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Martes , 26.03.2019 / 09:12 Hoy

Ana V. Bojórquez: “Somos como niños cuando enfrentamos algo nuevo”

Cine Entrevista

Con la sierra del altiplano guatemalteco como fondo, la directora, en colaboración con Lucía Carreras, filmó La casa más grande del mundo, una historia sobre la inocencia perdida
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El día en que Rocío (Gloria López) perdió el control del rebaño de ovejas a su cargo, su vida cambió. De buenas a primeras, la niña aprendió sobre la marcha lo que significa ser responsable. No solo deberá regresar a casa con el ganado; además, deberá cuidar la casa mientras su madre se recupera de un embarazo adelantado. Con la sierra del altiplano guatemalteco como fondo, la directora Ana V. Bojórquez, en colaboración con Lucía Carreras, filmó La casa más grande del mundo, una historia sobre la inocencia perdida.


La casa más grande del mundo tomó casi siete años desde su concepción hasta su estreno. ¿Por qué una película tarda tanto en cumplir su ciclo?


Todo toma mucho tiempo. Soy guatemalteca y fue muy difícil encauzarla. El proyecto se destrabó cuando conseguí la coproducción en México, pero aun así tomó tres años encontrar el financiamiento. Perdimos un año porque un donante nos pedía que pusiéramos en una pared una virgen de Guadalupe. No accedimos y nos quitó el dinero. Así de surrealistas son las cosas a las que nos enfrentamos.

Menos mal que es una película con temas atemporales como la soledad y la inocencia perdida.
Así es. El guionista Edgar Sajcabún y yo somos parte de la misma generación de la escuela de cine, y la historia surgió a partir de fantasear qué tipo de proyecto podría filmarse en Guatemala, un país sin leyes ni estímulos al cine. Conocíamos bien la zona donde filmamos y estábamos muy metidos en el cine iraní, de modo que podíamos contar una historia sencilla.

¿Desde cuándo pensaron en contar la historia desde la perspectiva de una niña?
Al principio, queríamos tres niños como protagonistas, pero por cuestiones de producción nos quedamos con una menor. La idea era hablar de los niños a quienes les toca cargar con responsabilidades de adultos. En la sierra de los Cuchumatanes, donde rodamos, es común encontrar niñas que van solas con sus rebaños de ovejas.

¿Qué tan difícil fue filmar en la sierra y con una niña?
Fue muy difícil. Todos los días teníamos que subir más de mil metros para llegar a las locaciones. Filmamos entre diciembre y enero, de modo que el rodaje fue muy lento. Por otro lado, los niños se dedicaron a mostrarnos su vida cotidiana. Nunca les contamos la historia de principio a fin; solo les pedíamos que hicieran tal o cual cosa.

La imagen de una oveja perdida del rebaño, tal como la vemos en la película, tiene un carácter simbólico e incluso religioso.
Es verdad, pero eso lo descubrimos hasta después. Nos han tocado públicos católicos o cristianos que hacen esa lectura, pero queríamos desprendernos de un discurso político o religioso explícito. No obstante, el deterioro político y social es evidente.

Otra lectura se sostiene en el mito del viaje del héroe.
En los festivales infantiles, a los niños les ha encantado el viaje de Rocío. Nos gusta que la película tenga dos planos de lectura, aunque en realidad queríamos hablar de la pérdida de la inocencia y del momento en que una menor tiene que enfrentarse sola al mundo. El universo infantil nos aporta una gama interna de sueños y juegos que a veces olvidamos.

¿La pérdida de la inocencia es un puente con su propia experiencia como realizadora?

Algo hay de eso. Al salir de la escuela de cine, Edgar y yo sentíamos que enfrentábamos al mundo por primera vez. Finalmente, todos nos sentimos como niños cuando enfrentamos algo nuevo y más si es en soledad.


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