La triste noticia sobre el deceso del artista Pedro Friedeberg nos hace pensar en su legado, aquel que deja tras una trayectoria mezclada entre la creatividad y un talento nato.
En el panorama del arte contemporáneo, donde a menudo impera un minimalismo estéril, Pedro Friedeberg se alzó como el sumo sacerdote del "máximo". Él fue uno de los hombres más reconocidos en el ámbito cultural.
¿Quién era Friedeberg?
No es simplemente un pintor o un escultor; es un arquitecto de realidades que utiliza la repetición y el símbolo para burlarse de la seriedad del mundo funcional de una manera sublime y a veces poco comprendida.
Nacido el 11 de enero de 1936 en Florencia, Italia, se consolidó como un referente de un género extravagante y una curiosidad insaciable que se alimentaba cada día de su entorno. La historia de vida que le acompañó no fue sencilla.
Descendiente de una familia judeoalemana tuvo que huir tras el inicio de la Segunda Guerra Mundial; apenas tenía 3 años de edad y ya experimentaba una de las sensaciones más traumáticas y no hubo tregua en casa, porque era educado bajo un rígido sistema.
En su crecimiento es que aprendió a ser poliglota, pero también músico con el violín, sin embargo, su verdadero "amor" siempre fue el arte. Sentado frente a la impresionante Basílica de Santa María Novella hacía sus primeros bocetos con tan sólo 2 años de edad.
Al dejar Europa se instalaron en Estados Unidos. Fue Boston quien lo vio madurar en la Universidad Iberoamericana, por arquitectura. Lo cierto es que la vida tenía otros planes para él y en ese recorrido conoció artistas de renombre, obras que lo marcaron para que naciera el maestro de la simetría.
La obra de Friedeberg
Su obra es un ecosistema donde el Renacimiento italiano, la psicodelia de los años 60 y el misticismo esotérico colisionan en una explosión de tinta y pan de oro, mismos que nos llevan a reflexionar sobre nuestra propia realidad.
Friedeberg es ante todo el maestro del horror vacui. Para él un espacio en blanco era una oportunidad perdida para la invención porque siempre aprovechó cualquier lienzo para construir aquellas ciudades imposibles, perspectivas que se muerden la cola y laberintos que no buscan una salida, sino el extravío absoluto de su espectador.
A través de su icónica Silla-Mano, Pedro logró lo impensable al transformar una extremidad humana en un objeto de completa utilidad, pero a su vez cuestiona la misma y abriendo la puerta a una simple pregunta: ¿Un diseño puede ser una broma sofisticada y, a la vez, una pieza de devoción estética?
Su figura, siempre acompañada de un ingenio mordaz y una elegancia completamente anacrónica, representa como tal el último puente vivo hacia ese surrealismo más puro.
Friedeberg realmente nunca tuvo intenciones de explicar, o explicarse, el mundo porque realmente busca cimentar su propio espacio, el cual no dejaba de decorar hasta que éste terminara irreconocible.
Habitar, vivir y experimentar su obra es aceptar una invitación a un banquete visual robusto, en donde la ironía es el plato principal y la simetría es y será la única ley sagrada para su autor. Pedro Friedeberg nos enseñó que en el ajedrez del arte la pieza más valiosa siempre es aquella que se atreve a ser deliciosa y puramente inútil.
KVS