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Lunes , 20.05.2019 / 07:55 Hoy

El Castillo de Chapultepec, una fortaleza de la memoria

El recinto, otrora casa de gobernantes y hoy museo, ha sido escenario de diversos hechos y mitos históricos que son parte de la identidad del país.

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Se cuentan muchas historias sobre el Castillo de Chapultepec, pero la que más sorprende es cómo fue que este espacio se convirtió en residencia: a la llegada del archiduque Maximiliano y la emperatriz Carlota a México, en junio de 1864, ambos se hospedaron en Palacio Nacional, pero se llevaron una desagradable sorpresa.

“Las camas estaban infestadas de chinches. Esa noche el emperador Maximiliano durmió sobre una mesa de billar. Los emperadores no quisieron pasar una noche más ahí, y al enterarse de que en lo alto de Chapultepec había un castillo abandonado, decidieron habitarlo. A partir de entonces este lugar, que fue embellecido por el emperador, comenzaría a ser la residencia oficial de algunos de los gobernantes de este país”.

Este suceso lo narra el historiador Alejandro Rosas, quien presentó el ensayo “El Castillo donde se escribió la historia”, publicado en el libro El Castillo de Chapultepec, 1250-2015, editado por el entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y la editorial Turner.

En entrevista con MILENIO, el investigador dice que a partir de ese momento, Maximiliano mejoró los salones y todo el Castillo, al tiempo que ordenó la construcción de la rampa de acceso y encomendó la traza para el Paseo de la Emperatriz al arquitecto francés Louis Bolland, quien imaginó una avenida semejante a los Campos Elíseos de París. Al triunfo de la República esta gran avenida cambiaría su nombre a Paseo de la Reforma.

Lecturas

Uno de los puntos centrales de la memoria tangible de los mexicanos se encuentra en el Castillo de Chapultepec, un espacio en el que han sucedido algunos de los pasajes más emblemáticos del devenir de México, y que actualmente alberga al Museo Nacional de Historia.

Para contar cuál ha sido el devenir de este recinto, considerado un referente de la identidad nacional, de patriotismo y de diversidad cultural, plumas como la de Miguel León-Portilla, Alejandro Rosas y Vicente Quirarte, así como los textos de los investigadores Thalía Montes, María Hernández, Juan Manuel Blanco y Axayácatl Gutiérrez recrearon algunos de sus pasajes más emblemáticos en el libro El Castillo de Chapultepec 1250-2015.

Así, por ejemplo, mediante una selección de representaciones nahuas, como los códices Matritense y Florentino, además del Manuscrito de la Leyenda de los Soles, León-Portilla expone lo que ha significado el Cerro de Chapultepec, el lugar sagrado para los aztecas y para la historia de los mexicanos.

Salvador Rueda Smithers, director del Museo Nacional de Historia, dice a MILENIO que el ejemplar reúne textos e imágenes muy especiales que ofrecen una doble lectura: “Por un lado están los ensayos y por otra parte están las imágenes que seleccionaron los editores y los propios autores, con la finalidad de ofrecer una idea de la evolución de este lugar desde los tiempos prehispánicos, cuando el edificio ni siquiera era un sueño y este cerro era el Altépetl de México, sitio en el que hoy se guarda y custodia la memoria de México”.

Rueda Smithers detalla que el libro ofrece un panorama con destinos cruzados. Así, se alude a los hechos históricos que afectan a toda la nación “en un juego de memoria: diría que aquí se pronuncian las palabras que detonan la Revolución mexicana y también su final. Las palabras que dieron origen al movimiento revolucionario, expresadas en la entrevista Díaz-Creelman, registrada en uno de los balcones del alcázar del Castillo de Chapultepec, a unos pasos de la recámara que ocupaba Porfirio Díaz, en ese espacio el presidente declaró que México ya estaba apto para la democracia”.

Asimismo, en este lugar, que es visitado por alrededor de un millón 300 mil personas al año, se firmaron los arreglos de paz entre la Iglesia y el Estado que dio fin a la guerra cristera y dio término al proceso que se conoce como la Revolución mexicana.

Hogar de gobernantes

El director del Museo Nacional de Historia también explica a MILENIO que varios virreyes intentaron edificar una residencia en lo alto del cerro, debido a que el palacio de gobierno que se encontraba en la Plaza Mayor era un verdadero muladar.

El virrey Matías de Gálvez solicitó autorización a la Corte para hacer una nueva construcción en Chapultepec, pero solo permitió la construcción del alcázar.

El proyecto de Manuel Agustín Mascaró resultó muy oneroso, pues solo en la fachada del edificio se gastó 300 mil pesos. La Corona española trató de ponerla en venta en dos ocasiones, e incluso trató de rematarla, pero sin éxito.

A inicios del siglo XIX el Castillo estaba en ruinas, y tras la Independencia el inmueble generaba poco interés. Así que antes de ser habitado por gobernantes, fue sede del Colegio Militar, una vez que el presidente Antonio López de Santa Anna expidiera su decreto de creación en 1833.

Benito Juárez no quiso vivir ahí, no así su sucesor Sebastián Lerdo de Tejada, al igual que Manuel González y Porfirio Díaz, quien rehabilitó el Castillo al ordenar hacerle varias mejoras.

El funcionario destaca que en 1934 el presidente Lázaro Cárdenas decidió no vivir en el Castillo de Chapultepec porque era muy frío para su familia, por lo cual adquirió el terreno donde actualmente se ubica la residencia oficial de Los Pinos.

Entonces el inmueble histórico fue adaptado como oficina de gobierno, para posteriormente convertirse en el Museo Nacional de Historia.

El gran mito

Sin embargo, refiere el historiador, el acontecimiento más memorable y más famoso de la historia del Castillo de Chapultepec es la caída del Colegio Militar durante la guerra contra las tropas de Estados Unidos, que le causó a México la pérdida de gran parte de su territorio.

“El Castillo de Chapultepec fue el último reducto de la resistencia contra la invasión estadunidense tras caer el 13 de septiembre de 1847. Un grupo de 50 cadetes del Colegio Militar defendió heroicamente a su escuela aunque sabían que serían derrotados”, dice.

Aclara que esa historia es solo un mito muy difundido acerca del cadete Juan Escutia, quien jamás se enrolló en la bandera y mucho menos se tiró al vacío desde un lugar del Castillo.

“Aquí guardamos la bandera que probablemente ondeaba en la fortaleza en ese momento histórico; tiene una dimensión de 10 metros cuadrados, está muy pesada y difícilmente una sola persona hubiera podido cargarla”.

El especialista señala que muchos de los visitantes acuden al Museo Nacional de Historia en busca de las huellas de la emperatriz Carlota, pero también llegan para conocer el lugar en que vivió Porfirio Díaz, y una pequeña parte a ver el lugar desde donde Francisco I. Madero salió rumbo a Palacio Nacional en la Marcha de la Lealtad, que detonó el violento proceso que culminaría con la proclamación de la Constitución de 1917.

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