Cultura

El risueño

Caracteres

Parecería, en una lectura apresurada, que el filósofo Henri Bergson pensaba en los mexicanos o, para mayor exactitud, en cierto humor mexicano cuando escribió, en 1900, su tratado sobre La risa. Que el sabio francés no haya venido nunca a México, ni mencionado una sola vez a nuestro país en su copiosa obra, no invalida ese parecer. Como dice Bergson que dijo Aristóteles, el ser humano es un animal que (a diferencia de la hiena) ríe conscientemente. Pero aquí reímos de lo que a la mayoría de la humanidad la hace llorar.

Ríen los albañiles o más bien sonríen desafiantes cuando, luego de soportar desde temprano los martillazos y el chirrido de la sierra y los gritos destemplados, vas a pedirles que le bajen el volumen a su radio. Y tan pronto te alejas un poco, se carcajean y lo vuelven a subir.

Una sonrisa semejante encrespa la cara del líder de la izquierda al anunciar, frente a una muchedumbre aplaudidora, que violará la ley y la seguirá violando a su antojo y quien lo denuncie es traidor a la causa. Y si no se trata de aquel líder sino de un priísta o un independiente, también sonríe así.

Y eso no es nada. Porque, como apunta Bergson, “la insensibilidad acompaña por lo común a la risa” y “la indiferencia es el medio natural de lo cómico”. Y lo menos risible del humor mexicano asoma cuando en una población del DF deciden linchar a unos policías que bien o mal realizaban su trabajo. Y, no contentos con destrozarlos a puñetazos y a palos y a patadas, los queman vivos o casi. Y las mujeres van a traer a sus hijos para que vean en familia el espectáculo. Y como ellas y sus maridos y los demás adultos ríen del sufrimiento ajeno, los niños aprenden a reír igual.

Y dado que nadie paga por ese crimen, pues en México el pueblo jamás es culpable de nada, los linchamientos y otros asesinatos menos conspicuos se multiplican. Y en Puebla matan riéndose a un par de estudiantes despistados. Y en Guerrero no acaban de encontrar en las fosas clandestinas los cadáveres de cientos o miles de personas cuyos victimarios ríen mejor porque ríen siempre al último.

En tales cosas piensas cuando te enteras de que tu vecinito, el niño Briseño, recogió un perro que alguien había abandonado en el parque. Y amarró al pobre animal con un collar de plástico que le lastimaba el cuello y le impedía moverse. Y, cuando otros vecinos lo regañaron, se llevó el perro de vuelta al parque. Y, como “nuestra risa siempre es la risa de un grupo” (Bergson dixit), se juntó con unos amigos. Y, ya en la noche, le metieron un cohete en el culo al perro. Y lo prendieron. Y entre risas vieron cómo el infeliz se retorcía de dolor. Y entre risas oyeron y hasta imitaron sus aullidos. Y luego lo colgaron de un árbol por el cuello. Y no dejaron de reír hasta que el ahorcado dejó de patalear.

Y cuando te atreves a comentar el asunto con el padre de Briseño el risueño, el hombre te dice con una sonrisa retadora que no te metas. Que era solo un pinche perro. Y que te debería importar más la gente.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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