Sexo, drogas y Mötley Crüe

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Carlos Velázquez

Los trapos sucios (EsPop, 2014) narra la vida de la banda más desmadrosa en la historia de la música condensada en lo que podemos considerar la madre de todas las biografías: Motley Crüe.

Durante la etapa de Shout at the devil, segundo disco de la banda, el bajista y líder ideológico, espiritual y moral, Nikki Sixx comenzó a coquetear con la magia negra, y la cubertería, objetos diversos y otros artilugios volaban por su casa por sí mismos. Sí. En plenos 80. ¿Qué? ¿No se suponía que la brujería había pasado de moda? Él y su vieja vivían al más puro estilo Exorcista (Director’s cut).

¿Recuerdan quién era una de las fantasías más encamables de la década ochentera? Adornaba en forma de afiche todos los talleres mecánicos y las paredes de los adolescentes chaquetos de la era. Lita Ford. ¿Y adivinen quién se la estaba bombeando en aquellos tiempos? Of all people: Nikki Sixx. No solo era una playmate, su encanto también radicaba en que había pertenecido a las míticas Runaways, el grupo de chicas de donde salió Joan Jett.

Todo se remonta a la Casa Mötley, barato parque de diversiones donde vivían y en 1982; recibieron una advertencia del ayuntamiento: si no retiraban las bolsas de basura del patio de la casa se les multaría con una cantidad estratosférica de dinero. Esas toneladas de basura eran la peor pesadilla del vecindario. Pero los muchachos estaban demasiado ocupados drogándose y aprendiendo a tocar instrumentos para preocuparse de la limpieza.

En una ocasión los Rolling Stones metieron un tiburón muerto a una habitación de hotel, y obligaron a una grupi a frotarse contra él desnuda hasta alcanzar el orgasmo. Que me perdonen sus Satánicas Majestades, pero el intenso valle de lágrimas atravesado por Mötley supera los exabruptos más pendencieros de la historia del rock.

Ni las excentricidades de Keith Richards, como meterse las cenizas de su padre en rayas acompañadas de cocaína, los osos de Keith Moon, o el vuelo de Charly García desde el noveno piso de un hotel directo a una alberca tienen comparación. Las vidas de estas cuatro no tienen parangón. Un día eres un incipiente baterista y al siguiente te casas con Heather Locklear. Ese es el poder del rock and roll. Sumado a la rudeza de estos tipos resulta pura metrallas. ¿Adivinen a quién le teme Axl Rose? Al cantante Vince Neil, quien como decimos acá, le cantó un tiro, y le sacó.

Antes de Los trapos sucios, de entre las biografías más desmadrosas, pero mejor escritas, que se podían encontrar, eran Como una moto, de Bob Woodward. La vida galopante de John Belushi. Qué manera de drogarse la de este muchacho. Por supuesto que los Mötley lo superan, pero en grupo. Y I am Ozzy (confieso que he bebido). La historia del Rey de las Tinieblas, Ozzy Osbourne. Y a pesar de que los dos son textos de altura, no le llegan ni a los talones a Los trapos sucios. La diferencia entre esta y otras biografías sobre música, sea pop, rock o jazz, es que consigue concretar un estilo. Algo de lo que carecen la mayoría. Que en ocasiones resultan frías, distantes. Este es el testimonio gritado por sus propios protagonistas.

Todas las bandas de rock han atravesado por “problemas”, pero la vida de Mötley fue, como en un corrido, un suceso de tragedias. La mayor de todas, sin duda, la muerte a causa del cáncer de Skylar, la hija pequeña de Vince Neil. Seguida de la supuesta muerte de Nikki Sixx en Japón. Una noticia que le dio la vuelta al mundo en pocos minutos, antes de que existiera internet. El gran Nikki, que merece un libro aparte, y que de hecho lo tiene: Los diarios de la heroína, y que esperemos aparezca pronto en español, después de contratar el servicio de 500 prostitutas asiáticas, visitó a una especie de Chamán en Hong Kong, quien predijo su muerte. Y tras una dosis letal de speedball, lo que matara a John Belushi, fue declarado muerto clínicamente en el interior de una ambulancia. Y de inmediato, se anunció su muerte y se suspendió la gira.

Pero revivió. Y se escapó del hospital. Por una ventana. Sin camisa. Con el torso desnudo y sus pantalones de cuero abordó el convertible de unas grupies que le prendían veladoras en la parte trasera del nosocomio. Que al verlo pensaron que era la aparición de un fantasma. Tommy no se queda atrás, su esposa Pamela Anderson lo mandó al bote, y mientras el pobre sufría una condena por violencia doméstica, la playmate se acostaba con su ex novio. O el pobre Mick Mars, a quien una enfermedad crónica lo ha condenado al dolor y al alcoholismo. Y ni hablar de sus ex mujeres, que lo han despojado de todos sus bienes. Pero que se resiste a morir.

Si vas a leer una biografía, que no sea la del Che, la de Villa o la de Joaquín Sabina, inyéctate Los trapos sucios. Un auténtico paseo por el lado salvaje del rock.

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