DOMINGA.– La puerta del café Chez Vous, en la Nápoles, se abre como si marcara el inicio de una función de teatro, en punto de las siete y media. No hay escenario pero sí expectativa. Los primeros asistentes entran con una mezcla de curiosidad y cálculo: hoy son veinte, tienen entre treinta y 45 años y todos son altos, una anomalía estadística convertida en criterio de selección. Arriba, en otro salón, hay una versión más joven del mismo experimento. Dos mundos paralelos, separados por algunos años, pero unidos por una misma premisa: encontrar a alguien en speed dating.
Aquí la altura no es un dato irrelevante: ellos superan el 1.80; ellas, el 1.75. Para los estándares mexicanos es una estatura alta. En cualquier otra reunión serían “los altos” de la mesa pero aquí son la norma. La dinámica se explica rápido, casi sin espacio para dudas: en un sticker se escribe el nombre y un número que te identifica y se pega al pecho y luego te dan tu material para calificar: una hoja con veinte casillas y tres posibles destinos –amor, amistad o nada–. Eliges la mesa. Te sientas. Si eres mujer, no vuelves a moverte en toda la noche: cada seis minutos aparecerá frente a ti un hombre distinto, como una cita exprés dictada por cronómetro.
“La expectativa es encontrar pareja y, si no, por lo menos iniciar una amistad. Yo mido 1.80 y la verdad sí es difícil salir con alguien a quien no le cause perjuicio mi estatura”, dice la mujer sentada en la mesa de al lado mientras esperamos que empiece la ronda. Habla con una naturalidad ensayada, como quien ha tenido que justificar demasiadas veces el espacio que ocupa en el mundo. Aquí, en cambio, nadie parece pedir disculpas por medir de más del promedio nacional.
“Noches de Coqueteo” se promociona sobre todo en TikTok. La invitación es sencilla y brutalmente contemporánea: compras tu entrada en la plataforma de Boletia y, por 390 pesos, obtienes botanas, bebidas sin alcohol y la posibilidad de conocer a casi diez hombres o diez mujeres en apenas hora y media. Esta noche está dedicada a personas altas, pero hay ediciones para chaparritos, fit, curvy y prácticamente cualquier rango de edad.
Yo vine a probar suerte entre las altas y los mayores de cuarenta. La escena tiene algo de comedia romántica y algo de mercado emocional. Y sí, la idea fue sacada de una película, pero resuelve uno de los grandes problemas modernos: conocer gente fuera de las aplicaciones de citas. Tal vez por eso funciona.
Aquí el rechazo dura apenas seis minutos. Si alguien no te interesa, el tiempo lo expulsará de tu mesa antes de que la incomodidad se vuelva insoportable. Y si sí te gusta, la noche termina dejando una intriga muy bien administrada: habrá que esperar hasta el lunes, cuando la empresa envíe los resultados y revele si el interés fue mutuo o si todo quedó, otra vez, en una conversación fugaz bajo la ilusión de que todavía es posible encontrar el amor cara a cara.
Esperar al amor cada seis minutos
La noche arranca con un sonido improbable: el graznido de un pollo de plástico. Ese chillido ridículo es la señal. Bebo un café con leche frío y tengo en un mini plato de gomitas con chile. En mi pecho tengo pegado el número nueve. Frente a mí se sienta el número ocho. “¿Es tu primera vez?”, le pregunto. Asiente. Es ingeniero, trabaja desde casa y en su rutina no hay ni siquiera un perro que lo obligue a salir. Dice que le cuesta conocer gente, que ya intentó citas por Tinder y Bumble pero no funcionó.
“Una vez una chica hasta me quiso cobrar mil pesos después de que la invité a comer tacos y ni un beso me dio”, dice. Lo cuenta sin dramatismo, como si enumerara datos de un informe personal. Es alto, delgado, de tez clara. Al principio le tiembla la voz, como si cada palabra tuviera que atravesar una resistencia invisible. Pero algo pasa y hacia el minuto tres la conversación encuentra ritmo.
Cuando el número ocho empieza a soltarse, el pollo vuelve a gritar. Se acabó, así que ahí viene el siguiente, llega el turno del número dos, con su vaso de café frío en la mano y una sonrisa gigante abre la conversación con un “hola, ¿cómo estás?”.
En mi mesa, la estadística se repite como un patrón inesperado: siete ingenieros, un psicólogo, un administrador. Y ¿por qué tanto ingeniero? Ellos mismos lo dicen: socializar no es su fuerte. Y sin embargo ahí están, alineados en intervalos de seis minutos, intentando condensar lo que normalmente tomaría semanas. Con el paso de las rondas, la dinámica deja de ser extraña y empieza a volverse adictiva. Hay algo casi lúdico en ese ejercicio de síntesis: gustar o al menos no incomodar en tiempo récord. También hay revelaciones mínimas, casi sensoriales.
No sé qué pensaron ellos. No hay forma de saberlo esa noche. El veredicto llega días después, en un correo que se abre con más expectativa de la que una quiere admitir. El resultado es limpio, casi quirúrgico: ningún match. Los dos que elegí para amigos me eligieron también y nada más.
El único que marqué con un corazón en mi hoja, no me eligió. Cada vez que le cuento a mis amigas que participé en algo así, les digo: “Y ¿a cuántos crees que les gusté?”. Ellas esperan mi veredicto con los ojos bien abiertos, pero cuando les contesto: “a ninguno”, enmudecen y no saben qué decirme. Yo suelto la carcajada pero así funciona. En este sistema, el rechazo no es una escena, no tiene rostro ni instante preciso. Es un dato. Una casilla vacía. Un silencio diferido que llega, puntual, el lunes por la mañana.
Las noches de coqueteo ¿desplazará a las apps?
Las citas rápidas o speed dating explotaron a principios de los años 2000 gracias a la televisión con un episodio de Sex and the City, convirtiéndolo en un fenómeno global para todo tipo de solteros. Por muchos años fue anécdota de película hasta que en los dos últimos empezó a popularizarse gracias a las redes sociales y a que la gente busca experiencias nuevas todo el tiempo.
Verse en este contexto te ahorra tiempo, desgaste emocional y hasta dinero porque con 390 pesos recibes botanas, bebidas no alcohólicas y la experiencia de conocer a más de diez personas; es seguro y cómodo, no hay que salir y desgastarte en una cita larga que no sabes si funcionará y regresaras a casa decepcionada y con menos pesos en la bolsa.
La idea es de Iván, un chico que no rebasa los 30 años, soltero y con mucha facilidad de palabra, aunque se la copió la película: Speed Dating (2010) pero, como sea, es el creador que en los últimos años ha organizado más de 2 mil 500 citas. Un casamentero moderno.
Desde un punto estratégico del café Chez Vous él observa, organiza, sonríe. No promete finales felices pero sí encuentros posibles. En una ciudad donde el tiempo escasea, la incertidumbre abunda y las pantallas median casi todo, ha construido un negocio basado en lo más simple: sentar a dos desconocidos frente a frente y dejar que, durante unos minutos, todo lo demás desaparezca.
En una mesa discreta, mientras cae la tarde y el murmullo de la ciudad empieza a colarse entre las ventanas, Ivan observa la puerta como si esperara algo más que clientes. No lleva bata ni credencial, pero aquí lo conocen como El Profe. No enseña materias pero orquesta encuentros. Hace cinco años no imaginaba este escenario. Él es mercadólogo y, como muchos, empezó con una idea más predecible: una agencia de viajes. Pero pronto notó algo que no venía en ningún plan de negocios: los viajes que organizaba a destinos de fin se semana, sobre todo, los tomaba gente soltera. Y en esos trayectos, entre brindis, itinerarios y hoteles compartidos, surgía lo inevitable: ligues, química, historias.
Lo que siguió fue casi orgánico. Personas que regresaban de esos viajes para solteros le decían que querían repetir la experiencia pero sin pedir vacaciones, sin escaparse cuatro días de la rutina. Querían algo más inmediato, más cercano. “¿Por qué no haces eventos aquí en la ciudad?”, le sugirieron. Y así, entre bares y cafés, empezó a construir un nuevo tipo de mercado hace dos años: el de las citas rápidas, cara a cara, sin filtros.
La transición coincidió con otra intuición: el desgaste de las aplicaciones de ligue, aquellas que ganaron popularidad hace diez años como Tinder y Bumble enfocados en públicos jóvenes y adultos entrados a los treinta y cuarenta años. “No sabes si la química va a ser la misma que en los mensajes”, dice. La frase parece obvia pero en su negocio es la piedra angular.
Frente a frente, explica, encuentras una cercanía que ninguna app puede simular como el aroma, la mirada, la tensión mínima de los silencios, simplemente conectas diferente, me dice mientras se toma un té helado.
Esto dicen las estadísticas emocionales del ‘speed dating’
La lógica también es económica. Él lo explica como mercadólogo: una cita tradicional puede costar hasta dos mil pesos entre cine, cena y unas copas. Aquí, por 390 pesos, hay bebidas no alcohólicas porque cambia toda la vibra (y además no es la intención beber), snacks y una multiplicidad de opciones en tiempo récord. “Es más eficiente”, dice, como si hablara de una campaña publicitaria y no de emociones humanas. Pero el verdadero giro no está en la dinámica, sino en la segmentación.
Lo que empezó con rangos de edad, cada vez más específicos, reducidos de quince a tres años de diferencia, pronto se diversificó, se le ocurrió hacer eventos para personas altas. Para personas petite. Para heterosexuales, bisexuales, homosexuales. Para gym lovers, los que prefieren la montaña al antro, y próximamente habrá citas curvy, pensadas para cuerpos fuera de la norma dominante. Cada categoría responde a una demanda concreta. “Queremos que la gente encuentre a alguien afín”, insiste. No se trata de excluir, sino de aumentar las probabilidades.
No todos lo ven así. En redes sociales, las críticas aparecen rápido, su invitación a las citas rápidas en TikTok alcanza los 12 mil vistas y mil comentaros, la mayoría acusaciones de discriminación por ser para altos, indignación digital, pero la gente no sabe que hay citas para todo tipo de cuerpos, edades y preferencias. “Ay, yo mido 1.58 y me gustan más de 1.80”. “Yo viendo todo el video con mis poderosos 1.50”. Y luego están los que minimizan con pragmatismo y resignación: “Muchos ni van a venir”.
@ivannosorio Encontrar a alguien a tu altura… sí importa ???? Citas rápidas para gente alta en CDMX ???? ¡Sabemos que puede ser difícil encontrar pareja y este evento es para ti! @Viaggo__mx
♬ Amor - emmanuellcortess_
En su lógica, la segmentación no divide, ordena. Los números, al menos, lo respaldan. En año y medio han pasado unas 2 mil 500 personas por estos eventos. Los casos de rechazo absoluto –nadie marcó ni la casilla de la amistad– rondan apenas una veintena. De sentarse por seis minutos surgieron cuatro matrimonios, dos bebés y un divorcio. Las “estadísticas emocionales”, las llama, no siempre son lineales.
A veces, el éxito se mide en pequeños gestos: encontrarse a dos desconocidos en su segunda cita y escuchar que lo llaman El Profe. O ver cómo, después del evento, algunos grupos se quedan, prolongan la noche, construyen algo que no estaba previsto en la mentada hoja. El fenómeno también dice algo del momento. Después de la pandemia, asegura, se perdieron habilidades sociales básicas: saludar, sostener una conversación, mirar a alguien sin la mediación de una pantalla. Estos eventos, en ese sentido, funcionan casi como un gimnasio emocional.
Y luego está el otro tema, más espinoso: la narrativa contemporánea de las relaciones. Esa idea que se vitaliza en redes sociales, de que “no hay hombres suficientes” o de que tener pareja es casi un fracaso ideológico. El Profe no confronta pero tampoco se suma. “Se respeta todo”, dice, “pero somos comunidad”.
En sus mesas, al menos, la teoría se pone a prueba cada semana.
GSC/ASG