La obra de Edgar Allan Poe (Boston, Masachussetts, 19 de enero de 1809-Baltimore, Maryland, 7 de octubre 1849) queda determinada por todo lo controversial que hay en ella, a primera vista un infierno de los más complejos e íntimos. No es de extrañarse que su vida, y por ende sus escritos, resulten cautivantes al lograr domesticar sus tan indisciplinados demonios personales. Aunque da la impresión de ser casi delicado por momentos en la esfera profesional, el literato estaba acostumbrado a territorios muy agrestes, que son los adecuados para la proliferación del humor negro.
El hombre acongojado detrás de la pluma — quien es el escritor maldito por antonomasia— fue un buscador de experiencias infatigable hasta que sucumbió al delirio, como tantos otros de su tiempo que no pretendían las cosas agradables; como si la deficiencia de lo bello le concediera lo imperecedero, lo que le facilitó asumir su deber: pasar a la posteridad.
El placer de volver a leer a un clásico del calibre de Edgar Allan Poe, "el dios intelectual de su siglo", resulta para muchos un amuleto contra cualquier infortunio moderno. Edgar Allan Poe, entre el amor y la muerte (Axial, 2015) reúne cuatro piezas que elevaron la retórica a niveles difícilmente igualables: "Ligeia", "Berenice", "Morella" y "Eleonora". Aventuras sentimentales notablemente románticas, amor, muerte y resurrección son las piedras angulares que justifican la publicación conjunta de estos relatos.
Edgar Allan Poe dotó de peculiaridades esquemas narrativos básicos, con lo que logró desprender de lo inhumano otra cosa que sus miserias. A través del drama nos conduce directamente a descubrir una forma literaria de horror, que nada tiene que ver con la gótica. Si se lee con inquisitiva introspección mencionada compilación, quienquiera hallará en ella resonancia de vivencias trágicas, pero dotadas de auténtico romanticismo. Con gran sentido de la realidad, aunque consagrado a la ficción, se dejó someter continuamente por violentos desencantos. La escritura vino a ser la sal de su vida: nada parecía resultarte imprescindible, aunque había cosas que le eran indispensables, de ahí el aura poética que lo envolvía.
El escritor estadunidense construyó monumentos macabros y terroríficos para estas cuatro mujeres a las que adoró y perdió; sin embargo, puede jactarse de haberlas poseído retóricamente en su totalidad. Aunque muertas, siguen enamorando a generaciones de lectores que escuchan claramente sus retahílas con un poco de ansiedad y admiración. A pesar de su naturaleza proclive a las alucinaciones, tuvo la suficiente lucidez para lograr abarcar siglos con su prosa, apoyándose en una elemental certidumbre: la mortalidad; que le permitió elevarse por encima del tiempo, sumido en la más productiva embriaguez.