Quizá nunca hemos tenido tantas herramientas para hablar entre nosotros y, al mismo tiempo, tan pocas ganas de escuchar. Hoy podemos entrar en la cabeza de millones de personas con un teléfono en la mano, pero basta descubrir que alguien vota distinto, piensa diferente o defiende una idea que nos incomoda para reducirlo a una etiqueta. Ya no queremos saber quién es: nos basta saber de qué lado está. Y una vez que lo colocamos en el lado contrario, todo lo que diga parece confirmar nuestra sospecha.
La escena ya estaba planteada mucho antes de internet. En Doce hombres en pugna, once hombres están convencidos de que un joven es culpable de asesinato. Solo uno tiene dudas. No asegura que sea inocente; pide revisar las pruebas. Esa pequeña interrupción rompe la comodidad del consenso y convierte una deliberación en una confrontación donde aparecen prejuicios, estereotipos y presión de grupo. La película, estrenada en 1957, plantea una pregunta que las redes sociales han vuelto cotidiana: ¿qué hacemos cuando alguien se niega a pensar como nosotros?
La teoría de la identidad social, desarrollada por Henri Tajfel y John Turner, explica que una parte de nuestra identidad se construye a partir de los grupos a los que pertenecemos. Necesitamos un “nosotros”, pero ese nosotros también puede fabricar un “ellos”. El problema comienza cuando la etiqueta sustituye a la persona: dejamos de discutir una idea concreta y empezamos a juzgar todo lo que creemos que representa quien la sostiene.
Entonces aparecen otros mecanismos: el sesgo de confirmación, que nos lleva a buscar información compatible con nuestras creencias, y la disonancia cognitiva, esa incomodidad que surge cuando algo amenaza lo que creemos cierto. Cambiar de opinión es una posibilidad; encontrar una explicación para seguir teniendo razón, otra.
Las redes agregan una recompensa: la audiencia. Una discusión puede convertirse en espectáculo, y la indignación, la respuesta ingeniosa o la humillación pública pueden generar aprobación. Hasta “farmear aura” revela una lógica contemporánea: no basta con tener razón; también importa parecer que ganamos.
La pregunta cambia cuando dejamos de mirar al otro y nos miramos a nosotros: ¿qué tendría que ocurrir para que cambiáramos de opinión? Si la respuesta es “nada”, quizá ya no estamos defendiendo una idea. Estamos defendiendo nuestra identidad.
Y entonces el otro deja de ser alguien que piensa diferente. Se convierte en el enemigo.
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