Si hoy pudieras volver a un solo día de tu infancia… ¿Cuál sería? No es una pregunta ligera. Es una puerta.
Porque no regresarías a un día cualquiera. No elegirías un lunes de tarea ni una tarde aburrida. Volverías a ese momento donde algo empezó: una amistad, una costumbre, una versión de ti que todavía no sabía lo que era preocuparse de verdad.
Tal vez regresarías al día en que conociste a tu mejor amigo. No recuerdas exactamente qué dijeron, pero sí sabes cómo empezó: una pelota, una risa, un “¿Quieres jugar?”. Así de simple nacían las relaciones más importantes de la vida. Sin filtros, sin expectativas, sin miedo al rechazo. Ese día no sabías que años después esa persona iba a guardar tus secretos, tus derrotas y tus triunfos. Sólo sabías que corrían juntos… y eso era suficiente.
O quizá volverías a la primera vez que jugaste en la calle. Cuando la banqueta era territorio, cuando el mundo terminaba en la esquina y no hacía falta más. Las reglas se inventaban sobre la marcha: escondidas, bote pateado, canicas, trompo. Juegos sin batería, sin pantalla, sin tutorial. Sólo imaginación y tiempo, ese lujo que no sabíamos que era finito.
Y es que según estudios sobre memoria autobiográfica, los recuerdos más intensos de la infancia no se guardan por lo que pasó, sino por cómo nos hicieron sentir. La emoción es el pegamento de la memoria. Por eso no recuerdas cada jugada… pero sí la sensación de libertad.
Hay quienes elegirían un sábado por la mañana. Despertar temprano, no por obligación, sino por emoción. Encender la televisión y encontrarte con ese ritual sagrado: las caricaturas. Ahí estaban mundos enteros esperándote. He-Man and the Masters of the Universe, Mazinger Z, Thundercats… historias que no sólo entretenían, también formaban carácter sin que nos diéramos cuenta.
De hecho, especialistas en cultura pop coinciden en que las caricaturas de los 70 y 80 no estaban “simplificadas” para niños. Tenían conflictos, valores, pérdidas. Nos enseñaban sobre el bien y el mal, sobre la lealtad, sobre levantarse después de caer. Todo envuelto en aventuras que parecían simples… pero no lo eran.
Quizá tu día ideal sería uno aparentemente insignificante: una tarde cualquiera en casa de tus abuelos. El sonido de la televisión de fondo, el olor de la comida, el calor que no venía del clima, sino de la compañía. Esos momentos que no sabías que eran importantes… hasta que dejaron de repetirse.
Porque la infancia no era perfecta. Pero era completa.
No había prisa. No había comparación constante. No existía esa sensación de ir tarde a la vida. Éramos expertos en algo que hoy cuesta trabajo: estar presentes.
Y tal vez por eso esta pregunta pesa. Porque cuando pensamos en volver, en realidad no queremos regresar al pasado. Queremos recuperar esa forma de sentir. Esa ligereza. Esa capacidad de sorprendernos con lo mínimo.
Hoy tenemos más opciones, más tecnología, más entretenimiento. Pero también más ruido. Más distracciones. Más urgencias que no siempre son urgentes.
Antes esperábamos. Ahora consumimos. Antes jugábamos. Ahora programamos el tiempo para “descansar”. Antes un día cualquiera podía ser inolvidable. Hoy necesitamos planearlo.
Así que si hoy pudieras volver a un día de tu infancia, no se trata sólo de elegir cuál. Se trata de preguntarte por qué ese.
¿Era la libertad? ¿Era la compañía? ¿Era la falta de miedo? ¿O era simplemente que no sabías todo lo que vendría después?
Tal vez no podemos regresar. Pero sí podemos rescatar pequeñas cosas: llamar a ese amigo, salir a caminar sin prisa, volver a ver esas caricaturas, reírnos sin explicación.
Porque al final, no extrañamos la infancia. Extrañamos cómo nos sentíamos en ella.
Y eso, de alguna forma, todavía está dentro de nosotros… esperando que lo dejemos salir a jugar otra vez.
nrm