Y un buen día, los Aguilar, madre e hijos, con libros, discos y perro tuvieron que salir de la casa familiar sin saber qué les depararía el destino. Recibieron el apoyo de sus abuelos y sus tías para sobrellevar la situación. Dado que no podían depender de ellos, tenían que pensar en un modo de ganarse la vida.
“¿Por qué no ponemos una fonda?”, planteó Edgardo luego de barajar muchas ideas. El plan, platican sus hermanos Celina y Alberto, era que el negocio les permitiría trabajar medio día de lunes a viernes, comer todos los días y, a las cinco de la tarde, estar libres para dedicarse a otras actividades.
Eligieron el 5 de febrero de 1996 para la inauguración porque un mes antes habían firmado el contrato de renta de un local en la calle Ajusco y tenían que cumplir con la mensualidad siguiente. Después de que a las tres de la tarde solo se habían parado algunas moscas, con esa intuición que suele tener la gente mayor, la abuela les dijo: “Hay que comer, ya es la hora”.
Al sentarse, la gente empezó a llegar y, al poco rato, el lugar se llenó. En retrospectiva, Celina dice: “Por eso nos dijo: ‘si quieres vender, siéntate a comer’. No sé si el dicho existe o mi abuela lo inventó, pero el lugar se llenó”, afirma entre risas.
El primer día la música de fondo era la misma que escuchaban en su casa, afirma Alberto. “Pusimos discos de son, tango y sobre todo jazz, lo que a la gente le gustó. Al cumplir un año contratamos a uno de los integrantes de la familia Nandayapa para que tocara en la celebración. Llegó con un contrabajista y un baterista y se puso a tocar jazz marimbero. A partir de ahí pensamos que era buena idea conjugar lo que estábamos haciendo gastronómicamente con música en vivo, exposiciones de fotografía, pintura, cerámica o presentaciones de libros”.
Lo que venga en gana
Si al principio en El Convite tocaban estudiantes de la Escuela Superior de Música, con el tiempo se agregaron músicos con trayectoria que se presentaban una vez por semana. Más adelante hubo dos, tres y hasta cuatro presentaciones semanales.
Con el proyecto Jazzbook sus actividades se extendieron a otros foros, lo mismo la Feria del Libro del Zócalo que el Teatro de la Ciudad, el ex Palacio del Arzobispado o las librerías del Fondo de Cultura Económica.
“Así nos fuimos involucrando en la difusión y promoción del jazz –comenta Alberto–. Esta idea, acertada de manera intuitiva, hizo que El Convite se desarrollara a medida que se realizaban los cambios en la ciudad”.
La gran recompensa de fundar El Convite, dice Celina Aguilar, “es tener la libertad de hacer lo que se nos venga en gana. Por ejemplo, vamos a celebrar también el primer aniversario de nuestra estación de radio por internet, donde nos permitimos hablar de lo que queremos sin restricciones”.
Nuestro proyecto, comenta Alberto, “ha sido difundir el jazz que ocurre en Ciudad de México, darle una identidad. Este trabajo no es un negocio, es un placer, igual que la comida”.
Los festejos por los 30 años de El Convite se llevarán a cabo a lo largo del año. Entre las actividades destaca el concierto del pianista Héctor Infanzón que realizará el 19 de marzo en el Estudio A del Instituto Mexicano de la Radio.
El mismo mes, en la Cineteca Nacional se proyectarán los 11 capítulos del documental ¿De qué hablamos cuando hablamos de jazz? También se llevarán a cabo exposiciones de fotografía con obras de Edgardo Aguilar, Fernando Aceves, Francisco Mata Rosas y otros invitados, así como otra edición del Jazzbook hacia el mes de abril y la publicación de un libro objeto sobre lo que ha ocurrido en este centro de cultura y gastronomía.
Un acervo documental
Con cerca de 3 mil conciertos a lo largo de tres décadas, al menos un 70 por ciento de ellos ha sido grabado de manera formal, material que podría ser donado a la Fonoteca Nacional. De acuerdo con Alberto Aguilar, “es un acervo que debe estar disponible para consulta pública, porque además cuenta una historia de una generación de jazzistas que ahora es reconocida”.
hc