La Ciudad de México amaneció con el uniforme puesto. Quien no lo traía de casa lo podía comprar en cada esquina, verde, blanca o roja, pero todas con el escudo bien bordado sobre el pecho.
Era temprano, las 09:00 horas de un jueves que muchos pensaron que no llegaría, y la marea verde ya inundaba las calles del Centro Histórico y de las plazas públicas. Nacionales y extranjeros, era imposible que la fiesta futbolera pasara desapercibida: día de fiesta nacional, casi como el Grito o el Día de Reyes, pero una fiesta capitalina, la tercera que organizan en la historia mundialista.
Antes del balón, y como el partido es al mediodía, la tradición chilanga no podía faltar: la garnacha. El olor a manteca y maíz frito, y de ahí, a ver el juego. Ya en el camino se fueron sumando distintos personajes: los villamelones se vistieron de aficionados, otros se pusieron sombreros de paja o de charro, pelucas tricolores, bigotes falsos, máscaras de luchador y banderas amarradas al cuello como capas de superhéroes.
Aquellos que no lograron el milagro de un boleto para el Estadio Ciudad de México —blindado, caótico y ajeno a su presupuesto— buscaron refugio en el corredor Juárez-Roma-Centro.
“Aquí se hace el desmadre, el despapaye, todo bien”, decía Alan, un visitante que viajó desde Hermosillo junto a su amigo Brandon. “La idea es ir al Fan Fest; no alcanzamos a entrar al estadio, pero ni modo, hay que venir a apoyar. Es la cuna de todo, aquí están las tradiciones y luego, ver el partido arriba de Tenochtitlan... eso no tiene precio”.
Para las 11:15 horas, la ley de la FIFA era una sugerencia abstracta. En los puestos de periódicos, en las taquerías de banqueta, en las oficinas y en los aparadores de las tiendas, las pantallas de televisión o de celular ya estaban encendidas con la transmisión en vivo. Con o sin derechos de transmisión, la capital tenía que mirar, así fuera amarrada a un poste.
Cinco minutos después, a las 11:20 horas, el sistema de altavoces del centro de la ciudad advirtió que ya no se acercaran al primer cuadro: “Atención, el Zócalo ha llegado a su máxima capacidad; diríjase al fanfest de Garibaldi”.
La Plaza de la Constitución estaba hasta el tope; una alfombra humana ya la había ocupado. Ingrid, una turista alemana que aterrizó hace tres días para quedarse una semana a las fiestas mundialistas, explica el momento: “Ver la atmósfera en las calles es hermoso. Es la mejor nación del mundo, la mejor gente, una gran bienvenida. Increíble”.
Casi al mismo tiempo en que sonaban las advertencias oficiales, el tráfico sobre Paseo de la Reforma e Insurgentes colapsaba. Ya no por la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, que apenas una noche antes había amagado con continuar las protestas, pero no en el centro, sino en las inmediaciones del estadio.
Eran la extinta Luz y Fuerza del Centro, pero también hubo expresiones en solidaridad con los estudiantes de Ayotzinapa, con los desaparecidos y hasta en solidaridad con Palestina; fueron pretextos para cortar las ya caóticas vialidades. El músculo político de la protesta marchaba a contrapelo de la fiesta.
Ingrid, atrapada en el nudo vial, lo resumió con pragmatismo europeo: “La ciudad es un caos, es lo que es. Ayer estuvimos casi cinco horas sin movernos, pero yo entiendo que están luchando por sus derechos y respaldo eso”.
A las 11:46 horas, la impaciencia se volvió digital. Quienes quedaron varados en los cortes viales o atrapados en sus puestos de trabajo sacaron el celular. Las pantallas se conectaron para ver a Lila Downs, Alejandro Fernández y Belinda en la ceremonia inaugural allá en el coloso deportivo.
Al mediodía, el eje de la vibración se trasladó a la colonia Juárez y a las banquetas de la Zona Rosa. Aquí, la calle de Génova dictaba su propia economía del fútbol: los restaurantes que pagaron por el derecho de transmisión operaban a reventar, con las mesas saturadas de tarros escarchados; los que no, miraban de brazos cruzados, esperando con resignación que la parálisis nacional concluyera. A las 12:00 en punto, con 24 grados, la gente ya bebía cerveza.
A unos metros, la colonia Roma se preparaba para la fiesta pambolera. Faltaban minutos para que el balón rodara y el menú del día estaba listo: alitas, pizzas, sushi, cazuelas de mariscos. Los repartidores de aplicación, con sus mochilas naranjas y verdes a la espalda, marchaban a contrarreloj esquivando peatones pintados de la cara. A las 12:29 horas llegaron los mariachis de alquiler. Chocaron las micheladas con clamato y escarchadas de chile en polvo mientras Santi y Ana Pao se abrazaban con el “Ay, ay, ay, ay, canta y no llores”.
No importaba en realidad la alineación del Vasco Aguirre, ni el eterno debate de si Paco Memo Ochoa debía ser el titular o si Alberto Rangel merecía el puesto bajo los tres palos. Lo importante era que no les metieran goles. Entre chelas y pomos transcurrió el juego. A las 12:43 horas, la glorieta de la Cibeles era un hervidero de camisetas verdes y cornetas plásticas que ensordecían el ambiente.
A las 12:54 horas, los veintidós jugadores salieron a la cancha. En los restaurantes de la Roma, el grito fue unánime, un estruendo que sacudió los ventanales cuando el silbatazo inicial dio comienzo al encuentro. La tensión duró poco: el primer gol del partido hizo saltar a la afición de sus sillas, derramando líquidos y rompiendo el orden de las mesas. “¡México, México, México!”, coreaban adentro y afuera.
Quienes no tenían presupuesto para consumir en un bar compraban sus papas fritas y sus latas de cerveza en el Oxxo y esperaban afuera, respirando el ambiente. Aprovechándose de la dichosa señal. Pasadas las dos de la tarde, el drama histórico del balompié nacional reclamó su cuota: la tarjeta roja para César Montes en la compensación. Vino el grito ahogado, la mentada de madre coral, los rostros cubiertos con las manos ante el temor de una tragedia de último minuto. La angustia andante de toda la vida.
Cuando el partido agonizaba en el tiempo extra, el río verde se desbordó finalmente sobre Paseo de la Reforma con rumbo a la glorieta del Ángel de la Independencia. El Gobierno de la Ciudad de México ya tenía la logística de la victoria montada: un templete enorme coronado con las letras de "Viva México" y un mariachi institucional listo para entonar La Bikina y El son de la negra.
Protestas en el Mundial 2026
Pero la fiesta chocó con la protesta. Las escalinatas de la Victoria Alada no estaban vacías. Colectivos de familiares de personas desaparecidas —los mismos que la noche anterior habían realizado una acción de luz para iluminar el Estadio Ciudad de México— ya se habían apropiado del asfalto. Sobre el piso gris, pintado con letras blancas y firmes, se leía el dato duro, la contracrónica de la jornada: “Nos faltan 143 mil”.
Un paisaje de contraste. Mientras los aficionados llegaban con la euforia del triunfo agitando banderas y destapando espumas de aerosol, las madres buscadoras sostenían las lonas con los rostros de sus hijos.
Dentro del tumulto, los nombres se escribieron en pancartas: Roberto, Roy, Epifanio, Margarita, Valentín, José de Jesús, Aidé, Axel, Abraham, Yesenia, David, Rafael, Gino, Patricia, Antonio, Javier, Óscar, Felipe, Mónica, Guillermo, Miguel, José Rosario, Fernando... Apenas unos cuantos de los miles que tuvieron que ser retirados para que no fueran aplastados por los fanáticos del balón.
Sobre la avenida, unos niños jugaban su propio partido. La portería estaba pintada sobre la acera de Reforma. Se disputaba un mundial alterno entre las familias de las víctimas y los hijos de los ausentes, ajenos al protocolo de la FIFA.
A unos metros del mariachi oficial, las consignas de justicia se mezclaban con la trompeta: “¿Por qué los buscamos? ¡Porque los amamos! ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”, gritaban las mujeres con playera blanca y fotografía estampada.
—“¡Y sigo siendo el rey!”, respondía el mariachi desde el templete. Y por supuesto que estaban los vendedores ambulantes que ofrecían el esquite, la jícama, chocolates, chicles, cacahuates, máscaras y banderas.
Con este tercer mundial en suelo azteca, la Ciudad de México rompió sus propias marcas. Atrás quedó el recuerdo de aquel 0-0 contra la Unión Soviética en la inauguración de México 70, o el empate 1-1 entre Italia y Bulgaria que abrió la fiesta en el 86. Esta vez, el gol de Julián Quiñones y el remate definitivo de Raúl Jiménez sellaron una victoria inédita en partidos inaugurales para el país. Y se convirtieron en leyendas.
A las 3:20 de la tarde, el cielo de la capital hizo lo propio y soltó un aguacero lánguido pero constante. La lluvia, sin embargo, no disipó a la afición que ya había tomado la glorieta.
Rodrigo, con la playera escurriendo agua y la voz ronca, lo explicaba mientras saltaba sobre Reforma: “Al Ángel a festejar, hermano. Siempre ganó México. Es el primer partido inaugural que ganamos; tenemos que ir al Ángel sí o sí. Somos mexicanos y esto está lleno de mexicanos”.
A su lado, Ricardo, contrario al lastimoso «jugamos como nunca y perdimos como siempre», se atreve a ir más allá del quinto partido y augura un primer lugar: “¿Y por qué no? ¿Y si sí?”.
La marea verde se quedó ahí, bajo el agua, cantando sobre las escalinatas. Era la fiesta más grande del planeta.
HCM