesario decirlo; pero lo menciono para subrayar el contraste con la evolución de nuestras mentalidades. Porque las mentalidades, a diferencia de la ciencia, no avanzan por sí mismas. No están impulsadas por un movimiento irresistible, ni son irreversibles, aunque a veces tengamos la ilusión de que la historia avanza en una sola dirección.
Cuando una sociedad pasa de la dictadura a la democracia, nunca se puede estar completamente seguro de que no volverá algún día a la dictadura.
Cuando una región del mundo pasa de la guerra a la paz, nada garantiza que no pueda volver a la guerra.
En resumen: en el terreno de la ciencia y la técnica, los avances se producen por sí solos y son irreversibles; en cambio, en el terreno de las mentalidades, los progresos solo ocurren si actuamos, y son —por desgracia— reversibles.
Cada avance moral debe ser fruto de una acción humana; y esa acción debe ser reflexionada, mesurada, eficaz.
Y no debe ser un impulso pasajero: tiene que sostenerse con sabiduría y determinación a lo largo del tiempo. Espero que esta observación, tan simple como real, nos ayude a dimensionar el enorme desafío al que nos enfrentamos en una época donde la ciencia y la tecnología avanzan a una velocidad vertiginosa.
La única forma sensata de responder a ese desafío es acelerar, en paralelo, la evolución de nuestras mentalidades: prepararnos —y preparar a las nuevas generaciones— para comprender el mundo que las rodea y poder influir en él.
La solución no es oponerse al progreso tecnológico, ni rechazarlo, negarlo o cerrar los ojos ante él. La solución es apropiarnos de ese progreso, ponerlo al servicio del ser humano, de su dignidad, de su libertad; convertirlo en un instrumento de liberación, y no de sometimiento.
Y ese es exactamente el papel que debe desempeñar la literatura en el siglo XXI. Su primera misión es hacernos conscientes de la complejidad del mundo en que vivimos.
Porque el primer derecho —y el primer deber— de una persona libre es entender el mundo, saber cómo se transforma y hacia dónde va, para poder contribuir a su avance y también para poder protegerse de sus peligros.
La segunda misión de la literatura es convencernos de que, a pesar de nuestras diferencias, de nuestras enemistades, de los resentimientos que nos dividen, nuestro destino se ha vuelto común.
O sobrevivimos juntos, o desaparecemos juntos.
Y la tercera misión de la literatura en este siglo es arrojar luz sobre los valores esenciales del ser humano —la dignidad, la libertad, el respeto mutuo, la convivencia armoniosa—, mostrando lo que significan y cómo deberían encarnarse hoy.
Por todas estas razones, estoy convencido de que la literatura es hoy más indispensable que nunca en la historia humana.
Porque es a ella —es decir, a todos nosotros— a quien le corresponde reparar el presente e imaginar el futuro.
Muchas gracias por su atención, y por el cálido recibimiento.
hc