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Martes , 19.02.2019 / 18:17 Hoy

A su tumba vienen los amigos

CRÓNICA

Aún no es mediodía. Las paletadas de tierra caen sobre el féretro. Impasibles, los enterradores hacen su trabajo. Sollozos. Espasmos, mujeres que se estrujan. Hombres que se quiebran. Seres ante la Muerte.
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No son los Gorriones del Topo Chico, dijo Leti, pero en este trance ayudan: se desprendió del grupo de dolientes y fue tras los músicos; el más rezagado, obvio, era el del tololoche: cualquiera lo toca, pero no cualquiera lo carga de aquí para allá, sobre todo en un panteón como este: tiene lomitas, subidas, bajadas: se cansa uno, pues, pero dígame: en qué puedo servirle, damita: yo a usted la conozco...

—Y cómo no me va a conocer, si cada ocho días por aquí ando: desbrozo una tumba, le pongo flores a otra, quito la basura que el viento acarrea... Aquí está la bebé de mi hermana, la tumba de mi papá: yo estaba hospitalizada cuando él murió, pero me dije: adonde quedes, ahí te encontraré. Y mire: los dos nos cumplimos: ni él se va, y yo vengo a verlo cada que se puede —dijo la Leti. El del contrabajo nomás se rascaba la cabeza y sobre ella colocaba de nuevo el tejano negro.

—Usted dígame en qué puedo servirle, damita: yo a usted la conozco...

—Hágase, hágase... Tráigase al del bajo sexto, la redoba. El acordeón y el saxo también. Y le cantan a la difuntita mientras la bajan a la tumba. Era tía de mi marido: doña Chelito, esposa de don Fer. ¿Sabe por qué la trajeron a este panteón? Bueno, pues según lo que me contó Pati, su hija, alguna vez acompañaron a unos amigos a un entierro y se enamoró del lugar y pidió que cuando se muriera la enterraran aquí, y aquí nos tiene: cumplidores de la voluntad de la señora, que Dios la guarde en su santo seno. Pero no |se haga el Tío Lolo, vaya por sus compañeros y me alcanza donde se ve aquella bolita de gente vestida de luto, ¿va?

—Hace rato pasamos a los velatorios y les ofrecimos nuestros servicios. Dijeron que no querían música, damita. Ya nos comprometimos en otro servicio fúnebre, ¿qué tal que vamos y nos corren? No se crea, siempre da algo de pena, aunque esté uno acostumbrado a los descolones, ¿pa’ qué exponerse? Pero si usted responde, va. Si de eso pedimos nuestra limosnita: que nos contraten la música, pa’que el difuntito se vaya alegre, pues.

Va. Renqueando, con sus más de 60 años encima, el músico fue en pos de sus compañeros. Llegaron el flaco del acordeón, el gruñón del bajo sexto; el de la acidez estomacal perpetua, con su contrabajo o tololoche, y el que siempre padece temblorina, el de la tarola, más el chamaco del saxofón, lambrijo y siempre y con sed, pidiendo agua. Sortearon una, otra lápida, se pusieron de acuerdo y aplicaron el viejo truco: mientras sax y bajo sexto atienden un servicio, tarola, yo y el del acordeón estamos con la tía Chelo. Luego nos juntamos.

Que si de inmediato estuvieron todos juntos los músicos. Para empezar, tocaron “Las Golondrinas”. Hicieron que los recuerdos afloraran: no es fácil dejar de vivir en Polanco, calle de Homero casi esquina con Arquímedes, para venirse a Neza tras su hombre. El tío Fer. Guapote, fuerte, tapicero de oficio. El ser que la cautivó para que juntos impulsaran el taller de tapicería en el barrio, al que luego incorporarían a su hijo e hijas, dos.

Para que contribuyéramos con los ingresos, mi madre nos convirtió en aguadores. Desde pequeños, hacíamos entrega a quien en el vecindario lo solicitara. En la lista agregamos a la tía Chelo y al tío Fer. Seis, ocho viajes de agua, hasta 200 litros llevábamos a su casa. Era un placer. Ella siempre fui la belleza del barrio.

Ahora llegan hasta la recién excavada tumba. Reafinan sus instrumentos. Silencio absoluto. Cantan. “Sufro mucho tu ausencia, no te lo niego”, se escucha en el cementerio. Aún no es mediodía. Tío Fer es pura contención. Las paletadas de tierra caen sobre el féretro. Impasibles, los enterradores hacen su trabajo. Sollozos. Espasmos, mujeres que se estrujan. Hombres que se quiebran. Seres ante la Muerte.

Los músicos preguntan si alguien desea una pieza en especial. “La Casita”, pide una voz. Porque fue su impulso, y lograron construirla Fer y Chelo. De tabique rojo. Sin usar agua salitrosa, porque echa a perder la obra. Ahí ayudamos los aguadores que fuimos. Ella nos recibía, le bella tía. El tío nos miraba admirar a su adoración. Para él fue bendita entre las mujeres.

Su casa fue siempre de puertas abiertas. Solo exigía nos limpiáramos los pies, siempre llenos de lodo. Enormes plastas nos invadían. Nos quitábamos los zapatos mis hermanos y yo. Límpido su piso. Reluciente. Rojo. Nos dejaba ver la tele y nos daba una charola con palomitas. Y se besaba y se besaba con mi tío. Como Pedro Infante y su Chorreada.

Tuvo una enciclopedia, mi tío. Viajaba de su casa a la mía. Sobre ella navegué por el mundo. Mi tía me la prestaba: Nomás no me la maltrates, cuídala. Ella, tía Chelo, fue mi segunda madre. Cálida, generosa. Nos compraban tamales y atole al salir de misa, en el Mercado de Maravillas. Con ellos, mis tíos, todo fue felicidad, consentimiento, complicidad. Mucho cariño y ternura, bromas; nos daban nuestro domingo.

Los músicos entonan “Cruz de olvido”. Tío Fer, impasible, sereno. Sopla viento fresco sobre Jardines de Oriente. La barca en que me iré/ lleva una cruz de olvido./ Lleva una cruz de amor y en esa cruz sin ti/ Me moriré de hastío.

Durante el velorio hubo café, tortas, quesadillas, sándwiches, refrescos; también guardias de honor, chistes, remembranzas. Se rezó el Rosario. Los chiquillos corretearon hasta que el cansancio los venció: rodaban por el pasto, se pegaban la roña, evitaban que los encantaran; apareció una pelota, adoptaron a un perro callejero. Hicieron lo que se les antojó.

Mi tío, sereno, resignado, estuvo muy platicador. Desde Maravillas, Jonacapa, Pachuca, los otomíes llegaron a despedir a la tía Chelo. Abrazos por el reencuentro, qué le pasó, se veía tan sana, para allá vamos todos, qué remedio. Mandan saludos los primos, no pudieron venir porque hay que cuidar la siembra, que no se inunde ora con los aguaceros. Los parientes del otro lado mandan recuerdos, Fer, no los olvidan pero tienen que trabajar, pues. Mi tío agradece, se aparta, suspira.

El tiempo pasa lento, sin prisa. Los chamacos devoran golosinas, pasan frente al ataúd, se persignan, ríen, cuentan chistes, juegan a las maromas, intentan trepar a los árboles en plena libertad. Nadie se mete con ellos.

Amanece. Los empleados del cementerio colocan un toldo, sillas, excavan la tierra. Leti deambula entre las tumbas, visita la de su padre, la de su sobrina. Lee epitafios. Vuelve al velatorio, platica con tio Fer mientras él da sorbitos a su café. Los niños duermen. El cansancio los venció.

Les avisan que todo está listo para el entierro. Les piden despedirse de la difunta. Sollozos aislados, hasta que algunos comienzan a levantar los floreros e inician la marcha hacia la tumba. El silencio impera, los empleados recogen sillas, mesas del velatorio. Caen las primeras paladas de tierra, algunas flores vuelan y adornan el féretro y los músicos entonan de nuevo “Las golondrinas”; los chiquillos miran a los adultos, tratan de comprender, luego vuelven a corretear sin que nadie se los impida.

Besos, abrazos. La despedida. Me saludas a la familia. Sí, de tu parte, tío Fer. Resignación.

* Escritor. Cronista de Neza.

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