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  • Muna, el pueblo maya donde ovnis, aluxes y hombres armados son parte de la historia

  • Unos turistas vieron un objeto luminoso caer en un cenote de Yucatán en 2004. No importa si era un ovni, un dron o algo más: los pobladores siguen contando la historia, aquello estuvo ahí.
En 2004 un objeto con luz cayó en un cenote. Ese fue tan sólo el indicio de múltiples energías que se mueven en la región | Samantha Martínez
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DOMINGA.– Alrededor las ocho de la noche del 23 de octubre de 2004, un suceso marcó al pueblo de Muna, Yucatán. Sobre la carretera que conecta a este municipio con la ciudad de Mérida, un grupo de turistas que se dirigían a la zona arqueológica de Uxmal vieron cómo una luz circular descendió del cielo y se escondió entre el monte. Chatino, cuidador de un terreno en la zona, llamó rápido a don Lorenzo, el dueño. Le dijo que estaba asustado, pues lo que presenció parecía insólito.

Ese viernes el objeto entró a un cenote descubierto –una agüada, como lo conoce la gente de Muna– y al entrar provocó un estruendo, un golpe en seco, y se iluminó el cenote desde el fondo. Quince, veinte segundos después, la nave emergió. Flotó unos instantes a baja velocidad y luego aceleró hacia arriba hasta desaparecer. No era un helicóptero. No era una avioneta. Los testigos lo repiten veintidós años después: aquello había sido un platillo volador, redondo, con ventanitas, completamente iluminado. Un ovni.

En Yucatán es común que extranjeros y locales estén interesados por el fenómeno ovni. Es parte de un turismo no oficial que atrae a más de uno: algunos piensan que las pirámides mayas tienen energías cósmicas por su alineación con las estrellas. Otros, que sencillamente esa arquitectura imposible para el mundo occidental no pudo ser construida sino por seres de otros planetas. En Chichén Itzá, por ejemplo, entre las camisetas con estampados de jaguar y otros símbolos mayas, hay algunas que tienen una nave espacial sobrevolando la pirámide.

Chichén Itzá
La pirámide de Kukulcán en Chichén Itzá, Yucatán | Cuartoscuro


Lorenzo ahora tiene casi 65 años. Talla de madera. Desde una silla en su taller en el barrio de San Bernardino, recuerda aquellos días: “Al día siguiente aparecieron un grupo de personas armadas en la agüada. Eran militares que caminaron por el monte varios días buscando paquetes porque muchos pensaron que eran los narcos tirando mercancía al agua. Pero no encontraron nada”.

Las autoridades municipales, estatales o federales no confirmaron que hubiera un operativo de fuerzas de seguridad en la zona. Inclusive, dice la revista Misterios –que acudió al lugar de los hechos al día siguiente–, los testimonios recopilados hablaban de ocho hombres armados, todos con aspecto de fuera. Algunos con cabello largo. Otros con corte tipo militar. Ninguno portaba identificación. Permanecieron allí más de doce horas, impidiendo el acceso a cualquiera que quisiera acercarse, incluidos los periodistas. Luego, el domingo, desaparecieron sin dejar rastro. Nunca se supo quiénes eran ni qué buscaban o qué encontraron.


Lorenzo, sin embargo, está convencido de que esos hombres eran militares, pues él tenía un terreno a un lado del cenote y le dijeron eso. Dice que aquellos hombres sólo rodearon la agüada. Nunca entraron al cenote.

Las únicas personas que han ingresado a ese cuerpo de agua fue un grupo de buzos en 2002. “Llegaron a veintidós metros de profundidad y no tocaron fondo. Allí abajo, a unos cinco o diez metros, empiezan cavernas, cuevas donde viven cocodrilos y tortugas. Como si la tierra se tragara las cosas o las escondiera. Por eso nosotros no nos metemos a la agüada, porque es peligroso, y ahorita está todo contaminado”, dice.

Aunque impactante, este suceso no sorprende en lo absoluto a Lorenzo. Para él, el encuentro con lo “paranormal” ha sido una constante en la vida. Para él, lo extraordinario no sólo viene del cielo, sino que habita el monte desde siempre.

Los aluxes, los pequeños guardianes de la selva maya

Es una de las zonas arqueológicas más importantes del estado.
Uxmal es una de las zonas arqueológicas más importantes de Yucatán | Cuartoscuro


Don Lorenzo creció en Uxmal
, una antigua ciudad maya del periodo clásico, fundada, según registros arqueológicos, en el siglo VII, y según especialistas tiene una importancia histórica y simbólica mucho mayor a Chichén Itzá. En este territorio ancestral creció Lorenzo. A los nueve años caminaba sólo por la selva para ir a la escuela. “En ese tiempo no había miedo. Yo caminaba solito”, recuerda entre risas.

Un día, mientras andaba en el monte, empezó a escuchar pasos detrás de él. Se volteaba y no veía a nadie. Así, varias veces. Hasta que se lo contó a su abuelo. “No les tengas miedo, tampoco los insultes. Son tus amigos, te están cuidando”, le dijo el viejo. “Son los enanos, los aluxitos. Pero si los ofendes, te van a corretear”.

Le enseñó a dejarles tres dulces sobre un tronco o una piedra. Para los adultos, el tributo es cigarro y pozol, la bebida a base de maíz nixtamalizado.

Mientras el pequeño Lorenzo escuchaba los pasos detrás de sí, decidió girar rápido, sin darles tiempo a esconderse. Quería verlos. Y dice que los vio: “Son cositas así como niños, pero son mayores. Así están hechos”. Los aluxes –esos pequeños seres que en la cultura maya son los defensores del monte o la selva– son, en el relato de don Lorenzo, algo mucho más complejo que una superstición pintoresca. Son guardianes. Cuidan milpas, castigan a quien toma sin permiso, se transforman en viento, en serpiente. Son los cuatro vientos: las energías que rondan entre la selva.

Una mujer de 79 años, identificada como Teodora, fue rescatada tras pasar tres días desaparecida en la selva entre Yucatán y Quintana Roo.
Los aluxes son seres mitológicos de la cultura maya asociados a la protección de los montes | Especial


Su existencia opera bajo un contrato muy preciso con el campesino: desde la quema del monte hasta la cosecha, hay que pedir permiso. “Hay que dar primicia”, dice. “Hay que dejar el primer elote, el pozol, el atole en un altar. Si no, sobreviene la calentura, el mal aire, la parálisis”, dice Lorenzo, quien cuenta que vio a su propio padre sufrir las consecuencias de saltarse a los aluxes.

Un día, su padre entró a la milpa antes de que el abuelo hiciera la ceremonia del Wajil Kool, un antiguo ritual maya para agradecer a la tierra por permitir obtener frutos de ella, y no pudo salir. Gritaba, tirado entre el maíz, con una fiebre que no cedía hasta que vino un brujo desde San Simón, un poblado cercano. El brujo mató un pollo en su cuarto, lo santiguó. Minutos después, el hombre se levantó y caminó.

A un visitante occidental todo esto puede sonar a fábula, a realismo mágico que uno consume en las novelas pero descarta en la vida real. Pero en Muna, un municipio de no más de 13 mil habitantes rodeado de inusuales cerros, donde se vive de la agricultura, estas historias no se cuentan como metáforas. Don Lorenzo las narra con la misma naturalidad con la que describe la luz del ovni sobre la selva.

Los jóvenes ahora ya no creen en esto pero es real. Yo creo que es porque cada vez menos jóvenes trabajan en el monte o lo caminan. Le tienen miedo. Yo no tengo miedo, a mí me gusta, pero los más jóvenes ahora tienen miedo”, dice.

La conversación con él es un laberinto. Apenas termina de hablar de los aluxes, ya está contando que bajo la iglesia de Muna hay túneles que conectan con los poblados de Santa Elena, Uxmal y Maní. Que se hicieron durante la conquista, para esconder a la gente y a las imágenes sagradas mayas de los frailes que las quemaban. “Aquí, a media cuadra de la calle principal, hace ocho años se desfondó un terreno por las lluvias. Se vio un túnel de metro y medio de ancho, con altura para una persona, hecho en arco. Los dueños no quisieron escarbar. Tenían miedo de que viniera el INAH y les quitara el terreno. Lo vendieron. Otro dueño y ya”.

Luego cuenta lo de la cueva de los aluxes, esa que él mismo descubrió junto a su amigo Pedro Ayuso, un mediodía mientras cortaba madera. El perro ladrando, las hojas secas girando solas en un remolino, la tapa redonda de casi un metro que apenas podía mover con una palanca. Debido a su edad, él y su amigo Pedro contrataron a unos muchachos del pueblo para que bajaran. Les ofrecieron quinientos pesos. Uno bajó con sogas, empezó a grabar y a los pocos minutos gritó histérico que lo subieran:

–¡Me mata esa cosa, un gigante que hace un ruido!
En los cenotes las energías se mueven
Lo "paranormal" forma parte de la cotidianidad de los habitantes de Muna, Yucatán | Alejandro Ruíz


Salió temblando. Nadie más quiso intentarlo. Don Lorenzo, en cambio, bajó solo. Con una camisa blanca y el sol justo en el cénit para iluminar. Sin miedo. Porque, dice, él ya está acostumbrado a ver cosas. Se metió con una cámara de cinta –“de las de antes, de rollo”– y grabó lo que había adentro: murciélagos, el vacío, un primer piso a cinco metros y luego un precipicio.

–¿Y el video? – le pregunto a don Lorenzo.
–Se le quedó Pedro –dice, y como un guiño a la nostalgia agrega que ahora “ya no hay cámaras caseras. Ya no consigo ni el rollo”.

Los cazadores de venados que avistan objetos voladores

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La interacción de Uxmal con otras regiones mayas, como Veracruz y Centroamérica, se evidencia mediante hallazgos | Alejandro Ruvalcaba


Pedro Ayuso tiene un terreno en las alturas de Muna que es conocido como mirador
. Ahí tiene su taller de artesanías y ofrece servicios de guía, camping y un recorrido por un museo comunitario que él y su familia administran. Hoy tiene 57 años y, mientras la selva maya sirve de paisaje de fondo, cuenta su historia. Una noche –hace como unos diez años – él estaba con dos amigos en su terreno.

“¡Mira eso!”, dijeron todos. Y Pedro creyó ver un ovni. “Yo jamás había visto uno. Tenía todas las características: platillo, redondo, ventanitas. Estaba en el aire y hacía movimientos extremadamente rápidos. Aparecía, desaparecía, se iba para arriba, para abajo. De repente prendía las luces de sus ventanas más fuerte, y luego tiraba una luz tan luminosa en la parte de abajo que la selva quedaba blanca”, cuenta, aún sorprendido después del paso de los años.

El objeto estaba cerca, a uno o dos kilómetros a lo sumo. Hizo varias apariciones, y en una fracción de segundo desapareció para siempre. “No sólo es mi historia”, aclara Pedro. “De hecho, por mucho tiempo tuve el reportaje de un alemán que iba pasando por esta carretera hace como treinta años. Le tocó ver un ovni muy de cerca, fue muy sonado”, asegura.


El reportaje al que se refiere cuenta la historia de un turista alemán, Lepold Kaseldorf, quien en 1999 viajaba por la carretera de Muna acompañado por dos personas. Regresaban de visitar la zona arqueológica de Uxmal, alrededor de las cinco y media de la tarde, cuando un ruido los obligó a detenerse. Al bajar del vehículo para averiguar qué ocurría, vieron una nave en pleno día, suspendida en el aire, estática. Kaseldorf tomó una fotografía que, con los años, daría la vuelta al mundo.

La imagen es de una nitidez sorprendente: se distingue con claridad la presunta nave espacial, favorecida por la luz del atardecer y la cercanía del objeto, que en ese momento permanecía inmóvil. Kaseldorf regresó a Alemania y mandó analizar la foto. Investigadores de Alemania, España, Inglaterra, Italia y Francia examinaron el negativo. La conclusión fue unánime: no había montaje. La imagen era real.

Pero además de este episodio están las historias de los cazadores que se quedan de noche junto a las aguadas esperando venados y ven cosas que no deberían ver. Y don Nando, otro tallador de piedra ya anciano, que fue socio del restaurante que funcionaba junto al cenote donde se avistó el ovni de 2004. A él, cuando le tocaba quedarse a cuidar de noche, dice don Lorenzo, le pasaron “muchas cosas”: escuchó ruidos en el monte, se perdió, y algunas veces sintió que los aluxes lo perseguían. Energías, les llaman.

La manifestación de energías en la zona ha sido percibida por sus habitantes.
Las energías que guarda la región se manifiestan de distintas formas | Especial


¿Por qué ocurre aquí, en Muna?, le pregunto. Pedro Ayuso tiene su teoría: “Todo Yucatán, por donde te vayas, tiene vestigios arqueológicos. Hay energías. Muchas energías. Pirámides, construcciones mayas por todos lados. Posiblemente ese sea el motivo por el que se da más en una zona que en otra: hay lugares que atrapan más la energía, tal vez de los radares de ellos, ¿me entiende?”.

Don Lorenzo coincide, pero va más allá: “Ellos –los voladores de los ovnis– están investigando, buscando, porque saben que hay esas cosas aquí. Por los cenotes, por las grutas. Los mayas tiraban ofrendas al agua, princesas, jade. Quizás buscan algún material”. Sin embargo, ambos coinciden en algo: desde hace más de 10 años los avistamientos ya no son tan frecuentes como antes. Pedro reflexiona:

“Los avistamientos tienen sus ciclos. Las cosas suceden continuamente y luego se calman o desaparecen. Todo continuo y para siempre no existe. Depende de las estaciones, de las alineaciones energéticas. Todo se mueve a través de la energía. Como el hombre, que un día regresará a la Luna, pero ahorita está en pausa”.


Hace diez, quince años que no escucha nada, dice. Pero luego, don Lorenzo, desde su taller, cuenta algo que pasó apenas una semana: a la una de la madrugada, sus hijas lo despertaron asustadas. Los perros ladraban, se oía un ruido extraño. Su yerno salió y vio las luces girando en el cielo. “Se asustó, entró y se encerró”. Las cosas, como dice Pedro, sólo están en pausa.

Había hombres armados, documentado por periodistas

El pueblo maya donde habitan ovnis y aluxes
En Muna la línea entre lo supersticioso y lo real es delgada | Especial


Uno podría leer todo esto y sonreír con condescendencia, como se sonríe ante las leyendas de los pueblos. Civilización versus superstición. Razón versus mito. Pero esa frontera es más frágil de lo que el mundo occidental quiere admitir.

Lo que en Muna llaman “mal aire”, en otras partes lo llaman crisis nerviosa, trastorno psicosomático, sugestión. Pero el resultado es el mismo: el hombre tirado en la milpa no se levanta hasta que el ritual se cumple. ¿Es el brujo, el pollo sacrificado, el rezo lo que lo cura? ¿O es la fe en ellos? ¿Y acaso no es ese el mecanismo de medio placebo que sostiene a nuestra medicina? Cuestión de nombres.

Lo que en Muna llaman aluxes, en otras culturas son similares a los duendes, hadas, gnomos, ángeles, demonios, según la época y la geografía. Cada cultura ha poblado sus bosques y sus casas de seres intermedios. Sólo cambia la nomenclatura. La experiencia es universal: hay una presencia más allá de nosotros que no se explica con las herramientas de la física. O sí, quizás, pero con una física que aún no conocemos. Lo que en Muna llaman “ovni”, nosotros lo llamamos ovni también, porque no tenemos mejor palabra. Pero ellos no necesitan un Jaime Maussán que les valide la experiencia. La vieron. La tocaron casi. No les interesa tanto si eran extraterrestres, viajeros del tiempo, drones secretos o dioses antiguos. Lo relevante es que estaban ahí y no se han ido del todo.

Aunque pobladores aseguraron que eran militares, ninguna autoridad lo confirmó
Ninguna autoridad de los tres niveles de gobierno pudo explicar la presencia de hombres armados en la zona | Especial


Y luego está la gente armada. Ocho personas sin identificación que acordonaron la agüada por doce horas y luego se esfumaron en 2004. Eso ya no es leyenda, es un hecho documentado por periodistas que llegaron al lugar y fueron expulsados a punta de amenazas. ¿Quiénes eran? ¿Militares? ¿Agencia espacial? ¿Narcos con un cargamento extraviado? ¿Era un Amado Carrillo o una Reina del Pacífico que visitaban Yucatán? ¿O Los Zetas que establecieron una conexión criminal entre la península y Centroamérica? Cualquiera de las respuestas es inquietante, pero hay una peor: ¿y si todos tenían razón? ¿Y si realmente algo cayó en Muna esa noche, algo que interesó a fuerzas que no rinden cuentas a nadie?

Al final, lo que queda es el testimonio de dos hombres que no pretenden convencer a nadie. Pedro Ayuso y don Lorenzo hablan con la calma de quien ya contó esto muchas veces, sabiendo que el interlocutor creerá o no creerá, y que eso importa poco. “Las nuevas generaciones ya no saben, ya no les interesa”, lamenta don Lorenzo. Pedro lo confirma: “Alguien de sesenta, setenta años para atrás sabe muchas historias. Como que [lo paranormal] se solía aparecer más hace años que ahora”.


Pero eso no significa que lo extraordinario se haya ido.
Sólo está, como dice Pedro, en pausa. En un ciclo. Aguardando la alineación correcta de la energía. Hace semana y media, en 2026, las luces giraron otra vez sobre Muna y el yerno de don Lorenzo corrió a encerrarse. En cualquier momento, un cazador verá algo raro junto a una agüada mientras espera al venado. Un niño que camina solo por el monte oirá pasos detrás de él y recordará lo que le dijo su abuelo: no tengas miedo, son tus amigos.

Y quizás, algún día, otro objeto redondo con ventanitas iluminadas descienda sobre la selva yucateca, y alguien lo grabe con una cámara que ya no use rollo, y el mundo –el mundo occidental, el de las certezas y los desprecios– tenga que callar un instante su escepticismo para preguntarse si no será que, durante siglos, han sido los pueblos como Muna los únicos que han sabido ver.

GSC/ATJ

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Alejandro Ruiz
  • Alejandro Ruiz
  • Alejandro Ruiz es periodista independiente especializado en coberturas de derechos humanos, memoria y extractivismo. Ha sido enviado a Venezuela, Reino Unido y Colombia. Actualmente es parte del equipo editorial de Pie de Página.
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