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Jueves , 21.03.2019 / 22:48 Hoy

Escritura y homosexualidad en la España democrática

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Recuerdo que Terenci Moix y yo pasábamos —en los pasados ochenta— por dos pioneros de la temática gay en la nueva literatura española. Sin embargo alguien (no muy bien intencionado, supongo) nos decía que nunca habíamos “salido del armario”. Terenci y yo, que éramos buenos amigos, solíamos responder: pero, por favor, cómo vamos a salir del armario si nunca hemos entrado… En contra de lo que algunos creen, el final de la dictadura franquista tendía a la permisividad homosexual (en Madrid había bares especializados, digamos en 1974) siempre que, como decía gráficamente un ministro, “no se sacaran los pies del tiesto”, es decir, no se incordiara mucho. Yo publiqué un libro de poemas muy explícitamente gay en 1979 (Hymnica) y un libro de cuentos y una novela corta —1980 y 1982— aún más explícitos, Para los dioses turcos y Amor Pasión.

Es cierto que, educado en el estudio del mundo grecolatino, yo tenía como ideal la homosexualidad idealista de la antigua Hélade y que, a menudo, escribía con la inocencia de un pagano que se desentiende por entero del cristianismo judaico que no comparte: Platón, el libro XII de la Antología palatina, el titulado por Estratón La musa de los muchachos que traduje, edité y prologué en 1980, con libertad plena a la hora de traducir lo que se ha solido tener como “pornográfico” en los clásicos… Debo reconocer que no tuve ningún problema, sino fue el de convertirme en un icono de una homosexualidad decadente e idealizante. De otro lado los escritores homosexuales teníamos que continuar y dar respuesta o eco a la notable literatura de esa temática que había existido en España durante la pre–guerra civil: desde el esplendor lírico de Luis Cernuda o Lorca (Romancero gitano es un libro perfectamente gay) hasta notables escritores del simbolismo decadente o de la frivolidad art–déco como Antonio de Hoyos y Vinent, marqués y Grande de España, autor, entre mil novelas, de El sortilegio de la carne joven, o el divertido Álvaro Retana que en 1919 publicó una novelita titulada Las locas de postín, que yo reedité hace unos años. Además de otras como Mi novia y mi novio.

Yo creí que una de las cosas que debía hacer (también por gusto personal, obviamente) era rescatar y recuperar toda esa literatura, como la que conocí en América —a través de mi amigo Juan Gil–Albert, que estuvo exiliado en México—, como el caso del colombiano Porfirio Barba Jacob, además del propio Salvador Novo. No es casualidad, por ello, que yo haya hablado de mi amistad especial con Gil–Albert o Jaime Gil de Biedma, o que haya reeditado a autores como Retana u Hoyos y Vinent (La vejez de Heliogábalo) sin descuidar a talentos universales como Lorca o Cernuda. Y de ayudar a que se valorara al grupo de la revista Cántico de Córdoba, salida en los años cuarenta con una clara opción de estética cultural y neopagana, hecha por poetas gay, de los que vive aún —al filo de los 95 años— Pablo García Baena.

Si dejo todo esto aparte, mi opción gay no ha estado nunca muy cercana a lo que puedo llamar el “oficialismo LGTB” que tanto ha conseguido. Apoyé el matrimonio entre parejas del mismo sexo, aunque prefiero el “amor libre”, pero creo en la igualdad de derechos de los ciudadanos y en que la iglesia católica no se entrometa. Defiendo ese matrimonio que no usaría. Pero me aterra el actual camino que lleva el mundo gay de asemejarse a la heterosexualidad (matrimonios, hijos adoptivos o de vientres de alquiler) porque todo ello quita a la homosexualidad su espoleta rebelde. No quiero presentar a mi pareja —veinte años largos más joven que yo— como “mi marido”, expresión aún muy hetero, prefiero que siga siendo mi compañero o mi amante. Creo que el orbe gay debe volver a su tradición cultural rebelde en vez de “domesticarse”, hay mucho que perfeccionar y pulir. Pero el derecho a los matrimonios de sexo igual es un logro irrenunciable, lo uses o no. Es tuyo. Tampoco todo el mundo se divorcia, pero el divorcio es una conquista libre. Lo mismo.

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