Especialistas del Instituto Cardiovascular de Mínima Invasión (ICMI) en Jalisco detallan que el dispositivo conocido como corazón artificial, colocado por primera vez en un hospital privado de Zapopan, no es para cualquier paciente con enfermedad cardiaca.
Es una luz de vida para un perfil muy específico: adultos con insuficiencia cardiaca avanzada o terminal que ya no responden a tratamientos convencionales como fármacos, marcapasos o desfibriladores.
Luisa Aguilera, médica especialista y coordinadora de la clínica de falla cardíaca del ICMI, reveló a MILENIO que el primer filtro es la gravedad del deterioro del corazón.
La selección es rigurosa y multidisciplinaria: no solo se evalúa el corazón, sino también riñones, hígado, pulmones y aspectos sociales y psicológicos.
El paciente debe contar con una red de apoyo sólida, pues el dispositivo requiere cuidados constantes.
El costo del dispositivo oscila entre ocho y nueve millones de pesos, pero especialistas contrastan esta cifra con los gastos continuos de la enfermedad avanzada —entre 5 mil y 10 mil pesos mensuales sólo en medicamentos—, sin contar hospitalizaciones recurrentes.
¿Quiénes pueden acceder a esta tecnología?
La reciente colocación del sistema de asistencia ventricular en un hospital privado en Zapopan, Jalisco, en colaboración con el Instituto Cardiovascular de Mínima Invasión, no sólo marca un éxito médico en el país; también pone sobre la mesa la solución y una vida más larga para quienes podrían estar en etapa terminal.
Pero, lejos de tratarse de una solución generalizada para cualquier enfermedad del corazón, especialistas advierten que el “corazón artificial” está dirigido a un grupo muy específico de pacientes, a quienes se les proporciona una esperanza de seguir con vida.
Aguilera explicó que el primer filtro para considerar esta alternativa es la gravedad del deterioro del corazón.
“Hablamos de pacientes cuyo corazón ya no logra bombear la sangre de manera adecuada, aun cuando han recibido tratamiento farmacológico óptimo, dispositivos como marcapasos o desfibriladores e incluso intervenciones quirúrgicas”, señaló en entrevista.
Perfiles de pacientes candidatos
Este tipo de tratamientos abre la puerta a las llamadas terapias avanzadas: el trasplante cardíaco o la colocación de un sistema de asistencia ventricular como el HeartMate, recientemente implementado en Jalisco.
De acuerdo con los especialistas, existen distintos perfiles de pacientes que pueden ser considerados candidatos a esta tecnología, todos ellos con un denominador común: una enfermedad en etapa crítica.
El primer grupo lo integran pacientes con síntomas severos y persistentes, como falta de aire incluso en reposo, fatiga extrema, retención de líquidos y una marcada limitación para realizar actividades cotidianas.
Se trata de personas que, en muchos casos, no pueden caminar más de unos cuantos pasos sin agotarse o que incluso requieren dormir sentados debido a la dificultad respiratoria.
Un segundo grupo corresponde a quienes no son candidatos a un trasplante de corazón. Las razones pueden ser diversas: edad avanzada, enfermedades concomitantes que incrementan el riesgo quirúrgico, condiciones hemodinámicas específicas o incluso limitaciones legales, como ocurre con pacientes extranjeros que no cumplen con los requisitos para ingresar a una lista de espera de donación en México.
Finalmente, existe un tercer perfil: pacientes más jóvenes que, aunque sí podrían recibir un trasplante en el futuro, requieren estabilizar su condición de manera urgente. En estos casos, el corazón artificial funciona como un “puente”, permitiendo que el paciente recupere fuerza, mejore su estado general y pueda llegar en mejores condiciones a una eventual cirugía de trasplante.
Benigno Ferreira, titular del ICMI, subrayó que este tipo de intervenciones no se consideran en etapas tempranas de la enfermedad.
“No es una terapia para quien apenas inicia con síntomas. Es para pacientes que están en una fase terminal, donde las opciones son muy limitadas. En ese contexto, este dispositivo puede cambiar completamente el pronóstico”, afirmó.
Un proceso de selección riguroso
Antes de tomar una decisión, el equipo médico evalúa de forma integral al paciente. Esto incluye estudios para determinar el estado de órganos vitales como riñones, hígado y pulmones, así como análisis detallados del funcionamiento del corazón y la circulación.
Pero los criterios no son únicamente médicos. También se consideran factores sociales y psicológicos.
“El paciente debe contar con una red de apoyo sólida. Este tipo de dispositivo requiere cuidados constantes, seguimiento médico y compromiso por parte del paciente y su entorno”, explicó Aguilera.
En este sentido, intervienen no solo cardiólogos y cirujanos, sino también especialistas en rehabilitación, psicólogos, trabajadores sociales y personal de enfermería.
Todos ellos participan en la valoración para determinar si el paciente cuenta con las condiciones necesarias para enfrentar tanto la cirugía como el proceso posterior.
¿Cómo funciona el dispositivo?
Existen casos en los que, pese a la necesidad, el dispositivo no puede ser colocado. Esto ocurre cuando el daño en otros órganos es irreversible o cuando el estado general del paciente no permite una recuperación viable. En esos escenarios, la única opción es brindar cuidados paliativos.
La colocación del aparato es una cirugía de alta especialidad que puede realizarse mediante técnicas de corazón abierto o, en centros con experiencia, a través de procedimientos de mínima invasión, lo que reduce complicaciones y acelera la recuperación.
El dispositivo se implanta en el ventrículo izquierdo, la principal cámara de bombeo del corazón. A través de un sistema de cánulas, el aparato succiona la sangre desde el corazón y la impulsa hacia la aorta, restableciendo el flujo sanguíneo hacia todo el organismo.
Funciona mediante un sistema de levitación magnética, lo que permite que la sangre sea impulsada de manera continua y eficiente. Sin embargo, el aparato requiere una fuente de energía externa. Un cable sale del cuerpo del paciente y se conecta a un controlador portátil con baterías, que usualmente se lleva en una especie de cinturón o cangurera.
Vida después del implante
Este aspecto implica ciertos cambios en la vida cotidiana. Aunque los pacientes pueden retomar actividades como caminar, trabajar e incluso hacer ejercicio, existen limitaciones importantes.
Por ejemplo, no pueden sumergirse en el agua, por lo que actividades como nadar quedan descartadas. Sí pueden bañarse, pero con equipos especiales para proteger el sistema.
Pese a estas restricciones, especialistas coinciden en que la diferencia en la calidad de vida es significativa. Pacientes que antes no podían respirar con normalidad o realizar actividades básicas logran recuperar su autonomía en pocas semanas.
Ventajas frente al trasplante
En países con mayor experiencia en el uso de estos dispositivos, como Alemania, su implementación ha comenzado a posicionarse incluso por encima del trasplante cardíaco en ciertos casos.
Una de las principales ventajas del dispositivo cardíaco es que no requiere inmunosupresión; es decir, el paciente no necesita medicamentos para evitar el rechazo de un órgano externo, como ocurre en un trasplante.
Además, la durabilidad del dispositivo ha demostrado ser comparable a la de un corazón trasplantado, con estudios que reportan supervivencias de entre cinco y diez años, e incluso más en algunos casos.
Esto abre la posibilidad de utilizar el dispositivo no sólo como una solución temporal, sino como una terapia a largo plazo o como una estrategia para prolongar la vida del paciente antes de un eventual trasplante.
El costo de la enfermedad
Más allá del impacto clínico, la insuficiencia cardíaca representa también una carga económica considerable para los pacientes y sus familias. De acuerdo con los especialistas, una persona en etapas avanzadas de la enfermedad puede enfrentar gastos constantes que van desde consultas médicas frecuentes hasta hospitalizaciones recurrentes.
Tan solo en medicamentos, el gasto mensual puede oscilar entre los 5 mil y los 10 mil pesos, dependiendo de la complejidad del tratamiento. A esto se suman estudios especializados, consultas con distintos especialistas y, en muchos casos, ingresos hospitalarios que pueden elevar significativamente los costos.
“Un paciente con insuficiencia cardíaca avanzada puede requerir múltiples hospitalizaciones al año, y cada una representa un gasto importante. Es una enfermedad que no solo deteriora la salud, sino también la estabilidad económica de las familias”, explicó Aguilera.
En este contexto, aunque el dispositivo implica una inversión inicial elevada, que puede alcanzar entre ocho y nueve millones de pesos, especialistas señalan que también puede traducirse en una reducción de gastos a largo plazo, al disminuir hospitalizaciones y mejorar la calidad de vida del paciente.
Se trata, dicen, de un costo alto en un sólo momento, frente a una enfermedad que, sin este tipo de intervenciones, implica gastos continuos, progresivos y, muchas veces, insostenibles.
Importancia de la detección temprana
Los especialistas también coinciden en que el mayor reto sigue siendo la detección temprana de la enfermedad.
Síntomas como fatiga, falta de aire, palpitaciones, hinchazón en las piernas o dificultad para realizar actividades físicas suelen ser minimizados o atribuidos al estrés, lo que retrasa la atención médica.
“El corazón no se enferma solo en adultos mayores. Tenemos pacientes jóvenes con cuadros avanzados que pudieron haberse detectado antes”, advirtió la especialista.
Por ello, el llamado es claro: acudir a revisiones periódicas, especialmente en personas con antecedentes familiares de enfermedades cardiovasculares, y no ignorar las señales del cuerpo.
Con la llegada de este dispositivo cardíaco, la medicina en México da un paso importante hacia la incorporación de tecnologías de alta especialidad.
Ahora, el desafío será garantizar que más pacientes puedan ser diagnosticados a tiempo y, en su caso, acceder a tratamientos que, como este, representan una segunda oportunidad de vida.
JVO
