José María Arguedas y Juan Rulfo se conocieron en Berlín en 1962, en el Coloquio de Escritores Iberoamericanos y Alemanes, cuando ambos ya admiraban la obra del otro. En 1964, volverían a verse en un viaje de Arguedas a México. Pero la amistad se iba a cimentar en marzo de 1967 cuando ambos asistieron al Congreso de la Comunidad Latinoamericana de Escritores, que tuvo lugar en México. En esa ocasión compartieron un cuarto en el Hotel Guadalajara Hilton. En una entrevista que publicó la revista El Viejo Topo en 1979, Rulfo contestaba a una pregunta sobre los autores latinoamericanos preferidos. “En primer lugar, a Juan Carlos Onetti”, dijo. “Después José María Arguedas”.
En un pasaje del diario, de su novela póstuma El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971), Arguedas iba a recordarlo: “¿Quién ha cargado a la palabra como tú, Juan, de todo el peso de padeceres, de conciencias, de santa lujuria, de hombría, de todo lo que en la criatura humana hay de ceniza de piedra, de agua, de pudridez violenta para parir y cantar, como tú? En ese hotel, más muerto que vivo, el Guadalajara Hilton, nos alojaron juntos, ¿de pura casualidad?” El pasaje termina diciendo: “Me acordé de la primer vez que te conocí en Berlín, con cuánta felicidad”. Años después, en una entrevista de Elena Poniatowska, Rulfo iba a subrayar esta amistad en una sola frase: “Yo quería mucho a José María Arguedas”.
No era casual. Ambas obras partían de una pasión compartida pues imaginaron una naturaleza de esencia divina que define la identidad de los hombres. El “viento pardo” que atraviesa el cerro de “Luvina” es una fuerza tan violenta como el sol que en Los ríos profundos se fija en Doña Felipe, cuyo ojo “ardía como un diamante”. Esos son los ojos de la locura, los “ojos inquietos, mirando a todos lados” de Susana San Juan. El ojo del universo ya aparece en la luna que “venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda” en “No oyes ladrar los perros” y en la única ventana por donde entra la “luz grande del sol” que ilumina al danzante de “La agonía de Rasu Ñiti”. La luz y la muerte alimentan ambas obras. Pedro Páramo se derrumba “como si fuera un montón de piedras”. “Mejor me hundo en la quebrada”, exclama Ernesto en el último pasaje de Los ríos profundos antes de seguir el río hasta la “Gran Selva, país de los muertos”.
La vida y la muerte brillan por igual en su prosa. Apenas se diferencian.
Rulfo cumple cien años. Arguedas es algo mayor. Pero en ellos el tiempo no existe.