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  • Alan, 'la Diva indigente': una vida en la calle a raíz del abuso, las drogas y el sexoservicio

Hoy, Alan tiene 34 años. No habla de felicidad, habla de vacío. | Instagram

Alan fue víctima de abuso sexual en su entorno familiar, ese espacio que socialmente se vende como refugio.

Alan no alza la voz, no reclama, no exige, habla desde un cansancio de antaño, de esos que no se quitan tan solo durmiendo. Desde el punto exacto en el que la vida ya gritó demasiado tiempo sin que nadie volteara a escuchar.

Hasta diciembre pasado, la Ciudad de México contabilizaba 2 mil 878 personas en situación de calle, mil 11 sobrevivían en la alcaldía Cuauhtémoc, es decir, el 35 por ciento, de acuerdo con el registro más reciente de la Secretaría de Bienestar e Igualdad Social (Sebien). 

No son cifras abstractas: son cuerpos expuestos, madrugadas sin refugio y seres humanos rotos a la intemperie. 


Hace apenas ocho meses, Alan era uno de esos nombres que no suelen pronunciarse, una silueta más empujada al margen por una violencia cotidiana que no concede tregua y que, cuando empieza en casa, suele terminar en la calle. Desaseado, semidesnudo, mal alimentado, drogado…

Alan no llegó ahí por una mala decisión ni por un desliz fortuito. Llegó porque huir también es una forma de sobrevivir. La calle fue el último recurso tras una infancia y una juventud marcadas por golpes, abusos y silencios impuestos, de esos que se enquistan y terminan cobrando factura. 

La violencia no lo expulsó de su hogar de un día para otro, lo fue desgastando, empujándolo hasta dejarle claro que no había un lugar seguro al cual volver.

Alan —quien tras preguntarle con el respeto que su historia exige, no tiene inconveniente en que se le nombre en masculino— es la prueba viva de que detrás de cada cifra hay una vida arrasada antes de tiempo. Las estadísticas confirman el fenómeno, su historia explica el costo humano.

Alan es conocido como 'La Diva Indigente'. El apodo suena a burla, pero no lo es. Tiene algo de afecto callejero y algo de ironía brutal: 'diva' porque decide exagerar su presencia en un mundo que le pidió desaparecer, porque ocupa espacio sin pedir permiso, porque convierte el cuerpo —ese que fue señalado, violentado o corregido— en espectáculo consciente.

No para gustar sino para no quebrarse e 'indigente' porque la violencia, el abandono y el silencio lo fueron despojando de todo hasta dejarlo en esa condición.

Su historia no empezó en la calle, empezó en casa.

Alan, 'La Diva indigente': 


El origen del silencio

“Porque había golpes, maltratos, violaciones y situaciones muy difíciles”, así explica su salida de casa sin rodeos. 

Alan fue víctima de abuso sexual en su entorno familiar, ese espacio que socialmente se vende como refugio. No hubo extraños ni callejones oscuros: el agresor fue el hermano de su padre. 

Así operan estas violencias, amparadas por la cercanía, el miedo y un silencio que protege al victimario y condena a la víctima.

Jamás lo habló, no tenía un espacio seguro, no tuvo el arropo de sus padres, no supo cómo hacerlo, simplemente no encontró con quién. El miedo se le impregnó al cuerpo antes que las palabras de auxilio. 

“Hoy entiendo que que no tenía por qué haber pasado, ¿no? Claro. Pero, pues, ¿qué qué puedo hacer? ¿Qué podía hacer?”, preguntas que parece jamás tendrán respuesta.

En México, su historia no es una excepción. De acuerdo con la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM) más del 80 por ciento de los casos de violencia sexual infantil son perpetrados por familiares o personas cercanas y la gran mayoría nunca llega a una denuncia formal. 

El abuso en este país suele ocurrir puertas adentro y permanecer ahí, enterrado, lapidario a pesar de los años, a pesar de las lágrimas, del dolor y el sufrimiento.

Alan creció en ese silencio. “No me siento con la plenitud o no me siento capaz de poder decir, estoy feliz y siempre voy a ser feliz, porque es una experiencia que me arrebató la vida de por medio” palabras que fluyen en su alma resquebrajada. 

En su momento, la intuición le dijo que hablar podía ser más peligroso que callar, que denunciar no siempre salva. Y el miedo le paralizó. Hoy, después de todo lo vivido, confiesa que ese temor no se ha ido. El abuso no terminó cuando dejó de ocurrir: se quedó a vivir en sus entrañas.

Salir de casa no siempre es huir

Dejar su casa no fue un acto impulsivo ni una rebeldía adolescente, fue una huida necesaria. Cuando el peligro vive donde se supone que deberías estar a salvo, la lógica se rompe. Irse no es abandono: es supervivencia en su estado más puro.

La Endireh 2021 del Inegi identifica la violencia familiar como una de las principales causas por las que niñas, niños y adolescentes abandonan su hogar. No se van porque quieren, se van porque quedarse cuesta demasiado.

Alan intentó refugiarse con amistades. Duró poco. Decidió irse solo. “Para no lastimar a los demás”, explica. La lógica del sobreviviente es cruel pero clara: cargar el riesgo en solitario, no arrastrar a nadie más al fuego.

Así llegó a la voracidad de las calles capitalinas.

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La calle no es un lugar, es una herida

Vivir en la calle no tiene nada de romántico. No hay libertad ni aventura. Hay miedo constante, hambre, golpes, humillaciones, robos, extorsiones y violencia sexual.

“Se siente un pánico, un terror, porque no puede uno disfrutar de nada, ni siquiera de la condición en la que estás”. Dormir con un ojo abierto y el cuerpo en alerta. 
“Comía comida de la basura o lo que podía encontrar a mi paso”, recuerda sin metáforas, su realidad no las necesita. Vivía sin disfrutar de nada, ni siquiera de la miseria.

Alan pasó días cerca del Ángel de la Independencia, esa columna imponente que mira hacia arriba, mientras a ras de banqueta se deshacen vidas completas. .

Comer de la basura, no tener lugar para bañarse, no contar con un espacio seguro para sentarse sin ser corrido. 

“Lo más terrorífico fue la soledad”. Mencionó que sí pasaba mucha gente cerca de él pero era invisibilizado.

El Diagnóstico de Personas en Situación de Calle de la Secretaría de Inclusión y Bienestar Social (Sibiso) de la Ciudad de México asegura que la mayoría de quienes viven en la vía pública arrastran historias previas de violencia familiar, abuso sexual o consumo problemático. La calle no crea el dolor: lo recibe.


La droga como escape

La Comisión Nacional contra las Adicciones (Conadic) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) afirman que el consumo de sustancias está estrechamente vinculado a traumas infantiles no atendidos, especialmente abuso sexual, violencia prolongada y abandono emocional. Las drogas no llegan solas,  llegan donde ya hay una herida abierta.

“Llegué a sentir totalmente quebrantado mi corazón, el simple hecho de saber que me encontraba solo fue lo más terrorífico”, era la soledad como experiencia física, y ahí apareció la heroína como anestesia. Fue su primera droga, directo al fondo, sin escalas socialmente aceptables. 

Alan no lo esconde: “sí me gustó, sí me agradó, pero ha sido algo que ha marcado mi vida”. También lo devastó. Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Después vino todo lo demás: crack, cocaína, piedra, tachas, ácidos, hongos. Todo sin excepción. El consumo lo desinhibía, lo hacía ganar más dinero. 

El cuerpo como mercancía, la anestesia química como herramienta para aguantar lo que nadie debería soportar. Más dinero, sí. Más daño, también. Era anestesia e instrumento.

“Mi integridad quedó fuera de todo” afirma. Escape y condena.

El cuerpo como frontera

Alan es sexoservidor. “No invito a nadie a tomar este camino, porque no es nada fácil” enfatiza. No romantiza su oficio. No lo presume. Lo nombra como lo que fue para él: una forma de sobrevivir cuando no había nada más. El cuerpo como moneda de cambio. La química como refugio.

Pero el trabajo sexual en situación de calle no es una zona libre de violencia. Al contrario, el Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México (Copred) documentó que más del 90 por ciento de las personas en situación de calle que ejercen el trabajo sexual han sufrido violencia física, sexual o institucional, muchas veces perpetrada por clientes, grupos criminales o incluso autoridades.

“Subirse a un coche sin saber si vas a regresar”, resume Alan. “Ver compañeras que se van y no vuelven”. La calle también es un cementerio sin cruces.

El vacío

Hoy, Alan tiene 34 años. No habla de felicidad, habla de vacío, de una tristeza que no siempre se nota en el rostro, pero pesa por dentro. No promete finales luminosos, reconoce que hay experiencias que te arrebatan la vida de por medio.

Ha recaído muchas veces, perdió la cuenta. Esta última caída fue la más dura. Tocó un fondo distinto, más hondo. Hoy lleva 10 meses sin consumir, 10 meses luchando contra un cuerpo que ya es adicto, contra detonantes mínimos, contra la tentación cotidiana.

La Conadic reconoce que la recaída es frecuente en los procesos de recuperación y no debe entenderse como un fracaso individual, especialmente cuando no existen redes de apoyo sólidas ni acompañamiento psicológico continuo.

El encierro como pausa

Actualmente vive internado en una institución en Ecatepec. Se llama Hacienda Nueva Vida. Aceptó internarse en abril del año pasado. 

No puede trabajar, no recibe visitas, vive con lo mínimo, bajo reglas. Espera una salida que no sabe a dónde lo llevará. No tiene casa. No volverá con su familia, de hecho hace años que no los ve. 

Lleva ocho meses “limpio” pero reconoce que puede volver a recaer en los brazos de la droga. El abandono no terminó cuando dejó la calle. Solo cambió de forma.


Una historia que no es única

La historia de Alan no es excepcional, es representativa. 

“Vengo de una familia muy puteada (sic)”, dice con la mirada triste. Miles de personas en México comparten trayectorias marcadas por abuso infantil, violencia familiar, adicción y calle. Lo excepcional es detenerse a escucharlas sin juicio, sin morbo, sin prisa.
“Por dentro yo siento esa tristeza y ese gran vacío, siento la muerte por dentro”. Alan no pide lástima, no busca absolución. 

Su testimonio incomoda porque desnuda una verdad que el país prefiere ignorar: cuando el abuso se silencia, se multiplica.

“Mi cuerpo ya es adicto, no me queda otra más que resignarme y buscar métodos de apoyo”, dice en medio de la resignación y la tristeza; cuando la violencia no se atiende, se hereda; cuando el Estado llega tarde, la calle llega primero.

Su vida es el retrato incómodo de lo que pasa cuando la violencia se normaliza, cuando el abuso se silencia, cuando la calle se convierte en política pública de abandono. Alan no es un caso aislado. Es una consecuencia.



IOGE 

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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