Cultura

El texto materno

Roland Barthes falleció el 26 de marzo de 1980, un mes después de un fatídico accidente. El siguiente texto explora las circunstancias afectivas en las que se encontraba el intelectual francés.

Todos los que han amado a un muerto sobreviven a la herida abierta que ha dejado su desaparición, manteniéndola presente, viva. El recuerdo cobra así la dimensión de un tiempo omnipresente; el pasado interrumpido y el futuro imposible se confunden en la intensidad de una permanencia en la que yo, quien recuerda, se afirma en, a través y a costa del desaparecido.

Julia Kristeva, “La voz de Barthes”

El 25 de febrero de 1980, Roland Barthes se dirigía al Colegio de Francia para preparar la próxima sesión de su seminario, en la que abordaría la relación de Proust con la fotografía. Quería asegurarse de que no hubiera ningún problema técnico con el proyector de diapositivas que deseaba utilizar días más tarde. Al cruzar la calle que se encontraba a sólo unos pasos de su destino, lo atropelló una camioneta de lavandería. No llevaba consigo otro documento de identidad sino la de esta prestigiosa institución que, tardíamente, valoró su trayectoria. La gente que lo encontró semiconsciente tuvo que ir a preguntar si alguien ahí podía identificarlo. Se suele contar que fue Michel Foucault mismo quien lo reconoció, pero, en realidad, fue un profesor de la Sorbona, amigo suyo, quien pudo corroborar su identidad. Murió el 26 de marzo de 1980, a causa de complicaciones respiratorias.

Entre sus amigos cercanos, hay quienes consideran que la verdadera causa de su muerte fue más bien la pérdida de su madre, Henriette Barthes, ocurrida tres años antes. Con ella vivió casi sesenta años. Fue su gran amor, el único. Con su muerte perdió la “ley interior” que daba sentido a sus días: “La escritura es esa parte de mí que se ha sustraído a la madre”, confiesa y continúa diciendo: “Mi madre hacía de mí un adulto, y no un niño. Ahora que ha desaparecido, me he vuelto de nuevo un niño. Un niño sin madre, sin guía, sin Valor. La especificidad de mamá consistía en que me hacía adulto”.

A pesar de la discreción y elegancia que lo caracterizaban, y a pesar de lo que él mismo afirmaba (“mi duelo no ha sido histérico, apenas si lo han percibido los demás”), no podía ocultar su pena y abundan los testimonios que aseguran lo decaído e incluso deprimido que se le veía. Todos coinciden en que recordaba sin cesar a su madre.

Así, a la pregunta que un conocido suyo le hizo sobre el contenido de su próximo seminario, Barthes respondió: “Mostraré fotos de mi madre, y me callaré.” Sin llevar esto a cabo, no obstante, meses después abrió una de las sesiones de su seminario evocando su muerte: “Se ha producido en mi vida, algunos lo saben, un acontecimiento grave, un duelo”.

Estas confesiones públicas que encuentran su clímax en La cámara lúcida (1980), ese gran libro de duelo que consagra a su madre, muestran el lugar determinante que ella ocupaba desde mucho tiempo antes en los múltiples dispositivos de escritura que su obra explora. Su estrecha relación con la fotografía comienza de hecho con imágenes de ella, como se observa en su libro Roland Barthes por Roland Barthes, escrito en 1973. El libro, que incluye una parte iconográfica importante, constituida en su mayoría por fotos de familia, comienza con una imagen en la que se distingue la silueta de una mujer joven en la playa. Es la única foto a la que ninguna leyenda acompaña. Se trata de la madre del autor. En ella su rostro aparece borroso, impreciso, como lo es todo recuerdo fotográfico, nos hace notar Barthes en una entrevista: es ella, nos explica, la Madre, – poco importa que en este caso se trate de la suya– quien tiene que ocupar el sitio inaugural, la que está al inicio de todo, anónima, como un símbolo. La matriz de todas las imágenes, pasadas y futuras.

Pero lo que lo conducía a Barthes a tal exposición no era solamente la necesidad de hablar de esta pérdida que lo afectaba tanto, como si se tratase de un desbordamiento o de un exceso afectivo que no lograra controlar. Su manera de hacer público el intenso dolor que provocaba en él la muerte de su madre responde ante todo a ese principio que le era tan propio de fundar su pensamiento en lo que la doxa presenta como inestable e incierto y, por ende, sin importancia, prescindible, es decir, el cuerpo que habitamos, su precariedad. Ya la lección inaugural de su cátedra en el Colegio de Francia en enero de 1977, a la que por cierto pudo asistir aún su madre, reivindicaba el lugar que ocupa en su trabajo el fantasma, es decir, aquello que nos obsesiona y asedia: “Creo sinceramente que al origen de una clase como ésta, hay que aceptar el hecho de que esté basada en un fantasma, que puede variar de un año a otro.”

Retomando el gusto casi maniático de Barthes por las definiciones, podríamos hablar de una verdadera ciencia de lo singular, alejada de las trampas del narcisismo, gracias a un análisis constante y riguroso que hace de su persona una alteridad, objeto de una dialéctica, o dicho de otra manera, de una transformación mediante la escritura. Esta singularidad, que toma su origen en la memoria corporal, encuentra por ejemplo en su infancia transcurrida en el suroeste de Francia sus imágenes más constantes. Una infancia marcada por la ausencia del padre, la pobreza, la marginalidad religiosa debida a su ascendencia protestante, que dejó rastros en su modo de teorizar o de posicionarse en el mundo intelectual. En sus escritos, Barthes cultivaba lo que lo hacía diferente de los demás y que lo llevaba tal vez a mantenerse alejado de las ideologías. Como una manera de resistir a toda uniformidad intelectual o social. No faltó quien le reprochara su falta de compromiso con los acontecimientos políticos de su época, como el movimiento de 68 –del que se mantuvo distante– o la guerra de Argelia, durante la cual nunca tomó posición. Parecía estar en otra parte, un paso más adelante de todos, en esa búsqueda implacable por encontrar cada vez, en cada acto de escritura, una nueva manera de decir yo.

La lucidez de su análisis se enfrenta, empero, a un problema irresoluble: ¿cómo dialectizar esta muerte tan concreta? ¿cómo convertirla en escritura y, finalmente, vencerla? En sus notas acerca de la fotografía, en el proyecto de novela que planeaba escribir y que su propia muerte interrumpió –Vita Nova– persiste la huella dolorosa de la ausencia, como lo demuestra esa fotografía que paradójicamente Barthes decidió no publicar en La cámara lúcida, la única en la que “su amor pudo por fin encontrarla”: la foto de su madre niña. Las fichas de su Diario de duelo que llevó durante un año, de 1977 a 1978, revelan esa equivalencia dolorosa que poco a poco se fue realizando entre “la madre” y “la literatura”. La muerte del ser que le era más querido agudizó su deseo de escribir. En los dos últimos años de su vida, la escritura se volvió para él un voto, en el sentido religioso del término: un compromiso, una promesa, el deseo punzante –que fue quizás el último de sus fantasmas– de realizar una obra que fuera un monumento. Buscaba darle una vida nueva, justa y eterna, a su madre: “Espero que surja de la Novela una suerte de trascendencia del egotismo, en la medida en que hablar de quienes uno quiere significa dar testimonio de que no han vivido (y en muchas ocasiones sufrido) ‘para nada’”. Con la Novela –que escribe aquí con esas mayúsculas suyas que daban un carácter absoluto y trágico a todo en lo que recaían– se proponía hacer perdurar su amor, ya que estaba convencido de que todas las “grandes novelas” no podían ser sino “novelas de amor”.

A cien años de su nacimiento, la promesa de este amor que va más allá de la muerte permanece suspendida en sus textos. Para quienes eran cercanos a él y que hoy lo recuerdan, Barthes es ante todo una voz clara y pausada que desde sus contradicciones –en muchas ocasiones voluntarias– continúa resonando en el presente, como una inquietud, jamás apaciguada. Deseo, por siempre intacto, de escritura.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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