Con tres meses de retraso llegó a León, Guanajuato, una carta que fue enviada desde el Polo Norte. El sobre contenía una estampilla navideña en la parte superior derecha y un mensaje escrito de puño y letra en el que se podía leer: “Un saludo a toda la familia desde la tierra de Papá Noel”.
La carta recorrió unos 7 mil 500 kilómetros para llegar a su destino. Aunque la entrega no fue inmediata, ya que una vez en la ciudad zapatera, primero llegó a las oficinas de Correos de México, donde se verificó su destino para programar su ruta de entrega.
¡Y sí!, esto ocurre en una época donde, con la tecnología, basta con dar un clic para mandar un mensaje y que, en cuestión de segundos, pueda llegar a cualquier parte del mundo.
“La tecnología nos ha ayudado muchísimo, es buena, pero el hecho de que escribas una carta de tu puño y letra a esa persona a la que tú quieres, es un hecho imborrable, ¡te lo aseguro y te lo garantizo!”, dice Jesús Esquivel Hernández, emocionado y con brillo en sus ojos, quien trabaja desde hace 33 años como cartero.
Comenta que todavía hay gente a la que le gusta escribir y mandar correspondencia, y en León siguen llegando cartas de otras partes del mundo.
Al preguntarle de qué otros lugares, recuerda que hace como 15 años entregó una carta proveniente del Vaticano, la cual tardó unos 22 días en llegar a León.
Y así como ésta, también entregó otra procedente de Israel y varias más de China.
Del mundo, con amor
Jesús Esquivel mostró el sobre que llegó del Polo Norte, al mismo tiempo que con su dedo señalaba el origen; pero fue un compañero el encargado de hacer su entrega final.
MILENIO confirmó su entrega en la colonia Deportiva I y quienes la recibieron prefirieron no dar entrevista.
Jesús dice con claridad que le tocó entregar varias misivas provenientes del país asiático en el barrio conocido como El Calvario, en la ciudad de León, esto porque quienes se escribían “al parecer eran amigos por correspondencia”, por lo que casi durante dos años entregó cartas en ese domicilio.
—¿Cuál es la reacción de las personas cuando reciben una carta?—.
“En esta época se sorprenden y dicen: ‘¡Ah, caray! Una carta’, y sin querer queriendo le comparten a uno eso”, detalla.
Jesús Esquivel es uno de los 208 carteros que hay en todo el estado de Guanajuato; solo en León laboran 75, quienes han ido dejando de entregar cartas de amor y despedida por recibos de agua e internet, y correspondencia comercial.
Hoy, los carteros que siguen en este oficio coinciden en señalar que se han visto afectados por las condiciones laborales poco favorables; por ejemplo, las renuncias y jubilaciones de compañeros no son reemplazadas y al final esas vacantes desaparecen; el trabajo se reparte entre los que se quedan.
Jesús Esquivel explica que él entregaba 130 recibos y ahora le asignan 150, tomando en cuenta que la mayoría de los carteros tienen arriba de los 50 años de edad y su unidad de traslado es la bicicleta.
Al igual que Jesús, Pedro Valdivia Piña, titular del sindicato del Servicio Postal del Estado de Guanajuato, ha conocido un sin número de historias tras recibir y entregar cartas; una de ellas fue una que provenía de Oregón, Estados Unidos. Su contenido marcó la vida de una familia para siempre.
La misiva la envió uno de los dos hijos de una señora que vivía en la colonia Vista Hermosa —esto ocurrió hace 20 años—. Ambos hijos varones se habían ido a trabajar “al otro lado”. La mujer, al recibir la carta, la abrió desesperadamente sin saber que su rostro se convertiría en un valle de lágrimas.
La noticia que recibió es que uno de sus hijos había muerto en la construcción en la que ambos trabajaban.
En aquel entonces, Valdivia Piña fue el cartero que entregó ese sobre con dos días de retraso por la distancia; pero además recuerda que le tocó dar consuelo para calmar el incesable duelo de la señora, quien, dice, habría tomado después un vuelo a Oregón para abrazar por última vez a su hijo.
“No te queda más que servirle de consuelo y darle el pésame”, recordó.
Hace 20 años en las cartas se mandaban este tipo de noticias, pues en esos años se entregaban un promedio de dos mil misivas en un día; pero ahora esa es la cantidad que se entrega en una semana.
Valdivia comentó que hace 15 años el 85 por ciento de las cartas que se distribuían en un día eran cartas escritas a mano, y el otro 15 por ciento se componía de recibos o correspondencia comercial; hoy la tendencia se ha invertido.
Sin trabajo, sin dinero y un sueño americano que no llegaba
Desde hace 15 años, Valdivia Peña dejó de ser cartero; ahora, como titular del sindicato del Servicio Postal del Estado de Guanajuato, supervisa que se realice la logística correcta para la entrega de todo lo que implica la correspondencia.
En la charla, Valdivia Peña también recuerda que en otra ocasión recibió una carta que salió de Estados Unidos. Se trataba de un hombre, jefe de familia, que había emigrado a ese país en busca del sueño americano. Le escribía a su esposa; en las letras le decía que no había conseguido trabajo y estaba desesperado, porque no tenía nada de dinero para mandarles, ni siquiera él tenía para comer.
Recuerda que la mujer le había comentado que tenía una hija de unos 5 años de edad; luego de que la mujer concluyó la lectura, Valdivia Peña dice: “Obviamente la señora lloró con su hija, porque no había comido la niña; eso es lo más desgarrador”.
Recordó que la mujer, en ese momento, le dijo que no tenía para comer y él sacó lo poco que tenía en sus bolsillos.
“No tengo mucho, pero le presto lo que traigo”, le susurró.
Luego recuerda emocionado que meses después de este hecho iba a comenzar su jornada como todos los días. Tomó su bicicleta y su silbato y, antes de avanzar, la recepcionista lo tomó del hombro y le comentó que alguien lo esperaba.
Una mujer le dijo: “Mi esposo ya tiene trabajo, y así como usted me prestó, hoy se los regreso. Muchas gracias”, fue aquella persona a la que le prestó para comer.
Jesús Esquivel comentó que, además de repartir cartas, también las escribía, las cuales iban dirigidas hacia su novia, quien después se convirtió en esposa. A pesar de que ambos vivían en la misma ciudad, se mandaban cartas constantemente:
“Yo le mandaba una tarjeta y ella me correspondía con otra tarjeta”, expresó con voz entrecortada, pues murió hace un par de años a causa del cáncer. Hoy resguarda como un tesoro aquellas cartas que se mandaron.
Un cartero era más que un empleado; se convierte en un amigo de confianza, al que le guardaban sus más íntimos secretos quienes escribían.
Para Alejandro Pérez, hijo de un cartero, que al igual que sus dos hermanos y un cuñado forman parte del mismo oficio, dice que en los 32 años haciendo esta labor lamenta que hoy cada vez son menos las cartas personales que entrega.
“En cuestión de las cartas han disminuido, precisamente por tanta tecnología, como las redes sociales, pero el correo sigue teniendo bastante trabajo en cuestión de revistas, estados de cuenta y propaganda”, comentó.
Eso sí, lo que deja claro es que los riesgos del oficio no han cambiado.
“Cuando llueve hay que tener mucho cuidado, porque la calle está mojada y uno se puede resbalar; también hay que cuidarnos de los perros porque luego nos dan una ‘corretiza’. En cuestión de andar en el reparto, hay que tener mucho cuidado”.
A Pedro Valdivia Piña también le tocó sentir en carne propia lo que es rodar fuertemente las llantas de la bicicleta cuesta arriba con la mochila repleta de cartas entre las altas temperaturas y los días grises como la lluvia.
El internet les ha quitado a sus clientes
Pedro Valdivia Piña mencionó que no es lo mismo escribir en un teléfono que hacerlo con un lápiz en mano, un borrador y un pedazo de papel.
“Es cierto que el internet ya nos quitó clientes, pero en este momento estamos luchando por llamar la atención de la juventud, porque no es lo mismo enviar un mensaje vía WhatsApp a que tú escribas de puño y letra una misiva”, dice con sentimiento.
Por lo que insiste: “Es muy distinto, creo yo, que agarres tu lápiz, tu pluma o tu hoja de libreta y pongas a tu mente a trabajar y escribas: ‘querida madre… querido padre… querido hermano… querido amigo’. Luego describir aquellos momentos en los que salían a jugar cuando la infancia los envolvía; o recordar esas salidas por un helado en la colonia, o tal vez cuando se dieron ese último abrazo”.
Dice convencido que las conversaciones con el papel hacían describir todo, para que la persona que lo leyera pudiera imaginarse exactamente lo que vivió y sintió quien le escribía.
“Podías empezar a escribir: ‘hoy estoy en este lado y te mando fotos. Estoy viviendo esta experiencia. Vivo en tal lado. Me encuentro en tal parque, al lado de un lago hermoso. Escucho el trinar de los pájaros… el canto de los cenzontles’. Algo así se escribían las cartas”, dice emocionado.