EL TONO DE TONA
Rafael Tonatiuh
Un chiflado fanático: "Dios me ha hablado".
Otro chiflado fanático: "¡Yo no he hecho tal cosa!".
Chiste sufí.
Casi todo el mes de noviembre de 2008 realicé un viaje con dos amigas: la Lactosa y la Fructuosa, fuimos a Turquía, Siria, Jordania e Israel.
Con la mirada inocente de un turista, mi memoria recuerda mezquitas, desiertos, escandalosos mercados aromáticos, pero ni una gota de sangre, ningún indicio de una futura guerra civil (salvo que nunca me dieron buena espina los retratos gigantescos de Bashar al-Asad, pegados en todas partes); digamos que llegamos durante el medio tiempo de un partido de futbol a muerte.
Unos turistas austriacos que conocimos en la Capadocia turca nos dijeron: "Vayan a Irán, es muy barato, es hermoso y no hay nadie", pero no nos arriesgamos (¿quién pensaría entonces que actualmente jóvenes austriacos se afilian a ISIS?); en Israel rentamos un carro, pero las carreteras tenían desviaciones de los caminos que conducían a la Franja de Gaza; en realidad, nunca estuvimos cercanos a nada medianamente peligroso (más susto se llevó el empleado de un hotel, cuando me registré con el domicilio de la calle de Trípoli, colonia portales, DF, creyendo que venía de Trípoli, Libia, y pudiera tener nexos con Gadafi).
Lo que más recuerdo es una terminal de camiones en Damasco, Siria (no muy diferente a la de Pinotepa Nacional, Oaxaca), donde abordamos un camión rumbo a Tedmor, la ciudad más cercana a las ruinas de Palmira.
Abordamos un ADO normal, pero sin películas de Adam Sandler (quizás porque es judío) y en su lugar te pasan videos de bromas, golpes, caídas y "cámara escondida" con árabes (había un video en el que le llevan serenata con piano a diversas damas en burka), y lo más exótico: Al comenzar la proyección, pasan un promocional de la línea de autobuses donde te narran cómo un jeque lujoso llega en su limousine con todo y guaruras a la terminal, para abordar el autobús, y al llegar a su destino es recibido por otros guaruras, que se lo llevan en otra limousine; luego, cientos de spots gubernamentales, con los inevitables y reiterativos retratos de Bashar al-Asad, con su mirada de borreguito tierno, que a su vez muestra un clasismo monárquico que cae gordo: obras, carreteras, inauguraciones de fábricas, etc. Me dije: "Qué poca madre, ni Eruviel Ávila llega a tanto, pasar spots gubernamentales en los viajes, pobres musulmanes".
Bajamos en Tedmor y tomamos un taxi con el que negociamos un precio por llevarnos, esperarnos y traernos de las ruinas de Palmira; el taxista era un gordito que traía en el estéreo una música árabe muy prendida.
Con mi tela árabe sobre la cabeza volando con el viento, apoyado mi bastón sobre piedras ancestrales consagradas al culto a Bel, entre el silencioso desierto (en el que sólo se escuchaba lejanamente la música del taxi), me sentí cual Lawrence de Arabia o como Tin Tan en El café de Mustafá.
En Tedmor compré el disco pirata que venía oyendo el taxista y regresamos al anochecer (si hoy me hubiera detenido a comprar ese disco, me hubiera caído una piedra de la prisión que dinamitó ISIS).
En la terminal de Damasco esperamos el autobús que nos llevaría a Jordania. Acompañé a mis amigas a buscar un local que tuviera un baño con taza (pues lo normal es los sanitarios fueran "de aguilita"). Entramos a un café donde había un montón de personas jugando algo así como damas.
De regreso a la terminal camionera, noté que los varones observaban con admiración y curiosidad a mis compañeras de viaje; eso, más el hecho de que abundaran las revistas pornográficas en los puestos de revistas, me hizo pensar que la sociedad árabe debe estar tremendamente reprimida, y quizás por eso algunos estallan en orgasmos cuando estallan las bombas.
También recuerdo que era imposible conseguir alcohol en Siria ni Jordania (en Turquía sólo en barrios católicos y en Israel, ¿qué les puedo decir? La gente que bebe representa un magnífico negocio).
Nada más lejos de mis pretensiones que volver alcohólico al Estado Islámico ¡ni lo mande Alá!, pero quizás, sólo para ver qué pasa, una chelita de vez en cuando, después de guardar a los camellos (con fines terapéuticos espiritualmente se permite), para relajarse; quizás dos, y un tequilita y unos taqitos árabes, con esa música prendida que suple al terrorismo con la alegría de vivir, como la que vi en los ojos de aquellos escolares que salían de la Ciudadela de Alepo, felices, estudiando, desarrollándose, con la mirada puesta en la excelencia. Cuentan que el poeta sufí Yalal ad-din Rumi, de niño jugaba con sus amiguitos en las azoteas de la ciudad de Balj, Afganistán; uno de ellos propuso: "¡Juguemos a brincar de un techo a otro!", Rumi contestó: "Esos son juegos de perros y gatos", saltó hacia el cielo, desapareció y cuando reapareció dijo haber visitado todas las Casas del Zodiaco. Eso es excelencia, no volar edificios, como perros y gatos.