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Sábado , 16.02.2019 / 18:05 Hoy

E4 siempre

CRÓNICA

La brutalidad de México invade pensamientos y sensaciones de sus habitantes. Incluso en el ajedrez siento su violento flujo en la sangre.
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En Ciudad de México se me niegan las aperturas cerradas. Pierdo las partidas que abren con el peón de la dama. En el campo o en la playa, si soy blancas, puedo jugar con solvencia d4, c4, f3 o Cf3, pero aquí no, no en esta ciudad que me condena al e4 siempre, y, por lo tanto, al pensamiento abierto: ese que enfoca su estrategia inicial hacia el dominio del centro y tiende a provocar vertiginosos enfrentamientos de espacios abiertos e intercambios.

Es algo relacionado con la escisión en la Unión Tepito y la narco-guerra por el control de la colonia Cuauhtémoc, cuya última batalla en Plaza Garibaldi (14 de septiembre) incluyó sicarios vestidos de mariachis con ametralladoras escondidas en cajas para guardar trompetas y seis personas muertas. Algo relacionado con Emilio Alejandro Aguilar, el estudiante acuchillado (3 de septiembre) durante una manifestación pacífica frente a la dirección escolar de la UNAM. Algo relacionado con el abuelo y su nieta de tres años que fueron asesinados a balazos (27 de junio) en la esquina entre Pilares y Sánchez Azcona, colonia Del Valle. Algo relacionado con corrupción, violencia sostenida e intolerancia. Algo relacionado con el horror que cubre cualquier horizonte de estos terribles días mexicanos.

El horror paraliza, y alguien paralizado se vuelve incapaz de sentir. La deshumanización se filtra poco a poco, imperceptiblemente, en el corazón de la gente. En las redes sociales una joven conductora de televisión (Eliza Valles) presume entre risas que atropelló a un perro: “No me paré porque no me gusta la sangre (…) bueno, fue su culpa, porque no corrió por su vida, jajaja”. En el estacionamiento de Torre Altus, en Bosques de las Lomas, un empleado del edificio se niega a cambiarle la llanta a un Porsche —porque no es parte de su trabajo— y el dueño del coche (Miguel Moisés Sacal) le golpea la cara hasta romperle tres dientes.

México es una ciudad brutal, y su brutalidad invade inexorablemente pensamientos y sensaciones de sus habitantes. Incluso en el ajedrez, al que le dedico mis escasos momentos libres, siento su violento influjo en la sangre. Tan cerca del lugar donde Insurgentes y Periférico se cruzan, estoy condenado por la ciudad a las aperturas abiertas. e4 siempre… y luego (si mi contrincante responde con el usual e5), muevo f4; es decir: ¡gambito de rey!, y, por lo tanto, se desencadenan partidas vertiginosas y abiertas, de rápidos cambios y columnas libres, donde se lanzan precipitados ataques guiados por la desesperación y el ansia; se desvanecen orden, imaginación, sutileza, paciencia o calma, y matar o morir se convierte en la única posible estrategia.

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