El arte mexicano se encuentra con un vacío que duele como una pincelada interrumpida. Pedro Friedeberg, el arquitecto convertido en visionario surrealista, partió a los 90 años en San Miguel de Allende, Guanajuato, rodeado del amor de su familia.
A través de la cuenta oficial del artista en Instagram se dio la noticia: “Pedro murió rodeado de su familia, con mucho amor y lleno de paz. Su familia se siente profundamente agradecida de haber podido compartir con él todo este tiempo. Su obra y su espíritu creativo dejan un legado inmenso”. Palabras cargadas de gratitud y serenidad, que capturan la esencia de un hombre que vivió desafiando moldes, pero que se despidió con la misma elegancia barroca que impregnó su vida.
El Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (Inbal) lo confirmó en X con un tributo conmovedor: “Lamentamos el sensible fallecimiento del artista Pedro Friedeberg. Con su irreverencia y genialidad, rompió barreras en el arte mexicano de los años 50, fusionando surrealismo, barroco y crítica social. Su Silla Mano es icono eterno. Descanse en paz, maestro”.
En entrevista con MILENIO, su hija Diana Friedeberg comentó: “Claro que estaríamos de acuerdo y nos encantaría que le rindiéramos un homenaje en el Palacio de Bellas Artes”.
¿Les gustaría que le hicieran una retrospectiva en ese recinto?
Sí, también estábamos en pláticas de una retrospectiva importante y ojalá pudiéramos darle seguimiento para llevarla a cabo más adelante.
¿Cuál fue su última voluntad?
Nos dijo mucho al último, que estuviéramos contentos y disfrutáramos de la vida. Que confiaba en que David, mi hermano, y yo, haríamos un buen trabajo en proteger su legado.
¿En dónde descansarán los restos del maestro?
Más adelante con gusto informaremos el lugar en dónde descansarán sus restos.
¿Qué significaba México para el maestro?
México es surrealista, como él, y lo divertía mucho.
¿Dejó alguna obra inconclusa?
Sí, hay varias inconclusas. Ya las verán expuestas próximamente.
Provocador eterno
México llora no solo a un creador, sino a un provocador eterno, hijo de exiliados judeo-alemanes que huyeron de la sombra de la Segunda Guerra Mundial. Nacido el 11 de enero de 1936 en Florencia, Italia, Friedeberg llegó de niño a tierras mexicanas, donde el sol y el caos cultural lo forjaron.
Arquitecto de formación, influido por las ensoñaciones de Remedios Varo y las audacias de Mathias Goeritz, abandonó los planos por un universo de formas imposibles: pinturas que susurran esoterismos antiguos, esculturas que desafían la gravedad, grabados cargados de ornamentación barroca, muebles que son portales al absurdo y arquitectura conceptual que critica el consumismo rampante.
¿Quién no ha soñado con sentarse en su icónica Silla Mano de 1962? Esa obra maestra, un mueble funcional donde una mano gigante emerge para fusionar lo surrealista con lo cotidiano.
Friedeberg creó en los turbulentos años 50, rompiendo con el arte social y político dominante, incorporando elementos esotéricos y antiguos que hablaban de libertad irreverente. Expuso en México, Francia y más; ilustró libros con fantasías provocadoras; diseñó murales que decoran el alma de hoteles en San Miguel de Allende, donde pintaba aun semirretirado.
A sus 90 años, lúcido pese a las molestias de la edad, compartía con su familia, con su esposa e hijos, Diana y David, momentos de enojo juguetón, buen humor y lecturas serenas.
“Lleva años enfermo, delicado, pero tranquilo, lúcido y consciente”, confesó Diana hace algunas semanas, en una charla con MILENIO. “La pasa en familia, con los mejores cuidados. Ya casi no pinta, pero se la pasa tranquilo con nosotros”.
Su partida deja un hueco inmenso, pero también irrumpe con luz: la Fundación Pedro Friedeberg, creada en 2024 por él mismo junto a su esposa e hijos, resguarda su vasto archivo y preside el Programa Oficial de Certificación y Recertificación.
En un mercado acechado por falsificaciones, esta iniciativa revoluciona con certificados infalsificables que unen el tacto noble del papel con la inquebrantable seguridad del blockchain. Diana y David, pilares de su consejo directivo, velan por este legado con devoción, frenando la sombra de los falsos para que la auténtica excentricidad de su padre brille eterna.
Pedro Friedeberg no se fue, se transformó. Su espíritu creativo trasciende generaciones, inspirando a artistas que, como él, critican, ornamentan y sueñan más allá de lo posible. México está triste pero celebra: el maestro irreverente vive en cada pincelada provocadora, en cada mueble que rompe moldes. Descanse en la paz que tanto amó, rodeado de ese amor familiar que lo acompañó hasta el final.
hc