• Regístrate
Estás leyendo: Las batallas del 'Coronelazo': Siqueiros, pintor y activista radical
Comparte esta noticia
Martes , 21.05.2019 / 16:16 Hoy

Las batallas del 'Coronelazo': Siqueiros, pintor y activista radical

El muralista mexicano participó en la Guerra Civil española, donde combatió al lado de los republicanos; aquí una evocación del radical luchador y activista.

1 / 2
Publicidad
Publicidad

Uno de los personajes más estrambóticos que combatieron en la Guerra Civil española fue el muralista y activista político mexicano David Alfaro Siqueiros, que en 1937 fue Teniente Coronel de las brigadas 46 y 86 del Octavo Ejército Republicano español.

Su cuartel general estaba en Pozo Blanco, Andalucía; desde ahí impartía órdenes, diseñaba estrategias y se pavoneaba metido en un uniforme de húsar austriaco, con una elegante capa negra con forro escarlata y unas imponentes botas federicas. El atuendo de Siqueiros era un escándalo porque los uniformes del ejército republicano, mucho más modestos que los del bando franquista, se iban improvisando según las prendas que hubiera en cada cuartel, y lo normal era que los soldados llevaran pantalón de un color y camisa de otra, con un estilo que llevó a decir al escritor George Orwell, que también peleó con los Republicanos, que más que uniformes lo que llevaban él y sus colegas eran “multiformes”.

Pues ahí en Pozo Blanco, rodeado de un nutrido grupo de soldados en multiforme, operaba Siqueiros con su impecable uniforme austriaco. ¿Por qué un uniforme austriaco? Porque era la vestimenta que, desde su punto de vista, mejor le iba a ese episodio épico que vivía con exagerada intensidad; el motivo era puramente teatral y no tenía en realidad que ver ni con Austria ni con los austriacos.

Alrededor de 300 mexicanos se apuntaron ese año como voluntarios para pelear en la Guerra Civil española, en el bando republicano; se sumaron a las Brigadas Internacionales que formaron voluntarios de un montón de países, para apoyar la batalla que daban, digamos, las izquierdas, contra el fascismo que amenazaba con adueñarse del planeta. Entonces se pensaba que en aquella guerra se jugaba el destino del mundo, que España era un auténtico laboratorio donde todas las fuerzas de la izquierda internacional trataban de ordenarse en un solo ejército y donde el fascismo alemán ensayaba, por ejemplo, los bombardeos aéreos sobre la población civil que pondría en práctica durante la Segunda Guerra Mundial.

Todo se jugaba en España en 1937, por eso acudían voluntarios de todos los países, aunque no siempre para pelear con los republicanos; los irlandeses, por citar un caso, acudían a un bando y a otro, los católicos de derechas se citaban en Tipperary y los de izquierda en las afueras de Dublín, y después se subían todos juntos al único barco que zarpaba para España, donde convivían civilizadamente hasta que llegaban al puerto y cada grupo se unía con los suyos, lo cual añadía grados de irracionalidad a la contienda: a los españoles que se mataban unos a otros, se sumaban los irlandeses que hacían lo mismo.

Hoy, ochenta años después, parece impensable que individuos de diversos países se enrolen voluntariamente en una guerra que tiene lugar en otro país, que arriesguen su vida por defender un ideal común; aquel inconcebible gesto de generosidad internacional y colectiva nos invita a pensar en lo mucho que ha cambiado la humanidad en tan poco tiempo; hoy la frontera entre las derechas y las izquierdas se difumina, el dinero es el único amo y ya nadie se juega la vida por defender un ideal, si no incluye una ganancia monetaria.

Siqueiros era Teniente Coronel porque tenía cierto pedigree; cuando era alumno de la Academia de San Carlos, se enroló en la Revolución con las tropas carrancistas, en un grupo de menores de edad denominado “Los batallones de mamá”. A Elena Garro, que lo visitó ese año en Pozo Blanco, le dijo: “Sí, muchachita, la Revolución la hicimos los niños”, también le dijo que había peleado al lado de Madero y de Villa y, según Garro, “la edad apenas le alcanzaba para hacer tamaña afirmación”.

En sus memorias tituladas Me llamaban el Coronelazo, Siqueiros ventilaba su animadversión por los artistas que no se comprometían políticamente, por esos individuos que eran “pintor solo pintor”, como su colega Rufino Tamayo, porque Siqueiros era un comunista que pintaba desde su ideología política, que terminó encerrado en Lecumberri y que dejó episodios de ciudadano rijoso como ese que recordaba Norberto Aguirre Palancares, ex ministro mexicano de Asuntos Agrarios, cuando lo vio con una pistola al aire al frente de una manifestación de sinarquistas que se daba de palos contra la policía en la explanada del palacio de Bellas Artes; en medio de la zacapela, un policía ordenaba: “denles a todos menos a aquel del sombrerote”. Aguirre Palancares les preguntó por qué no le pegaban al del sombrerote, si era el más bravo y el que más bulla hacía. El policía respondió: “¿Qué no sabe quién es? ¡Es Siqueiros! ¡El pintorazo! ¿Cómo quiere que le demos?”

Elena Garro cuenta en su libro Memorias de España 1937, su encuentro con el pintorazo que en esa época era también El Coronelazo. Había viajado a España con Octavio Paz, su marido, invitado por la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, en un grupo variopinto en el que iban Carlos Pellicer, José Mancisidor, Silvestre Revueltas, Juan de la Cabada, Fernando Gamboa, Chávez Morado y María Luisa Vera. Un nutrido grupo de intelectuales que iba a España a debatir el futuro de la izquierda al mismo tiempo que los brigadistas mexicanos viajaban para darse de tiros contra los franquistas.

Desde las páginas de esta memoria, Garro desmitifica el gesto de aquellos brigadistas: “los mexicanos acudían a la embajada española para enrolarse en el ejército español. ‘Sí, sí, pero ¿en cuál bando?’, preguntaban los funcionarios. ‘En cualquiera, lo que quiero es ir a matar gachupines’, contestaban”.

Garro dedica un capítulo a contar su encuentro con El Coronelazo. Salieron de Valencia rumbo al cuartel de Pozo Blanco en un automóvil en el que iban “Juan de la Cabada, el responsable de todos, Pla y Beltrán, Octavio Paz, yo y naturalmente Revueltas”, nos dice. Uno de los objetivos del viaje era avisarle a Siqueiros que Angélica Arenal, una de sus novias, había llegado a España y que tenía la intención de ir a Pozo Blanco, donde seguramente encontraría al pintorazo en brazos de otra novia. El otro objetivo era que Silvestre Revueltas, que llevaba varios días sosteniendo una borrachera atroz, se despejara con el viaje porque ya tenía en su haber varios estropicios muy sonados, entre ellos un intento de violar a una señora de 70 años, la portera del edificio donde se hospedaba, que había confundido con una jovencita. Al parecer el viaje fue infernal, Revueltas fue colocado en el asiento de atrás, en un estado entre la borrachera y la resaca que lo hacía dormitar a ratos sobre Juan de la Cabada y a ratos sobre Elena Garro. Durante todo el trayecto fueron detenidos por diversos retenes de milicianos que preguntaban “¡Quién vive!”, y cada vez que esto sucedía temían que el retén fuera de franquistas y que hubiera represalias para ellos, que eran un contingente de intelectuales republicanos. A la tercera vez que los detuvieron, cuenta Garro, Revueltas se despertó de pésimo humor; “¡Quién vive!”, preguntó un miliciano, a lo que Revueltas, furibundo, respondió: “¡Cualquiera!, ¡si nos vamos a chingar cualquiera es bueno!”.

Después de un viaje eterno y lleno de episodios folclóricos llegaron por fin a Pozo Blanco, al cuartel del Coronelazo. Con la misma sorna que Elena Garro desmitificaba a los brigadistas mexicanos que se inscribían para pelear en España, se mofaba de las conversaciones que sostenían los escritores cada vez que coincidían en una mesa, y apunta que ella buscaba siempre la esquina más alejada para poder dormirse mientras su marido y sus amigos arreglaban el mundo. Tampoco pierde ninguna oportunidad cuando se trata de desmitificar a su marido y en esa voluntad desmitificadora entran también El Coronelazo y su colega de armas Juan B. Gómez, que había encargado un himno a Silvestre Revueltas del que, cuando llegaron al cuartel de Pozo Blanco, no existía por supuesto ni un solo compás.

Cuando entraron al cuartel les dieron de comer unas latas de carne y en cuanto terminaron Siqueiros hizo una aparición teatral, con su capa y sus botas federicas, y después de saludar a sus paisanos caminó hacia Elena haciendo grandes aspavientos mientras preguntaba: “¿Y esta preciosidad de donde sale?, ¡qué bárbaros!, ¡traer al frente a esta muchachita divina!”. Aquel explosivo flirteo del pintorazo fue interrumpido por la llegada de García Maroto, un militar español que comenzó a provocarlo con su historial de batallas ganadas mientras Siqueiros se iba sulfurando y sacaba a relucir su historial de cicatrices, algunas de las cuales se remontaban hasta la Revolución Mexicana. La discusión llegó a tal nivel que los dos comenzaron a despojarse de la ropa para probar lo que presumían y que lo atestiguaran los invitados mexicanos. Elena, Octavio Paz y sus colegas durmieron esa noche en el cuartel y al día siguiente apareció Siqueiros muy alterado, “¡el enemigo se prepara a atacar!, ¡va a haber un combate!, anunció con voz estrangulada”. Luego les explicó que acababa de recibir la información del alto mando y que lo mejor era que se fueran antes del anochecer, que era cuando se esperaba al enemigo. Silvestre Revueltas protestó, dijo que deberían quedarse para presenciar un verdadero combate, pero El Coronelazo se negó en redondo, tenían que irse ese mismo día, no podía poner en peligro a ese grupo de artistas mexicanos. Finalmente se subieron al coche y se fueron. Más tarde se enterarían de que el enemigo que iba a atacar el cuartel era Angélica Arenal, esa novia que lo iba persiguiendo y que al llegar a Pozo Blanco desataría una batalla campal al encontrarse en la habitación con otra de las novias del Coronelazo.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.