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Lunes , 25.03.2019 / 13:12 Hoy

El rascacielos mental

La comunidad entera comienza a descender por una espiral de violencia sin sentido, dividiéndose en clanes conformados a partir de elementos de pertenencia.

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Uno de los rasgos más impactantes de algunas obras clásicas es que conforme pasa el tiempo se vuelven cada vez más actuales y nos ayudan a comprender mejor determinados rasgos de nuestro entorno, que a menudo ni siquiera existían como tales al momento de que la obra fuera escrita, y por eso a menudo se considera que sus autores fueron visionarios. Es, definitivamente, el caso de Rascacielos, la novela de J. G. Ballard aparecida en 1975, que capturó de manera espeluznante el tipo de sociedad neoliberal que apenas comenzaba a gestarse en esa época. Quizá por eso apenas el año pasado fue llevada al cine: porque a más de 40 años de su aparición refleja con exactitud aspectos decisivos de nuestra realidad actual. Sin embargo, el propio Ballard declaró en una entrevista que su ficción “procura analizar lo que ocurre en torno nuestro, y si somos personas muy distintas de los seres humanos civilizados que imaginamos ser”. Es decir, que más que anticipar el futuro, Ballard comprendió el tipo de sujeto y de sociedad que estaba produciéndose, y es como si Rascacielos fuera simplemente una consecuencia natural de ello.

La novela entera transcurre al interior del rascacielos concebido por el arquitecto Anthony Royal, más como un experimento social que arquitectónico, estrictamente dividido por clases sociales, con sus correspondientes símbolos de estatus, como elevadores que solo pueden utilizar los pisos superiores, supermercados y piscinas exclusivas. La comunidad entera comienza a descender por una espiral de violencia sin sentido, dividiéndose en clanes conformados a partir de elementos de pertenencia. Y es que Ballard supo que en una comunidad fundada sobre principios de individualismo feroz (Thatcher: “La sociedad no existe, solo existen los individuos”), donde la competencia y el aplastar al otro forman parte de los valores esenciales, incluso formal y explícitamente, la violencia es una consecuencia inevitable que, paradójicamente, termina por imponer un tipo de cohesión particular: “En el futuro, la violencia sería claramente una forma valiosa de pegamento social”. En términos actuales lo vemos con las guerras perpetuas (contra las drogas, el terror, los manifestantes), que justifican lo que pensadores como Agamben han denominado “estado de excepción continuo”, donde la vigilancia y el patrullaje de elementos fuertemente armados forman parte integral de la realidad cotidiana, incluso en las sociedades más opulentas del mundo.

Quizá el aspecto más notable de Rascacielos consista en haber advertido la transformación en las conciencias que produciría la particular antropología neoliberal, que ha supuesto un viraje decisivo en la concepción que tenemos los seres humanos acerca de nosotros mismos: “Un nuevo tipo social estaba siendo creado por el edificio: una personalidad fresca, sin emociones, inmune a las presiones psicológicas de la vida en el rascacielos, con una mínima necesidad de privacidad, que prosperaba como una especie de máquina avanzada en la atmósfera neutral. Se trataba del tipo de residente que se conformaba con no hacer nada más que sentarse en su departamento sobrevaluado, ver televisión sin volumen y esperar a que sus vecinos cometieran un error”.

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