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Ésta es la historia de Salvador, el cerrajero que abrió el Museo Nacional del Tequila a punta de ganzúas, luego de que las llaves se perdieron

El hombre con 30 años de experiencia recuerda esa tarde en la que trabajó rodeado de soldados, Guardia Nacional y policías.

Mi nombre es Salvador Casas Martínez, a sus órdenes. Soy cerrajero de oficio y tengo ya 30 años dedicándome a esto, bueno, 29 pasaditos, pero casi los 30, aquí en mi taller de Tequila.

La gente a veces me pregunta cómo le hice para aprender, y la verdad es que todo empezó con mi familia. Yo entré a esto ya grande, como a los 26 o 27 años, pero empecé de chalán con mis hermanos. Ellos ya le sabían; uno de ellos aprendió con un tío que también era cerrajero en Guadalajara, luego se vino a Tequila a probar suerte, y le enseñó a otro hermano.

Poco a poco, haciendo "chambitas", me fui enseñando. Al paso del tiempo, mi hermano y yo abrimos otro taller, pero él se fue a atender ese y yo me quedé aquí, en este mismo localito donde sigo hasta hoy.

Pioneros en Tequila

Fuimos de los primeros en poner una cerrajería en Tequila. Éramos pioneros sin saberlo, y ahora, con los años, ya nos volvimos "los cerrajeros viejos" porque han salido muchos muchachos jóvenes. Pero aquí seguimos, porque el oficio me gusta.

No es un trabajo pesado, aunque sí es incierto. Hay días muy buenos en los que sacas para toda la semana, y hay semanas enteras en las que no sale ni para un día. Es cosa de suerte, pero siempre se va componiendo la semana. Por eso yo abro diario, hasta domingos y días festivos, porque uno nunca sabe cuándo va a llegar la suerte.

Entre el riesgo y el miedo

En tantos años, uno acumula muchas anécdotas, de todos colores. Las que más me impactan, y que uno nunca olvida, son las que te ponen los pelos de punta. Me ha tocado que llegan a fuerzas, encañonándome con una pistola, para que los lleve a hacer un trabajo que no quiero. También he abierto puertas y carros sin saber que no eran de los dueños.

Luego resulta que hubo robo y soy yo el que termina yendo al Ministerio Público a declarar, nomás por hacer mi trabajo. La vez más fea fue cuando me llevaron a un lugar cuyo nombre mejor no quiero recordar. Me dijeron que era para abrir un carro, pero resultó que era para abrir unas puertas.

Al hacerlo, me encuentro con cuartos llenos de cajas de armamento. Gente armada, con pistolas alrededor. Uno va con un chingo de miedo, todo estresado, sin saber si al terminar el trabajo lo van a dejar ir o ahí va a quedar. Fue de esos momentos en que uno piensa en su familia, en que sus hijos estaban chiquitos y dependían de uno.

Gracias a Dios, de eso ya tiene uno unos siete u ocho años que no me pasa. Ya me ven más viejito y a lo mejor se llevan a los nuevos.

Salvador el cerrajero
Salvador el cerrajero. (Jorge Barajas)

Servicios que salvan

Pero no todo es feo. También hay trabajos bonitos. Como cuando me llaman para rescatar a una persona mayor que se quedó encerrada y está enferma, sin poderse mover.

La gente llega apurada y uno se pone bien nervioso con la presión, pero cuando logras abrir y ves que esa persona ya está a salvo con su familia, pues te llevas un muy buen sabor de boca. De esos servicios que de verdad te dejan tranquilo.

El día que abrió el museo

Y luego, hace unos días, me pasó algo que jamás imaginé. Andaba yo en mi taller, como a la hora en que espero a mis hijos para encaminarlos a la escuela, cuando me habló otro de ellos para pasarme un contacto.

Un señor de una organización de museos necesitaba un servicio urgente. Cuando llegué, me encontré con que el lugar a abrir era el Museo Nacional de Tequila. Y no solo eso: estaba rodeado de soldados, Guardia Nacional y policías.

El lugar estaba clausurado, en medio de un pleito que no sé si era con el municipio o algo así, y nadie tenía las llaves.

Puertas cerradas el Museo Nocional de Tequila. (Jorge Barajas)
Salvador tiene 30 años dedicado a la cerrajería. (Jorge Barajas)

Un edificio con historia

El Munat está en el centro del pueblo, frente a la plaza principal. Ese edificio tiene una historia muy larga: fue construido en el siglo XIX como un portal de beneficencia, y después albergó un hospital civil y hasta unas oficinas de gobierno.

Llevaba años funcionando como museo, contando la historia de la bebida que le da nombre a este lugar, pero hace unos meses lo cerraron y se quedó todo guardado adentro: las piezas, los documentos, todo; pero nadie podía entrar porque nadie se ponía de acuerdo.

Cuando vi todo eso, sí me dieron ganas de echarme para atrás, de decir que no. Me puse bien nervioso, porque uno nunca sabe en qué bronca se puede meter. Pero al ver tanta autoridad, pensé: "A lo mejor no pasa nada, y si me niego, quién sabe cómo se lo tomen".

Así que me armé de valor y me puse a trabajar.

Diez minutos que hicieron historia

La chapa era de seguridad, de esas con una llave largota que sí da más batalla, pero con mi herramienta, con mis ganzúas, le batallé unos diez minutos y al fin se abrió. Cuando la puerta cedió, sentí un montón de cosas: nervios, susto, alivio... No sé explicarlo bien. Fue un trabajo muy inesperado y muy importante.

Ahora, al ver que gracias a eso el museo va a reabrir sus puertas a la gente, pues sí, es de los servicios más relevantes que he hecho en todos estos años. Es un orgullo, aunque sea uno que ni buscaba. Ojalá y todo quede como era antes, para que la gente lo disfrute.

El Museo fue asegurado por la FGR
El Museo fue asegurado por la FGR. (Jorge Barajas)

Tequila, entre tradición y turismo

Eso sí, Tequila no es solo el museo. Desde que nos nombraron Pueblo Mágico, el pueblo cambió mucho. Eso fue en 2003, aunque luego nos lo quitaron y nos lo volvieron a dar, pero ya con eso la gente empezó a venir de todas partes.

Ahora, en la calle principal hay tiendas de artesanías, bares, restaurantes, y en las destilerías reciben a los turistas con mariachis y catas. Es bonito ver cómo el pueblo creció, aunque también a veces se pierde algo de la calma que había antes.

Pero para los que vivimos aquí de toda la vida, como yo, ser Pueblo Mágico significa que nuestro trabajo también se mueve más; con tanta gente que llega, siempre hay a quien se le pierden las llaves de su cuarto de hotel o se le cierran las puertas del auto.

Un oficio que deja huella

Por eso me gustó tanto que el museo volviera a abrir. Ese lugar es parte de la memoria de Tequila, porque ahí están las primeras herramientas de los jimadores, las fotografías de las antiguas fábricas, la historia de cómo esta bebida se hizo famosa en el mundo.

Si ese museo se quedaba cerrado, era como si una parte de nosotros se quedara también guardada sin que nadie la pudiera ver. Gracias a Dios pude ayudar a que eso no pasara. No cualquiera tiene la oportunidad de poner su granito de arena con su propio oficio, menos uno tan sencillo como el mío.

El de Salvador fue uno de los primeros negocios de cerrajería en Tequila
El de Salvador fue uno de los primeros negocios de cerrajería en Tequila. (Jorge Barajas)

Tradición familiar

Este oficio de cerrajero ya es como una tradición familiar. Mi hermano me enseñó a mí, y luego mis sobrinos también se han metido. De mis hijos, este que me ayuda aquí es el único al que le gustó. Los demás no, pero con que uno le siga, pues la familia continúa en el oficio.

A mi edad, ya con los años encima, sigo abriendo mi taller diario. Aquí en Tequila, con el auge del Pueblo Mágico y lo que se viene con el Mundial, va a llegar mucha gente y habrá más trabajo. Así que aquí estaré, en mi localito, con mis ganzúas, listo para lo que venga, porque este es mi oficio de toda una vida.


MC

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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