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Jueves , 21.02.2019 / 19:09 Hoy

El borracho que se fue de parranda con el Diablo

Leyendas de La Laguna

Leandro quería seguir tomando. Caminando solo por las calles de San Pedro, encontró a alguien que le quería hacer compañía.
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Era una noche calurosa en San Pedro, Coahuila, de esas que no se soporta estar en el interior de las casa.

Corría los años noventa cuando las cantinas de la zona centro aún reunían buena clientela y cuando la inseguridad aún no inundaba a los sampetrinos, todavía se podía andar a gusto en la calle y entrar a los bares para ponerse alegre.

Leandro, un hombre ya de unos 52 años, que le gustaba mucho la tomada, había salido de una de las cantinas del Mercado Juárez, no andaba tan ebrio, pero sí bien picado y quería seguir la parranda.

Para esa hora la mayoría de los negocios ya habían cerrado y sus amigos ya no le quisieron seguir el juego, ya lo conocían como era de aferrado.

El hombre delgado, de estatura no tan baja y no muy bien vestido, caminó por un buen rato por las calles de la zona centro, viendo como le hacía para seguir pisteando, pero no daba con bola, ya que la hora marcaba pasada la media noche, ya ni el ladrar de los perros se escuchaba

Se paró en una esquina cercana al mercado y para su buena o mala suerte, ahí se topó a un amigo.

-“Qiubo Leandro”, ¿te dejaron solo tus amigos?, ¿quieres un trago?"-

El extraño le hizo esas dos preguntas que en su mente solo cabía la idea de seguir echándole al trago.

Leandro ni siquiera preguntó su nombre, ni que andaba haciendo a esas horas en la calle y solo aceptó.

El amigo, bien vestido, todo de negro y con sus botines relucientes de limpios, pero al que nunca Leandro le podía ver la cara, por el sombrero de ala ancha que portaba, lo invitó a caminar, no se veía ni un alma en la calles de la ciudad, solo Leandro y el amigo sin rostro.

Se fueron caminando y bebiendo, hasta llegar a una de las esquinas donde antes era Continental San Pedro, ahora un almacén refresquero.

Ahí, se sentaron en un piedras, el nuevo amigo de Leandro, le comenzó a preguntar por sus compañeros de parranda, se sabía los nombres de cada uno, algo que poco a poco le fue dando miedo por lo que le decía ese hombre misterioso.

Leandro, ya no le estaba haciendo tanto caso al sujeto y le fue pareciendo tenebroso por las palabras que salían de su malhablada boca y por el desagradable olor a azufre que estaba percibiendo.

De repente, Leandro vio como una densa nube de neblina comenzó a salir de la vega que ahí se encuentra.

-¡Ay guey! esta cosa ya no es de dios-, repetía Leandro en voz baja y como de magia la borrachera le comenzó a bajar.

El misterioso amigo se paró, pero este ya no era humano, Leandro vio que en sus pies ya no tenía los botines relucientes, ahora, sus pies eran animal y cuando volteo hacia arriba, vio la enorme estatura de ese ser demoniaco, alcanzó a ver su rostro, era el mismísimo diablo.

Dicen que después de días, nuevamente se le vio a Leandro en la calle, ahí cercano al Barrio Monterrey por donde vivía, pero su rostro reflejaba un temor inmenso y su platicar había desaparecido, ya no era el hombre alegre, dicen que hasta lo borracho se le quitó.


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