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  • Más grande en historia, pero más chica en población: Guadalajara cumple hoy 484 años de vida, convertida en una ciudad que ya no cabe en sí misma

  • De la tradición a la identidad fragmentada del tapatío, la Perla de Occidente celebra un aniversario más entre la pérdida demográfica.
En el corazón de Guadalajara, La Minerva ha sido la guardiana inalcanzable. (Fernando Carranza)

Guadalajara nunca empezó de una sola vez. Se acomodó. Se movió, dudó, retrocedió y volvió a intentar hasta quedarse en el Valle de Atemajac, donde este viernes 14 de febrero se conmemoran 484 años de su establecimiento definitivo. La fecha recuerda 1542, pero no es un inicio absoluto, sino la versión final de una ciudad que antes tuvo tres asentamientos fallidos. Más que fundarse, se acomodó.

Quizá por eso, cinco siglos después, sigue haciendo lo mismo. Solo que ahora quienes se desplazan ya no son las carretas, sino las personas. La pregunta que sobrevuela cada aniversario no es cuándo comenzó, sino para quién sigue siendo. Si Guadalajara continúa siendo de los tapatíos o si los tapatíos se están yendo, empujados por una ciudad que crece más rápido de lo que puede habitarse.

Guadalajara nació desplazándose y su historia posterior parece una prolongación de eso. Del trazo colonial al Anillo Periférico; del Centro Histórico a los fraccionamientos cerrados; de los barrios que se conocen por nombre propio a los municipios que se funden sin que nadie sepa exactamente dónde termina uno y comienza el otro. La ciudad aprendió temprano que la identidad es cambiante.

Mancha urbana en expansión

El urbanista Jorge Fernández dice a MILENIO: “En Guadalajara el suelo es caro, pero hay mucha necesidad de suelo en superficie y esta costumbre es algo que va a seguir”. No es un capricho inmobiliario, sino una preferencia cultural por la tierra firme frente al edificio alto, una decisión que se traduce en distancias largas, deudas robustas y trayectos diarios cada vez más extensos. Mientras el municipio pierde habitantes, otros municipios absorben esa fuga que no es éxodo, sino goteo constante.

Hablar de Guadalajara hoy implica aceptar que ya no cabe en su propio nombre. De acuerdo con el Censo de Población y Vivienda 2020 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), el municipio de Guadalajara ronda 1.38 millones de habitantes, mientras Zapopan supera los 1.47 millones. La cifra es menos relevante que lo que denota: la capital administrativa dejó de coincidir con la capital demográfica. La ciudad real es metropolitana, una mancha urbana que se expande mucho más rápido que la planeación.


El Área Metropolitana de Guadalajara integra municipios cuyas fronteras son más administrativas que visibles. El aniversario, entonces, no celebra solo una fundación histórica, sino que expone una pregunta contemporánea: quién es Guadalajara cuando Guadalajara ya no es una sola. La respuesta no está en los monumentos ni en las postales, sino en los traslados diarios, en las horas de tráfico, en los trayectos de quienes cruzan municipios sin cambiar de ciudad.

Fernández lo dice con cifras: “Guadalajara ha perdido población. Tenía un millón seiscientos mil habitantes y hoy tiene trescientos mil menos”. No habla de abandono exponencial, sino de reubicación progresiva. Personas nacidas en la ciudad que encontraron mejores posibilidades en Tlajomulco de Zúñiga, El Salto o Zapotlanejo. Asequible como sinónimo de viable, no de barato.

Identidad tapatía: tradición, adaptación y fragmentación

En medio de esa expansión, la identidad tapatía aparece como repertorio más que como esencia. Mariachi, tequila, plazas arboladas, cúpulas amarillas. No son invenciones. El mariachi fue inscrito por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2011 y el paisaje agavero obtuvo declaratoria de Patrimonio Mundial en 2006. Son reconocimientos oficiales que legitiman una tradición musical y un entorno productivo, pero no la agotan.

La identidad también se construye en la vida universitaria, en la Universidad de Guadalajara, fundada en 1792; en los mercados populares y en los parques que sobreviven entre avenidas.

La Guadalajara contemporánea se mueve entre dos narrativas que coexisten sin tocarse del todo. Por un lado, la ciudad tecnológica que presume parques industriales, empresas de electrónica y el discurso del Silicon Valley mexicano. Por otro, la ciudad cotidiana que lidia con el abastecimiento de agua, la movilidad y la presión urbana.

Para el cronista Armando González Escoto, esa tensión no es nueva. Guadalajara tiene talento para parecer la misma incluso cuando ya no lo es. Dos rasgos persisten: “la hospitalidad” y “la apertura”. Y matiza: “Aunque tengamos fama de que dizque conservadores, en realidad nunca ha sido así”. La ciudad adopta lo nuevo sin romper del todo con lo antiguo. “Por ejemplo, para la Romería, el paseo de la virgen es una tradición, pero no es en un carruaje de caballos, sino en una camioneta del año a la que, sin embargo, jalan con calabrotes”.

Mundial 2026 tendrá una en Guadalajara una sede moderna y con tradición integrada
Para el Mundial 2026, Guadalajara alista una renovación pero su tradición no se pierde (Fernando Carranza)

Pérdidas urbanas y cambios en la vida cotidiana

También hay pérdidas que modifican el carácter. “Se ha acabado la tradición muy positiva de la gente que se salía por las tardes a la puerta de sus casas a conversar”. No es falta de ganas, sino miedo. Cuando una ciudad se repliega, también se vuelve otra.

En contraste, la comida resiste. “Sigue habiendo cenadurías, puestos de esquina, puestos callejeros”. Comer lo mismo sigue siendo una forma de decir que pertenecemos.

La fractura más delicada no es generacional, sino social. Armando describe una ciudad más segmentada, donde los espacios habitacionales también funcionan como filtros culturales. No se trata solo de vivienda, sino de pertenencia. Las diferencias dejaron de ser matices y comenzaron a volverse barreras invisibles.

También hay pérdidas materiales que funcionan como amputaciones simbólicas. Los grandes cines de los años cincuenta y sesenta desaparecieron “como una epidemia”. Quedaron cascarones o estacionamientos. Se perdió un ritual colectivo, una manera de coincidir sin convocarse. Algo parecido ocurrió con las calles empedradas que dejaban respirar la tierra y absorber la lluvia. El asfalto no solo cambió el paisaje, sino la temperatura y el ritmo de la ciudad.

Mercados, barrios y memoria colectiva

En contraste, los mercados sobreviven con gran vitalidad. “El Corona, San Juan de Dios, Santa Tere siguen boyantes”. Allí la ciudad todavía se reconoce sin necesidad de declararlo. Comprar, regatear, saludar al marchante sigue siendo una forma de contacto que ninguna aplicación ha logrado sustituir.

Armando también recuerda que Guadalajara nunca fue homogénea: “Desde el 32 que existe ha sido siempre una mezcla de gente venida de distintas partes”. Ni siquiera los españoles eran un bloque único: gallegos, vizcaínos, andaluces. Cocas, tecuexes, caxcanes al otro lado de la barranca. La identidad nació como mezcla.

Cuando habla del pasado urbano, enumera barrios como quien recita un mapa de emociones: San Juan de Dios, Mexicaltzingo, El Pilar, El Retiro, El Santuario. “Esos barrios todavía sobreviven, aunque algunos ya muy vacíos”.

Locales del Mercado de San Juan de Dios en Guadalajara
Mercado de San Juan de Dios un mercado boyante en Guadalajara (Fernando Carranza)

Ser tapatío: una identidad en construcción permanente

Alejandro Quezada Figueroa, profesor del Departamento de Historia del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH) de la Universidad de Guadalajara, aporta otra capa: “Sí podemos darnos cuenta de que hay varios conceptos de lo que es ser tapatío”. Recuerda que las primeras personas que fundaron Guadalajara no se llamaban así. El término llegó después, moldeado por el uso y el tiempo. La identidad no apareció con una ceremonia, sino que se fue sedimentando.

Quezada subraya que la migración no es novedad, sino constante. De unas cuantas decenas de habitantes a millones en la zona metropolitana, la ciudad absorbió personas sin perder del todo su núcleo. “La migración se adapta a la cultura tapatía”. Sin embargo, advierte que esa adaptación hoy ya no es automática.

La religiosidad funciona como archivo histórico. Los títulos de la Virgen de Zapopan hablan de guerras, epidemias y sequías. Cada apelativo guarda memoria colectiva. No es solo fe, sino una cronología de símbolos. En paralelo, la llegada del agua del Lago de Chapala impulsó la industrialización y nuevas olas migratorias que modificaron el rostro urbano.

El Tren Ligero de Guadalajara tiene cuatro líneas
Línea 4 uno de los nuevos transportes que se integraron a la dinámica de Guadalajara metropolitana (Fernando Carranza)

Entre historia y modernidad

Hay algo paradójico en la manera en que Guadalajara se cuenta a sí misma. Su relato oficial mira hacia el pasado colonial, mientras su experiencia diaria ocurre en una modernidad desigual y fragmentada. Los datos demográficos muestran una metrópoli densa; las declaratorias culturales, herencia; los planes urbanos, proyección. Tres tiempos conviven en el mismo espacio sin ponerse de acuerdo.

La pregunta vuelve con más fuerza en este aniversario 484: si Guadalajara sigue siendo para los tapatíos. Muchos nacidos aquí se desplazaron hacia la periferia buscando posibilidad antes que pertenencia. Muchos llegados de fuera se volvieron parte sin declararlo. La ciudad dejó de pertenecer exclusivamente a quienes nacieron en ella y empezó a pertenecer a quienes la recorren, la trabajan y la sostienen.

En el fondo, Guadalajara sigue haciendo lo que hizo en el siglo XVI: reubicarse simbólicamente, ajustarse, cambiar de escala. Moverse sin admitir del todo que se mueve. Su aniversario no marca un origen inmóvil, sino la confirmación de que existe porque sabe desplazarse sin dejar de nombrarse. Y quizá esa sea, como coinciden los especialistas, su verdadera tradición.

SRN


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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