Al terminar de leer Narciso, el masoquista (Cuadrivio, México, 2015), el libro de minificciones de Armando Alanís, comencé a escribir un cuento que me tenía obsesionada desde hace algunos meses. Pocos escritores regalan revelaciones a quienes los leen. A mí me ha sucedido con Jorge Luis Borges, Felisberto Hernández, Milorad Pavić, Witold Gombrowicz, Amparo Dávila, Francisco Tario e Inés Arredondo. De pronto el universo de Alanís poblado de seres mitológicos, reales e imaginarios abrió una zona de mi cerebro que había estado dormida. Sus textos hicieron las veces de una droga. En unas cuantas horas tenía escritas más de 30 cuartillas a mano. Quizá fue la imagen de la sirena regresando al drenaje del texto titulado “Desgracia”, que dice: “Al abrir el grifo del lavabo una mañana, salió con el chorro una sirenita que se coló entre mis dedos y se fue con el remolino”. O tal vez me sentí identificada con el texto “Sueño recurrente”, que también transcribo: “Soñó todos los días con la misma mujer en la niñez, en la adolescencia, en la edad adulta. Ahora que está muerto sigue soñando con ella”. Es posible también que su espíritu lúdico y tierno haya penetrado en mí como el bisturí de un médico en el pecho de un desahuciado por un mal cardiaco. Alanís es autor de los libros La mirada de las vacas (1994), Alma sin dueño (2003), La vitrina mágica (2007), Fosa común (2008) y Las lágrimas del Centauro (2010).
En Narciso, el masoquista, Armando Alanís es amante de las ambigüedades, tiene una pasión extraña por las desconocidas, le aterran y atraen los espejos y la muerte es una de sus preocupaciones. Curiosamente, el acto sexual está prácticamente ausente, es un hombre espiritual en el sentido que describe Ricoeur en Sexualidad: la maravilla, la errancia, el enigma: “que se reconoce como alma separada, perdida, prisionera en un cuerpo” y que “al mismo tiempo reconoce su cuerpo como otro”. Las palabras del filósofo francés me llevan también, inevitablemente, a pensar el título del libro del coahuilense, Narciso, el masoquista: si Narciso “se reconoce como otro” es natural que no se guste cuando se mira en un espejo, ya que no representa lo que él cree que hay en su interior. ¿Pero qué hay en lo profundo del Narciso de Alanís? ¿Por qué no se gusta? ¿Acaso no todos hemos experimentado esa sensación en algún momento?
Armando Alanís escribe en el texto que da nombre al libro: “No se gustaba, pero no podía dejar de mirarse al espejo”. Y pienso, yo tampoco me gusto cuando me miro al espejo: tengo el deseo de cambiar de piel. Pero recordemos que estamos en la era de la prótesis, lo sintético es el Dios actual. Un cirujano plástico le diría al Narciso de Alanís que con unas cuantas operaciones el problema queda resuelto, pero el disgusto de este Narciso es otro, va más allá de la apariencia. Aunque si pensamos el libro como un continuo de la psique del autor, el texto “El monstruo” avanza en otro sentido. Quizá en él sí hay una repulsión por la imagen especular, o tal vez una fascinación por ser un esperpento. El cuento es el siguiente: “Estaba convencido de que en el espejo del baño vivía un monstruo que se asomaba al mundo cada mañana con cara de desvelado”. Aquí también observamos un juego ambiguo, podríamos pensar en un primer momento que quien narra es el que se ve al espejo, pero podría ser otro. Sin duda el juego del doble está presente también en el cuento “Crimen” y cito: “Le disparó a su imagen en el espejo, pero fue él quien cayó al suelo, ensangrentado”. Y me pregunto: ¿logró Armando Alanís matar a Narciso?
En el libro de Alanís podemos encontrar una variedad inmensa de tipos de cuentos: realistas, fantásticos, de ciencia ficción, de terror, entre otros. Hay un relato, variación y homenaje al clásico texto de Augusto Monterroso, “El dinosaurio”, que dice: “Viajé al Triásico en la máquina del tiempo y traje conmigo un enorme huevo que está en la sala de mi casa. Escucho ruidos extraños. El huevo se mueve, se balancea de un lado a otro, cruje…”.
Es una alternativa enigmática del cuento de Monterroso. En el texto del guatemalteco estamos seguros que es un dinosaurio porque “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Sin embargo, del huevo que está en la sala puede salir: la sirenita, el hombre invisible, el padre enterrado en la playa, el niño tapiado en el pozo o el lector (personajes de Alanís); también pueden aparecer el narrador, o todo lo que uno quiera imaginar. Por qué no; si algo nos han enseñado los viajes en el tiempo en las novelas, en las películas y en las teorías sobre los diferentes estados cuánticos es que también podemos trasladarnos a un pasado alternativo donde no necesariamente haya dinosaurios en el Triásico.
Este muestrario de relatos no podía dejar fuera la crueldad. Así hay cuentos como “El pozo” y “Una tarde en la playa”. El primero dice: “Tuvieron cuidado de tapar bien el pozo, de modo que en adelante no constituyera un peligro para nadie. Lo llenaron de piedras, palos y tierra. Con el niño adentro”. Tampoco el futbol podía olvidarse y cito: “El juego estaba tan aburrido que apagó la tele y siguió con el poder de su imaginación los últimos minutos. Entonces cayó el primer gol”. Cómo podría quedar fuera este juego, si “Dios es redondo”, y, como afirma Juan Villoro: “El juego sucede dos veces, en la cancha y en la mente del público”.
Narciso, el masoquista del coahuilense Armando Alanís ofrece un panorama de sus obsesiones que podrán atraer a los jóvenes escritores; es un laberinto de espejos en el que los monstruos hacen guiños risueños. Hay en el libro un cúmulo de lo que parece son experiencias personales, pero también la voz de quien observa atenta y amorosamente a los demás. Pareciera que Alanís espía a sus vecinos, a los transeúntes, a sus alumnos, a sus mujeres con esa mirada que solo pueden tener los escritores inquietos e inteligentes. Desde que lo leí no deja de perturbarme el cuento “Una tarde en la playa” que dice: “Enterraron al padre, dejando la cabeza fuera. Una ola más alta que las otras lo cubrió. Ahora los hijos cavan en su busca, mientras la tarde cae y la marea crece”.
En otro orden de ideas, es posible que el auge de la minificción de los últimos años se deba al uso de las nuevas tecnologías que promueven la brevedad. Recordemos que Friedrich Nietzsche y el músico Heinrich Körselitz ya vislumbraban la alteración de los aparatos sobre el pensamiento. Cuando se quedó ciego el filósofo alemán comenzó a utilizar una máquina de escribir. “Hasta puede que este instrumento os alumbre un nuevo idioma”, le escribió Köselitz, señalando que, en su propio trabajo, “mis pensamientos, los musicales y los verbales, a menudo dependen de la calidad de la pluma y el papel”. “Tienes razón —respondió Nietzsche—. Nuestros útiles de escritura participan en la formación de nuestros pensamientos”.
Finalmente, Armando Alanís se inscribe en la lista de escritores que logran hacer de los relatos cortos “un dardo envenenado que da en el blanco”, como él mismo comentó en entrevista, aunque me parece más exacto decir, en ese mismo sentido, que sus textos son un aguijón mortífero que modifica al lector.