M+.- Nelson García es técnico embalsamador y calcula que, en casi 16 años de trayectoria, han pasado por sus manos entre 13 mil y 14 mil cuerpos.
Para él, la vida y la muerte no se mezclan, por eso no cree en los mitos que rodean su profesión.
Antes se dedicaba a la gastronomía. Tenía un negocio de comida, disfrutaba preparar postres y se especializaba en mariscos, hasta que un día recibió la invitación de un amigo que cambió su vida por completo: dejar de preparar pasteles para embalsamar cadáveres.
Con cierta resistencia, le respondió que primero haría una prueba. Sabía que no sería sencillo, pero si lograba superarla, continuaría en el trabajo.
Preparación para trayectoria de embalsamamiento
No fue fácil. En su primer día participó en el embalsamamiento de un hombre en avanzado estado de descomposición.
Se trataba del conductor de un tráiler que falleció dentro de la unidad un domingo y cuyo cuerpo fue localizado hasta el miércoles siguiente. Nelson superó la prueba.
Para desempeñarse como embalsamador, cursó una capacitación básica, donde aprendió técnicas para detener la liberación de gases y bacterias. Ahí también adquirió conocimientos sobre la aspiración de fluidos y la inyección de sustancias químicas en los cadáveres, con el fin de que puedan ser velados de manera segura por sus familiares.
Posteriormente, continuó su formación en tanatoestética, disciplina que reúne técnicas de maquillaje, peluquería y tratamientos destinados a brindar una apariencia digna a la persona fallecida para su último encuentro con la familia.
Después estudió tanatopraxia, especialidad que comprende procedimientos de higiene, conservación y reconstrucción de cadáveres, utilizados principalmente en víctimas de muerte violenta.
También se capacitó en tanatología, disciplina que le permite acompañar a las personas durante el proceso de duelo, un servicio que incluso puede integrarse a los paquetes funerarios ofrecidos a las familias.
Nelson explica que, al igual que ocurre en la ciencia y la medicina, el tratamiento de los cuerpos también evoluciona constantemente. Se desarrollan nuevos productos químicos y técnicas para su conservación, por lo que procura mantenerse actualizado mediante cursos de especialización.
Ese conocimiento, asegura, le ha permitido dejar de creer en los mitos que rodean su oficio.
Para él, la vida y la muerte son ámbitos completamente distintos, por lo que rechaza las historias sobrenaturales relacionadas con los cadáveres.
"Que si se levantan, que si se mueven... Yo he trabajado con 13 mil, tal vez 14 mil cuerpos, y nunca se ha movido uno; nunca me han apagado la luz ni me han azotado una puerta. Nunca ha pasado nada. Esto es ciencia. Una vez que la persona fallece, el cuerpo se convierte en materia", contó.
Tampoco considera cierto que durante un embalsamamiento o una necropsia se extraigan órganos para reutilizarlos.
"Ya no sirve ningún órgano. Una vez que fallece la persona, dejan de funcionar todos los órganos; ya no es posible", señaló.
Por ello, explica que la donación de órganos requiere un procedimiento especializado y debe realizarse durante los primeros minutos posteriores al fallecimiento.
Asimismo, recuerda que en algunas ocasiones ha tenido tanto trabajo que incluso ha dormido en la misma sala donde permanecía un cuerpo, sin experimentar ningún sobresalto.
La técnica del oficio antes del servicio funerario
Cuando a Nelson le preguntan por su oficio, el rostro se le ilumina. Lejos de lo que muchos podrían imaginar, es una persona alegre y sonríe con facilidad.
Durante la conversación con MILENIO, explicó con claridad el proceso de embalsamamiento y habló con la seguridad que le da haber repetido ese procedimiento miles de veces.
Los cuerpos llegan, por lo regular, de hospitales, del Servicio Médico Forense o de la fosa común, y reciben el tratamiento de acuerdo con las condiciones en las que se encuentran.
El técnico embalsamador se coloca el equipo de protección y el cuerpo se deposita sobre una plancha, donde primero recibe un baño.
Después se localiza la arteria más adecuada —como la carótida, la femoral o la ilíaca— para inyectar una combinación de sustancias químicas.
Posteriormente, mediante un motor de vacío, se extraen los líquidos del cuerpo; después se suturan las incisiones y el cadáver vuelve a ser aseado.
Más tarde, el cuerpo es vestido, maquillado, arreglado y peinado, para finalmente ser colocado en su ataúd, donde la familia podrá realizar los servicios funerarios.
Cuando se trata de personas que murieron de forma violenta y cuyos cuerpos ya fueron sometidos a la necropsia de ley, el procedimiento cambia, ya que los químicos deben aplicarse arteria por arteria debido a las incisiones realizadas durante la autopsia.
En los cuerpos que presentan un avanzado estado de descomposición se emplean polvos químicos para detener el proceso de putrefacción.
Posteriormente, el cuerpo se encapsula y se envuelve en plástico de polietileno —procedimiento conocido como emplayado—, al igual que el féretro, antes de ser entregado a sus familiares.
Percepciones de la muerte
Sin proponérselo, Nelson se ha convertido en un observador de la muerte y de los rituales que la rodean. Incluso, asegura que puede percibir el cariño —o la ausencia de este— que la familia sentía por la persona fallecida.
En la mayoría de las ocasiones, los familiares le cuentan cómo perdió la vida el cadáver que está por preparar. Después de tantos años escuchando historias, reconoce que ha perdido la capacidad de asombro ante la muerte.
Sin embargo, hay casos que siguen marcándolo, como entregar el cuerpo de un recién nacido a una madre de apenas 15 años, recibir cadáveres mutilados por accidentes, principalmente de jóvenes motociclistas, o preguntarse qué pudo llevar a un niño a quitarse la vida.
A lo largo de su trayectoria, también ha observado un cambio en la manera en que las familias enfrentan el duelo. Los servicios funerarios, dice, han dejado de ser actos estrictamente solemnes para convertirse, en algunos casos, en reuniones donde incluso hay música y baile.
"Eso es lo que ha ido cambiando. Antes ibas a un velorio y todos estaban llorando, todos tristes. Ahora, al contrario; hemos llegado a entregar un cuerpo a un domicilio y, en cuanto vamos entrando, ponen la música a todo volumen, todos están cantando. El velorio ya es otra cosa. No estoy diciendo que sea una fiesta, pero ya es otra costumbre", destacó.
Él mismo ha pedido a su familia que, cuando llegue el momento de su muerte, no haya tristeza en su funeral, sino música y serenidad.
Ver la muerte para vivir
Trabajar todos los días con la muerte también le ha dado una nueva concepción de la vida. Para Nelson, lo verdaderamente importante es dedicarse a lo que le apasiona, disfrutar tanto de los tropiezos como de los buenos momentos y vivir con sencillez.
"Hay que disfrutar, levantarse todos los días a vivir, a trabajar; me enamoro, me desenamoro, me caigo, me levanto, río, como. Es mentira que tenemos un propósito en la vida, que tenemos un camino; no es cierto. Hay que vivirla y punto", explicó.
Quienes conviven de manera constante con la muerte o con situaciones de violencia suelen desarrollar estrés postraumático. Para enfrentarlo, Nelson asegura que su mejor herramienta ha sido seguir preparándose profesionalmente.
"Si uno no se prepara, el alma está vacía, la cabeza está vacía y es fácil que se apoderen muchos pensamientos, muchas cosas que llegan a lastimarnos. Una vez que uno se prepara, es suficiente; se llena de conocimiento para que nada nos afecte", expresó.
El futuro del negocio
Nelson considera que el gremio funerario es muy reservado, principalmente por la competencia que existe para captar más clientes e incrementar los ingresos.
Sin embargo, desde su perspectiva, es fundamental que más jóvenes se interesen por aprender el oficio, ya que en Puebla no son más de 40 las personas que se dedican profesionalmente al embalsamamiento.
Pronostica que, en los próximos años, las causas de muerte podrían cambiar y que el sector deberá prepararse para enfrentar nuevos desafíos.
"Estaba viendo un documental donde dicen que lo que va a acabar con la humanidad son los hongos. Son tan diminutos que, una vez que entren al cuerpo humano, van a ser una potencia (...) Yo espero que la ciencia esté enfocada en esos hongos para que no llegue el momento en que acaben con la raza humana", mencionó.
KL
