Cultura

Retratos a mano: arte de Juan Gilberto González acompaña la restauración de sitio saqueado en Cuatro Ciénegas

Cuidó el espacio y a las restauradoras, al tiempo que plasmó con hojas de papel y pluma las actividades que ahí se realizaron.

El retrato y el paisaje siempre han sido motivos en los dibujos de Juan Gilberto González Romo, quien aceptó ser velador en el sitio arqueológico saqueado en Cuatro Ciénegas y que durante dos meses y medio fue intervenido por siete restauradoras dirigidas por Sandra Cruz Flores, responsable del Programa Nacional de Conservación de Patrimonio Gráfico-Rupestre.

“Llegué porque me avisaron de un trabajo, que ocupaban un velador y como a mí me gusta mucho acampar y andar en terrenos, explorar, me animé a quedarme como custodio en el sitio, yo permanecí ahí dos meses. Nomás bajaba de la sierra cuando ya no tenía alimento. El agua me la llevaban cada tiempo, pero ahí me mantenía solo. Sólo veía a gente en los tiempos en que iban a trabajar las muchachas, algunas horas y se regresaban. Estuve solo prácticamente”.

Solitarios días para cuidar las cuevas 

Con cuarenta años de edad y originario de Torreón, Juan Gilberto vio este aislamiento como una gran oportunidad pues se dispuso a conocer el terreno. Sin internet en el sitio a lo más que podía aspirar era a que le cargaran el celular para escuchar música, ver una película almacenada en el móvil y poder ver las fotos que había tomado para hacer sus dibujos.

Las noches en el sitio arqueológico, ausentes de luz artificial, también le permitieron abrir la mirada a un espectáculo que hoy es difícil apreciar: una bóveda celeste llena de estrellas, mismas que fueron motivo en los dibujos de los cazadores recolectores en Coahuila.

Jose Gilberto González Romo, velador de sitio arqueológico saqueado en Cuatro Ciénegas, cuidó el lugar y a restauradoras, además mostró sus arte en papel.
Durante dos meses Juan Gilberto González cuidó solo el sitio arqueológico | Cortesía Juan Gilberto González

Entre animales, siluetas de agua, soles, lunas, la flora nativa y figuras humanas impresas, el trabajo de Gil refiere uno milenario, como la huella de la mano robada del abrigo rocoso en la Cueva Pinta.

Testigo en primera fila de los trabajos de restauración decidió dejar plasmado en sus dibujos a las restauradoras trabajando en el sitio. Y a él mismo habitando un majestuoso paisaje que lo cobijó durante sus sueños en tanto su reloj biológico se fue adaptando a despertar más temprano, y su cuerpo a sobrellevar el sofocante calor durante las tardes en tanto que el despertar le deparó frescas madrugadas.

De las fotos al dibujo 

De la fotografía al cuaderno el trabajo no le representó un problema porque toda su vida ha dibujado. En cuanto a los materiales que utilizó, apuntó, no era nada especial, apenas un cuaderno a rallas y un bolígrafo azul, lo que acentúa la sencillez de la obra y su belleza.

“Tengo un poco de creatividad en mi mente. Más que nada también cuenta mucho el silencio y la tranquilidad que hay en ese lugar, lo que me permitió hacer esos dibujos. Primero tomé fotografías y sobre ellas me fui guiando con mis dibujos. Desde que tengo conciencia, desde muy niño lo hago. Es la pura práctica que tengo, jamás he tomado un curso, yo creo que es un don y sé que tengo mucha creatividad.
“Mientras estuve en la sierra hice unos 20 dibujos por ahí. Yo quisiera que los exhibieran, hay algunos dibujos que vendo y hay otros que los regalo para que los muestren a la gente. Sí me gustaría hacer una exposición y claro que estoy en la mejor disposición”.

Jose Gilberto González Romo, velador de sitio arqueológico saqueado en Cuatro Ciénegas, cuidó el lugar y a restauradoras, además mostró sus arte en papel.
Juan Gilberto González hizo al menos 20 dibujos en la zona | Cortesía Juan Gilberto González

Juan Gilberto González dijo que cualquier persona se puede adaptar a un nuevo sistema, aunque éste represente renunciar a comodidades y tecnologías que distraen y mantienen quietas a las personas. Lo único que precisó extrañar en algunos momentos fue justo eso, el trato humano, pero la llegada de las restauradoras le alegraba los días.

“A veces me quedaba en tienda de campaña y otras, familiarizado, se puede decir, me quedaba en una cueva o igual ya podía recorrer el lugar de noche. Los primeros días y noches sí los miré difíciles para pasarlos, más que nada por el calor, muchos animales, pero después pensé que era prácticamente mi casa.
“No hay señal de internet y el calor me lo aguantaba, me bañaba dos veces en la tarde, me echaba agua, y ya en la noche con un cartoncito, ahora sí a la antigua me echaba aire hasta que empezaba a refresquear en la madrugada, como a las cuatro o cinco, prácticamente a la hora de levantarme porque nomás salía el sol, a las siete u ocho, era como si tuviera una lupa. Me adapté a otro ritmo y tiempo y me tocó vivir fuertes vientos y lluvias y eso te hace ver víboras de cascabel, alacranes, cienpieceses y otros animalitos”.

De donde tuvo que dormir, cercano a los abrigos rocosos, para salir del sitio en descenso debía caminar kilómetro y medio, hecho que impulsó que se buscara un velador toda vez que las restauradoras colocaron andamios, llevaron equipo especializado y materiales costosos.

Salvaguardar la memoria

La restauración de los abrigos rocosos finalmente concluyó permitiendo a las y los científicos sociales plantearse nuevos escenarios en torno a las investigaciones que deben realizarse sobre la Cultura del Desierto, así como los trabajos para evitar el saqueo. Pero con una enorme claridad, la restauradora Ana Paula Moisés Preciado escribió un texto que hace un llamado a la sensibilidad humana, al detallar la fragilidad de los vestigios arqueológicos y lo que implica su permanencia o ausencia dentro de la vida moderna.

“Lo que ocurrió aquí no fue el simple robo de un fragmento; fue un atentado contra la voz del tiempo. Quienes mutilaron estos sitios no solo desprendieron materia: arrancaron páginas enteras de un testimonio invaluable, fragmentando un relato construido a lo largo de los siglos. Nos han dejado un abismo en blanco, una historia que ya nunca podrá ser contada en su totalidad.
“En ese acto de destrucción, también se silenció la voz de quienes habitaron estas cañadas mucho antes que nosotros. La de aquellos que contemplaron estos mismos cielos y dejaron la huella de su existencia, su pensamiento y su visión del mundo. Solemos pensar que este patrimonio, al ser de roca, es eterno e invulnerable. Pero la historia es un cristal sutil. Cuando sostienes un fragmento desprendido en la palma de la mano, la fragilidad se vuelve real: sientes cómo la memoria de toda una cultura puede deshacerse en un segundo; cómo siglos de identidad pueden escurrirse entre los dedos, como la arena”.

La especialista apuntó que durante los meses que trabajaron en Cuatro Ciénegas su labor fue la de armar un rompecabezas con paciencia, rigor y profundo respeto. Y aunque lograron rescatar y unir la mayoría de sus partes, el panel ya no es el mismo. Las cicatrices permanecen expuestas y gritan el dolor del daño.

La convivencia entre Gilberto y las restauradoras se dio en un tono de camaradería y él apuntó que cada quien puso de su parte para que la belleza de las manifestaciones gráfico rupestres volviera a ser un eje de encuentro entre el pasado y el presente, contando ahora el terrible episodio de un saqueo que motivó la ambición desmedida y un mercado negro que mueve piezas robadas por todo el mundo.

“Yo tengo 40 años y soy nacido en Torreón, Coahuila, pero ahorita vivo en Cuatro Ciénegas; mi familia está en Torreón, mi esposa y mis hijos, y yo me vine para acá solo. Es lo que te comentaba antes, te acostumbras y todo mundo puede adaptarse al sistema”, precisó Gilberto quien dijo, a las restauradoras les regaló sus retratos, pero se dará a la tarea de hacerlos de nuevo, con un papel de mayor calidad y algunos carboncillos para poder realizar la exposición que desea.

Además estableció que las personas interesadas en que les realicen algún retrato pueden hacer encargos enviando un mensaje a su WhatsApp 866 252 5432.

“Yo pienso comprar un papel más grande y como tengo todas las fotos en el celular, voy a volver a dibujarlas de nuevo. Yo regalé mi trabajo porque tengo las fotos y el recuerdo de que yo hice los dibujos, pero puedo hacerlos de nuevo. Si alguien quiere un dibujo pueden marcar mi número, mandar un mensaje y ver la manera de hacerlo. La verdad no tengo redes sociales así que todo sería por el teléfono”.

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Lilia Ovalle
  • Lilia Ovalle
  • Socióloga por la Universidad Autónoma de Coahuila. Periodista desde el año 1999.
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