David Troice (El Paso, Texas, 1990) pasó un mes soldando solo, sin asistentes, la escultura más grande que ha hecho hasta ahora. La construyó en una residencia artística en Buffalo Creek Art Center, en Lake Tahoe, rodeado de montaña y sin ningún pendiente que no fuera cortar, doblar y unir acero.
El resultado se llama Widmanstätten: una retícula tridimensional de ocho metros de altura y cinco de diámetro, más otras dos piezas menores nacidas del material sobrante, inspirada en los patrones cristalinos que aparecen al cortar y pulir un meteorito metálico.
Troice viene de una práctica escultórica construida sobre la geometría como principio generativo: pliegue, repetición, proporción, y un acero que en sus manos pierde su asociación con lo pesado y lo permanente para volverse ligero, casi líquido. Con Widmanstätten da un giro.
Su obra anterior indagaba lo que se ha descrito como una Geometría de la Presencia; esta pieza la desplaza hacia algo más amplio: una escultura que no representa el cosmos, sino que traduce su lógica estructural a una escala que el cuerpo puede habitar.
El proyecto no salió como estaba planeado. Troice quería una sola pieza, más alta. Un cambio por seguridad —la estructura se movía como el mástil de un velero cuando subió a soldar las partes superiores— lo obligó a dividir el material en tres. De ahí nació, por coincidencia, el hallazgo que le dio nombre a la obra: el patrón que se forma dentro de un meteorito cortado es el mismo que había estado soldando sin saberlo.
MILENIO conversó con él sobre la residencia, la soledad como método, la improvisación como herramienta de trabajo y lo que significa ver una pieza propia ponerse de pie por primera vez.
Esta obra surge dentro de una residencia en Buffalo Creek Art Center. ¿Cómo cambia tu proceso creativo en ese contexto?
Estar en otro país, lejos de lo cotidiano —familia, trabajo, compromisos—, en una propiedad rodeada de naturaleza, con un jardín escultórico, un taller con todas las herramientas necesarias y un equipo que te apoya, te pone en un estado de creación pura. Lo único que tienes que hacer es crear.
Es la escultura más grande que has realizado. ¿En qué momento supiste que querías llevar tu práctica a escala monumental?
Desde siempre. Creo que es algo inevitable. En el camino de la creación tienes que ir rompiendo barreras, y esta es una de ellas.
La construiste prácticamente solo. ¿Qué aprendiste de ti mismo en esa experiencia?
Al terminarla me di cuenta de que todo fluyó como agua. Yo sabía exactamente qué tenía que hacer para llegar al siguiente paso. Parecía que ya había hecho varias obras como esta antes; curiosamente, era la primera. Ya tenemos la información adentro de nosotros. Solo tenemos que descubrirla y dejar que haga su trabajo.
¿Hubo un momento en que pensaste que el proyecto no se completaría?
Mi plan inicial no era hacer tres piezas, sino una sola más alta. Por seguridad tuve que cambiarlo, e hice dos piezas más con el material que sobraba. Aun así, la pieza grande terminó midiendo ocho metros de altura y cinco de diámetro. A veces tenemos un plan, pero la vida tiene otro, y hay que saber leer lo que nos está diciendo.
Tus obras suelen inspirarse en patrones de la naturaleza. ¿Qué dio forma a esta pieza?
Siempre trato de representar la geometría oculta del universo, aunque en realidad está frente a nosotros todo el tiempo. Esta pieza nació con la intención de representar la retícula tridimensional invisible por la que nos movemos, así como las piezas se desplazan sobre un tablero de ajedrez. Cuando tuve que cambiar el plan original, empecé a verla como un meteorito cayendo del cielo y, por coincidencia, descubrí que el patrón que aparece dentro de un meteorito cortado y pulido es el mismo que el de mi escultura: el patrón de Widmanstätten. Podemos tener un plan, pero la obra nos va guiando por el camino correcto.
¿Qué desafíos técnicos implicó levantar una estructura de esa altura?
Improvisación y no aceptar la derrota.
Soldaste la obra en horizontal antes de ponerla en pie. ¿Cómo viviste el momento de verla erguirse por primera vez?
Emoción total. La perspectiva cambia absolutamente todo. Es curioso cómo la obra acostada parecía una cosa y, al ponerla de pie, parecía algo completamente distinto, aun sabiendo que era exactamente la misma.
¿Qué emociones sentiste cuando quedó instalada?
Sentimientos encontrados. Emoción, pero también nostalgia. Algo que llevaba construyendo durante un mes finalmente quedó instalado, y eso me recordó que lo que importa es el camino, no el destino.
Tus piezas suelen desafiar la percepción del peso y la gravedad. ¿Buscabas esa misma sensación aquí?
Sí. La pieza principal pesa una tonelada y media y, sin embargo, parece ser una estructura compuesta principalmente de aire.
¿Qué papel juega la improvisación en un trabajo que, desde fuera, parece requerir una planificación extremadamente precisa?
Cada plan que he tenido ha requerido improvisación. Una frase que me dijo mi mamá una vez fue: "Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes." Desde el principio escogí tubos con un calibre lo suficientemente grueso para soldarlos, pero lo bastante delgado para que la pieza no pesara demasiado. Sin embargo, cuando la levantamos y me subí a soldar las siguientes partes, se movía como si estuviera en la punta del mástil de un velero. Ahí decidí hacer otras dos piezas más pequeñas con el material sobrante.
¿Qué conversaciones esperas que genere entre quienes la visiten por primera vez?
No lo sé. La hice para mí. Nunca pensé en esa parte.
Ahora que está concluida e instalada en Buffalo Creek Art Center, ¿qué futuro imaginas para ella?
Me gustaría que la pieza envejeciera con el lugar, que el óxido y el clima de Nevada se convirtieran en parte de su lectura, casi como una segunda pátina que yo no controlé. A nivel de significado, espero que con el tiempo la gente deje de verla solo como "la escultura grande de acero" y empiece a leerla como lo que es: un fragmento de algo mucho más grande, una retícula que sigue existiendo más allá de donde termina la pieza física. Y, en lo personal, me gustaría volver a visitarla en unos años, ya sin ser la persona que la soldó sola, y verla como cualquier otro espectador.
Si tuvieras que resumir el espíritu de esta escultura en una sola frase, ¿cuál sería?
A veces creemos que construimos la obra, pero la obra también nos construye a nosotros. Es un recordatorio de la estructura invisible que sostiene al universo.
Por último, ¿tienes algún proyecto previsto en México próximamente?
Sí. El próximo 8 de octubre inauguraré La trama invisible, una exposición individual curada por Alejandro Sordo Guzmán que se presentará en ISLA Project Space, un lugar impulsado por la Galería Karen Huber, concebido como un espacio para la presentación temporal de proyectos, iniciativas y eventos artísticos en Bucareli 120. Me entusiasma mucho formar parte de este programa y presentar La trama invisible en un espacio que ha apostado por generar nuevos diálogos dentro de la escena del arte contemporáneo en México.
La geometría en su obra
David Troice investiga la geometría como principio generativo de la forma y el espacio, trabajando principalmente con acero para desarrollar un lenguaje escultórico propio basado en sistemas de pliegue, modulación y equilibrio, donde el rigor constructivo explora la relación entre materia, vacío y percepción; sus esculturas, mediante configuraciones geométricas que alteran la percepción del peso y la estabilidad, transforman un material asociado a la permanencia en una experiencia de ligereza y fluidez que dialoga con la arquitectura y el espacio, con obra presentada en galerías y ferias de arte nacionales e internacionales.