En El arte de la escritura dramática, Lajos Egri analiza con crítica certidumbre que “ningún personaje se convertirá en ladrón de la noche a la mañana; que ningún ladrón será honesto de un momento a otro…”. ¿Qué quiere decir? Que el conflicto repentino es un arma de dos filos muy peligroso, y para ser verosímil debe trabajarse; que debemos conocer, antes que nada, los antecedentes que ha recorrido el personaje, es decir, la urdimbre dramática del carácter. Cervantes expone bien que Alonso Quijano leyó todos los libros de caballería, no uno; entonces, como resultado de una acción desequilibrada a la que corresponde una reacción proporcional, el protagonista se perturba hasta la médula de manera repentina; igual sucede en La muerte de un burócrata, de Gutiérrez Alea, solo por citar dos ejemplos.
En el caso que plantea este disparate, los comportamientos de Sonia y su hijo que le sigue la onda sin ton ni son, se vuelven inverosímiles hasta la incomodidad; no podemos identificarnos con el conflicto de esta familia porque está enfocado de manera irreal y desde muy temprano, cuando Sonia saca la pistola —excluyo la primera secuencia que tiene la certeza de involucrarnos en una posible problemática de la que después sentimos lástima— ya no le creemos a su conducta. Entonces es obvio que la enfermedad del marido se convierte en un pretexto mal urdido y termina por importar un bledo; lo mismo sucede cuando la esposa e hijo se meten al sauna de hombres para secuestrar al funcionario de la compañía: se trata de una simple ocurrencia que hiede a obviedad comercial.
El autor se regodea en el conflicto repentino una y otra vez, y hace que la narrativa se desdibuje en su estilo: ¿por qué el hijo acepta la violencia de su madre? —si se elimina no pasa nada—, ¿por qué Sonia nunca se ve como una psicótica trastornada por la burocracia de los seguros? Si trata que su marido no sufra, ¿por qué no lo lleva a un hospital público? ¿Por qué lo deja morir con simulación de una aventura que no tiene pies ni cabeza? Queda claro que el personaje principal es incapaz de hacer algo por su marido, y por eso es blandengue; está mal construido.
El reparto es bueno y todos ponen; sabemos que los actores siempre buscan trabajo sin importar la calidad, no importa que sea un monstruo que se convierte en una sinrazón que se tropieza por todos lados.
El autor se vanagloria porque delata quien sabe qué, pero eso sí, demuestra como gran logro que la historia carece de premisa, lo típico de todos los adefesios.
"Un monstruo de mil cabezas" (México, 2015), dirigida por Rodrigo Plá, con Jana Raluy y Sebastián Aguirre.