Lecciones de don Vicente
Pasaba horas escuchando las historias de Vicente Ortega Colunga (director de la revista erótica Su Otro Yo). Tenía sesenta y dos años cuando lo conocí, y en la redacción le decíamos El Viejo. Lo era entre un grupo de jóvenes en el que nadie llegaba a los treinta. Cuando yo le contaba de mi infancia en el barrio, de mis años como panadero, de mi experiencia como becario pobre en el extranjero, me animaba a que escribiera lo que había vivido. No le hice caso; nunca tuve la vocación de escritor sino el deseo de ser reportero, de andar por todas partes, curioseando, enterándome de cosas, hurgando vidas ajenas en los reportajes y entrevistas que él me encargaba o yo le proponía.
En ese tiempo nació mi devoción por José Alvarado, amigo entrañable de Ortega Colunga. Lo admiraba en todo: en su desapego por las cosas materiales, en su cultura, en su manera de escribir, de una asombrosa sencillez, sin querer apantallar a nadie con frases rimbombantes o ideas geniales. Alvarado escribía de asuntos que a mí me interesaban: los libros, la música, la vida cotidiana, la amistad, la bohemia, la noche, la ciudad que él caminaba como nadie. Por eso se mandó hacer tarjetas de presentación en las que, en vez de licenciado, doctor, arquitecto, maestro o cualquiera de esas credenciales académicas, debajo de su nombre sólo decía Peatón. […]
Gracias a don Vicente me acerqué a la obra de José Alvarado, a sus artículos periodísticos y a sus libros; supe de su entusiasmo por la vida y de su gusto por la bebida. En las tardes de oficina o en las noches de juerga, Ortega Colunga me hablaba de sus amigos y me ofrecía lecciones inolvidables.
Una ocasión estábamos solos en la revista, viendo fotos de modelos; de pronto me dijo:
—No sabes cómo se me antoja un café.
El Habana estaba a una cuadra y a mí se me hizo fácil proponerle:
—Si quiere se lo traigo.
Con suavidad, pero también con firmeza, puso la mano en mi hombro, y en vez de aceptar me advirtió:
—No se te olvide que eres mi jefe de redacción.
Me cayó el veinte. Me di cuenta que me estaba previniendo contra la maldición del servilismo, era importante que yo me diera mi lugar, y le reviré:
—Bueno, pues entonces vamos; yo también quiero uno.
—Así, sí —me dijo.
Dejamos lo que estábamos haciendo y nos fuimos a ese lugar donde pasamos tantas horas entre risas y anécdotas.
Enfrente del Habana estaba un edificio inclinado —como la Torre de Pisa pero en feo, decíamos—, donde vendían pasteles árabes que a veces comprábamos para acompañar el café. Fue uno de los edificios que el sismo dañó irremediablemente, como lo hizo con el de Bucareli 18, donde estaba la revista cuando comencé a trabajar con él.
Un día de cierre, cuando en camisas de papel albanene —esas hojas traslúcidas que se ponían sobre la tipografía para no ensuciarla— yo marcaba las erratas con un lápiz de 2.5, me preguntó:
—¿Qué estás haciendo?
—Corrigiendo.
—Déjalo, al rato lo haces, vamos a comer.
Fui a mi lugar, guardé mis cosas en el escritorio y lo acompañé al Tampico, en Balderas; de regreso, como a las seis de la tarde, entramos a la cantina La Reforma, nuestro refugio después del cierre de La Mundial por la construcción del nuevo edificio de Excélsior, que durante mucho tiempo estaría en obra negra. Salimos a la medianoche rumbo a La Ronda, en la Zona Rosa, donde sólo recuerdo que estuvimos con unas muchachas.
Desperté en su departamento a las dos de la tarde; él estaba en la mesa, bebiendo. Lo saludé. Movió la cabeza de un lado a otro, como diciendo “qué poco aguante”. Me preguntó cómo me sentía; le dije que bien. Me despedí y me fui a mi casa.
Al otro día, cuando llegué a la oficina, él ya estaba ahí.
—¿Dónde está el material? —fue lo primero que me dijo cuando fui a saludarlo.
—Todavía no termino de revisarlo —le contesté un poco extrañado.
—¿Por qué?
No entendía el motivo de su pregunta; la respuesta me parecía obvia.
—Porque anduve con usted —me atreví a decirle.
—A mí no me importa con quién hayas andado, yo quiero el material —me exigió tajante.
—En una hora se lo entrego —le dije, desconcertado y molesto. Me puse a corregir lo más rápido posible y en el tiempo prometido se lo llevé a su escritorio.
Nunca volvió a convencerme de abandonar el trabajo para acompañarlo a cualquier parte. Esa fue otra de sus lecciones.
—Lo alcanzo cuando termine —le decía cuando había cosas pendientes y pretendía que fuera con él al café, a la cantina, a algún restaurante. Se me quedaba viendo y se iba, tranquilo, seguro de que las cosas estarían a tiempo.
Era un loco, un loco maravilloso y temperamental. Tenía una vida de película. Lourdes Gómez, colaboradora del suplemento La Onda, del periódico Novedades, le hizo lo que nosotros en la revista pasamos por alto: una entrevista en la que cuenta su historia como vendedor de periódicos en Saltillo; sus inicios en la fotografía; el encuentro con el maestro Elías Breeskin en Monterrey, quien lo animó a probar suerte en la ciudad de México; sus primeros meses en la capital, difíciles por la falta de dinero y trabajo. Carecía de muchas cosas, pero no de ganas de triunfar.
En un emotivo texto publicado en Su Otro Yo en marzo de 1985, con motivo de su muerte, su hijo Roberto Diego habla de esos tiempos, cuando, después de meses de incertidumbre, su padre siente que
La ciudad comienza a sonreír. Colabora como fotógrafo en la revista Arena del doctor Alfonso Gaona, retrata a los clientes de El Patio y convence al dueño, Vicente Miranda, de comprar una cámara Speed Graphic que le pagaría con su trabajo. Va de El Patio al Waikiki, del Ciro’s al San Souci, y entra en contacto con las personalidades y el jet-set que disfrutan el México de entonces, Madame Lupescu y el Rey Carol como luminarias inmarcesibles. De esas atmósferas y de las películas que se filman en los Estudios Azteca se nutre su columna de espectáculos “Frente a mi cámara” que llega a ocupar doce páginas en la revista Hoy, dirigida por Regino Hernández Llergo. Cuando nace la revista Mañana —de la que Ortega Colunga es fundador— tiene la irreverente idea de realizar la primera serenata a la Virgen del Tepeyac en la madrugada del 12 de diciembre, iniciación de un ritual que luego desvirtuaría su origen burlón. Agustín Lara compone especialmente unas saetas que son estrenadas por Pedro Vargas, Jorge Negrete y la Rondalla de Tata Nacho. Un grupo emprende la marcha a la Basílica desde las oficinas de Mañana, en la calle de Lucerna, y cuenta con la participación de Carlos Arruza, Silverio Pérez, Antonio Velázquez, Consuelo Guerrero de Luna, Fernando Fernández, Gloria Marín y Jorge Negrete.
A don Vicente le gustaban las tardes en el bar del Nicté–Ha del Hotel del Prado, en el extremo opuesto al mural de Diego Rivera Sueño de una tarde dominical en la Alameda. Desde ahí veíamos pasar a la gente mientras bebíamos whisky o ron y me contaba de cuando se reunía con sus amigos en el café de la Farmacia Regis: la mayoría periodistas, cantantes, actores, directores de cine, en los años cuarenta y cincuenta. Me dibujaba una ciudad que ya no existía, me hablaba de cabarets legendarios y de su amistad con María Félix y Agustín Lara.
Estaba solo. Dos de sus hijos —Roberto Diego y Gabriela— estudiaban en Europa; la mayor —Alejandra— se había casado, y yo me volví su acompañante y discípulo. Con sus contradicciones y defectos, fue un mentor generoso que me enseñó un oficio del que yo desconocía todo; me alertó contra los demonios de la solemnidad y me alentó a escribir de lo que se me diera la gana. Me encaminó por los secretos de la noche, y fui feliz conociéndolos con él o impulsado por él en entrevistas, reportajes y crónicas para esa revista proscrita de las hemerotecas que se llamó Su Otro Yo.
En aquel mensuario observo a las grandes vedettes de los setenta y ochenta: Amira Cruzat, Zulma Faiad, Grace Renat, Princesa Yamal, y veo también a una promesa que nunca alcanzó la gloria: Brigitte Aubé, que llegó a México precedida de la fama de haber sido Miss Francia y Miss Mundo.
Don Vicente se enamoró de ella. Nunca lo dijo, pero era evidente. De cabello rubio y rizado, ojos verdes y cuerpo escultural, le robó el sueño. Puso a su disposición su automóvil y su chofer, le mandó hacer un reportaje con Paulina Lavista y la lanzó en el número de septiembre de 1982 de Su Otro Yo como La nueva estrella de México. […]
Don Vicente andaba con ella por todos lados: la llevaba a comidas, cenas, viajes, y por un tiempo se olvidó de nosotros; llegaba a la oficina, hacía llamadas, revisaba de prisa los materiales, encargaba algunas cosas, y volvía a irse con Brigitte, quien como vedette se presentó en programas de televisión, en teatro, en cabarets, sin que pasara nada, hasta que un día desapareció como había llegado: sin avisar.
Ortega Colunga regresó a sus actividades habituales y, nuevamente, volví a acompañarlo en sus comidas con Renato Leduc o Pedro Ocampo Ramírez, en sus visitas a la cantina, en sus andanzas nocturnas. En ese tiempo aprendí que la pasión no respeta edades, que aparece en cualquier momento y nos vuelve locos.
El cazador de estrellas
Me veo caminando por la Avenida Juárez aquella noche en la que don Vicente me dijo:
—Vente, vamos a cazar estrellas.
En el edificio de la revista el elevador llevaba varios días descompuesto y las luces del cubo de la escalera no servían. Por eso compró una gran lámpara de mano que utilizaba para subir y bajar sin peligro en esa boca de lobo, oscura y con frecuencia solitaria.
Ya era tarde, habíamos estado viendo transparencias de modelos. Primero cincuenta, luego cuarenta, treinta, hasta llegar a las diez o doce que se necesitaban para cada reportaje. Las veíamos una y otra vez, mientras el diseñador Alfredo Ortiz las proyectaba en la pantalla y con un lápiz graso de color rojo las iba marcando en las cubiertas: una cruz para las que quedaban descartadas desde el principio, una paloma para las que volveríamos a revisar hasta quedarnos con las mejores.
En esas sesiones, largas y a veces tediosas a pesar de que veíamos imágenes de mujeres desnudas, don Vicente me enseñó a descubrir detalles que hacían unas fotos mejores que otras: la iluminación, la composición, la naturalidad. No era un teórico, pero como fotógrafo observaba cosas que a mí me pasaban inadvertidas. Cuando yo seleccionaba una foto, me preguntaba por qué; al principio no sabía qué responderle, después aprendí a decirle mis motivos y poco a poco fuimos coincidiendo en cuáles debíamos publicar.
—Vente, vamos a cazar estrellas —lo escuché y acepté acompañarlo sin saber a qué se refería. Nos despedimos de Alfredo y salimos del edificio rumbo a la Avenida Juárez. Llevaba su imponente lámpara colgada al hombro. Después de cruzar Balderas, a la altura de Foto Regis, vio a una joven hermosa, prendió la lámpara, le echó la luz encima y le dijo:
—Somos productores de Hollywood y andamos buscando estrellas.
—Viejo loco —le gritó la muchacha y se alejó de prisa.
Soltó una carcajada.
—A ver si con la próxima tenemos más suerte —me comentó.
A mí me daba pena, pero no podía quedarme atrás de él, hacerme como que no lo conocía. Algunas mujeres lo insultaban, otras huían, había quienes aceptaban la broma, posaban e incluso se reían. Él estaba feliz, parecía un niño travieso, jugando con su lámpara de cazador de estrellas. […]
Esa noche en Avenida Juárez nos detuvimos en el bar del Hotel Alameda, que tenía una carreta a la entrada y mesas al aire libre, ahí cenamos y nos tomamos unos tragos. Don Vicente veía hacia Bellas Artes y me contaba de sus días de pobreza, cuando después de fiestas en residencias o restaurantes de lujo con sus amigos actores, pedía un aventón a la esquina de Madero y San Juan de Letrán, siempre animada. Caminaba un rato sin rumbo fijo y luego se iba a una funeraria de Santa María la Redonda, donde intentaba conciliar el sueño en un sillón entre sollozos y ocasionales condolencias de gente que lo confundía con un deudo.
—No sabe cuánto lo siento, me decían, cuando yo ni conocía al pinche muerto; lo único que deseaba era dormir —rememoraba con su risa contagiosa.
A veces yo también tenía algo que decirle; no sé si le interesaba, pero me escuchaba y recomendaba escribirlo. A todos sus colaboradores nos decía lo mismo cuando le contábamos algo: escríbelo, escríbelo, escríbelo…
Recordé cuando, desde el cuarto piso de ese hotel donde estábamos, vi la Alameda envuelta en niebla. Me asomé por uno de los ventanales del Salón Romano, en el que durante algunos meses organicé fiestas de graduación a mediados de los setenta, para encontrarme un espectáculo increíble: el viejo parque flotando entre nubes; las luces de los arbotantes, débiles y dispersas, eran como estrellas lejanas que contrastaban y le daban cierto dramatismo al Hemiciclo a Juárez, profusamente iluminado; parecía el pórtico de un templo pagano, con su hierático dios al centro.
Había terminado de hacer cuentas con los empleados del hotel después de una fiesta, me serví una copa y acerqué a los ventanales; me quedé absorto viendo ese paseo, solitario, fantasmal; la niebla lo envolvía y parecía elevarlo, como si fuera una isla en medio de la oscuridad. Sentí el impulso de estar ahí y sentir y respirar el aire frío de la madrugada, uno de los grandes placeres de mi vida.
Me despedí, salí, crucé la calle y entré al parque, solo compartido con las ratas que corrían por todas partes. Eran las cuatro de la mañana, llevaba en la bolsa del saco el dinero ganado esa noche, pero no tenía miedo de que me asaltaran, me sentía seguro entre los roedores, las fuentes y los árboles centenarios. Tenía la Alameda para mí solo, lo demás no importaba.
Don Vicente y yo estuvimos platicando hasta las once o doce de la noche. Nos asomamos al cabaret Manolo, en la calle de López, a él no le gustó y volvimos a Bucareli, caminando despacio por la Avenida Juárez de los grandes hoteles y los cines y los centros nocturnos y los bares y los restaurantes y las tiendas y el mural de Diego Rivera y el reloj de la H. Steel y el poema de Efraín Huerta y las fotos de Nacho López. Esa Avenida Juárez que él nunca vería entre el fuego y la ceniza de la mayor tragedia en la historia de la ciudad de México.
Hicimos el regreso callados; don Vicente ya no pretendía cazar estrellas y su lámpara, colgada a su hombro, permaneció apagada. Llegamos al estacionamiento de Bucareli y Donato Guerra, donde había dejado mi auto —él manejaba mal y si no estaba su chofer, prefería viajar en taxi o con algún conocido—. Nos subimos y lo fui a dejar a su departamento, en la calle de Sinaloa, en la colonia Roma. Yo no tenía sueño ni me sentía cansado, regresé al Hotel Alameda y me subí al bar del último piso, el Camichín, junto a la alberca, donde tocaba un grupo de música instrumental; quería tomarme un martini y ver la ciudad nocturna, no necesitaba nada más para sentirme feliz. No sé cómo llegué a mi casa, pero no me faltaba nada y el auto estaba intacto. Recordé una frase de Renato Leduc: Hay un ángel que protege a los borrachos.