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Sábado , 16.02.2019 / 22:35 Hoy

El descanso del guerrero


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Para Jacqueline Maggi

Una vez tuve una mujer en La Habana

que me enseñó a ver los colores.

Yo nunca veía los colores.

Los grandes planos de color, que se empastelan uno en el otro,

se disuelven, se deshacen, se transforman

atravesados de luz.

Y yo me los perdía.

Ella vivía en el silencio y el aire.

Y me decía suavemente,

mira el dorado del mar en el crepúsculo

o el azul intenso y la espuma blanca a las ocho de la mañana,

o el plateado de la luna,

la turbulencia de la lluvia,

la transparencia del invierno

o todos los verdes atropellados en el campo.

La fugacidad del gris y el naranja que se difuminan espléndidos

en ese minuto exacto en que el sol se va.

El mundo me cambió desde entonces.

Aprendí a vivir en la luz y en el color.

Conocí la fragilidad de la permanencia.

Aprendí tal vez a pensar lentamente,

aprendí a detenerme el tiempo necesario.

Entonces comencé a abandonar la prisa y el desespero.

Después ella, como es habitual

en los que tienen un gran corazón,

siguió sola su camino.

Y yo creo que fue preferible.

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