EL ÁNGEL EXTERMINADOR
MIGUEL CANE
Esta es la primera escena: Una mujer de mediana edad llamada Martha, que alguna vez fue guapa pero ahora está hinchada y amarga, entra en una sala. Es la sala de su casa. Es la casa que ha compartido por quince o veinte años —no importa qué tantos sean, igual se siente como si hubieran pasado una maldita eternidad juntos en la misma celda— con su marido, George, que entra unos pasos tras ella. Ella arroja su abrigo sobre un sofá y exclama “¡Qué basurero!”. Su cónyuge la mira, confundido… y este es el sutil inicio de una de las piezas teatrales más memorables y devastadoras del siglo XX: ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, una obra que al ser estrenada en Broadway en 1962 —y que junto con su celebérrima adaptación cinematográfica del ’66 a manos de Mike Nichols, con los celebérrimos Taylor-Burton como los personajes principales y Santa Sandy Dennis prendiéndole fuego a sus escenas con cara de niña buena— vino a cambiar drásticamente el lenguaje escénico (y eventualmente, fílmico), así como la manera en que el público se relacionaría con los contenidos y personajes que ahora se mostraban ante ellos. Esto era algo inaudito para las clases burguesas de los incipientes 60: seres humanos de carne y sangre que se hablan en escena con la misma brutalidad con la que nosotros hemos soñado hacerlo, pero no nos hemos atrevido nunca, pero el autor se atreve por nosotros y su legado es ese.
El autor es Edward Albee y Virginia Woolf es la obra que lo puso realmente en el mapa.
No es una exageración decir que con el deceso de Albee, a los 88 años de edad, concluye una época única en el teatro contemporáneo, a escala universal (y no solo anglosajona). Junto con autores como Harold Pinter y Tennessee Williams, Eugenio Ionesco, Hugo Argüelles, Dario Fo o Peter Weiss, Albee fue un representante de su tiempo y su muerte señala un cambio de estafeta: hay nuevos y vibrantes dramaturgos por todo el mundo, y muchos de ellos, de un modo u otro, llevan consigo un pedazo de la herencia de Albee.
Lo cierto, es que Albee tuvo una vida tan fascinante —y con tintes complicados, absurdos y hasta siniestros— como cualquiera de sus obras. Nació de una madre adolescente a la que nunca conoció, y a las dos semanas de nacido fue dado en adopción a un matrimonio muy adinerado: Reed y Frances Albee. Él era heredero de una cadena de cines y teatros y ella, una debutante social. Según el propio Albee, sus padres adoptivos resultaron ser bastante ineptos en el arte de educar hijos, lo mandaron a todo tipo de escuelas e internados para que se curara de su “problemita” — era insumiso y se asumió homosexual desde la adolescencia— y solo estaban interesados en dos cosas: el dinero y maneras extravagantes de gastarlo. En 1948, Albee por fin salió de una de las múltiples academias donde lo inscribieron, y les comunicó que ni en drogas se convertiría en un abogado corporativo como ellos habían planeado, para hacerse cargo del negocio, y que mucho menos pensaba casarse con alguna niña bien para hacerlos abuelos y que lo único que le interesaba era escribir. Esto resultó en un agitado drama familiar que terminó con los padres —especialmente Reed— ofendidísimos y Albee de patitas en la calle, en algún lugar de Greenwich Village, trabajando de lo que fuera —literalmente— para sobrevivir (la mamá, Frances, ocasionalmente mandaba algún cheque, pero esto era infrecuente y siempre venía acompañado de una guarnición de reproches, algo que en cierta forma se manifestaría en muchas de sus obras, sobre todo en la espectacularmente buena Tres mujeres altas y la fallidona Me, myself and I, que es su última obra, estrenada en 2007), mientras escribía día y noche.
Irónicamente, Albee no tuvo una educación universitaria formal, pero fue un gran impulsor del teatro en las universidades —muchos años después tendría incluso una cátedra de dramaturgia en Houston— y pasó diez años en la pobreza, creando y destruyendo obras hasta que encontró su propia voz y en Berlín se estrenó su primera obra formal: La historia del zoológico, una pieza en un acto en la que manifiesta sus primeras obsesiones y algunas de las características que lo harían famoso: diálogos agudos y rápidos, una creciente sensación de amenaza, revelaciones violentas y perturbadoras, todo en una unión del más exquisito teatro del absurdo y el melodrama convencional. Amén de convertirse en una de las obras clave para estudiantes de todas las facultades dramáticas, fue la que lo trajo de vuelta a Nueva York, donde empezó a hacerse de un nombre como un escritor joven y controversial —su homosexualidad nunca fue tema. Nunca la negó, y desde 1971 vivió con su pareja, el escultor Jonathan Thomas, fallecido en 2005, aunque se rehusó siempre a ser encasillado en “escritor gay”, de ahí que aunque hay una gran ambigüedad en las sexualidades de sus personajes, rara vez tocaría el tema, simplemente porque no le interesaba— con obras pequeñas hasta que, un año después de la muerte de su padre adoptivo, Albee estrenó Virginia Woolf, en la que metía todos los subtextos tomados de su propia vida, para mostrar una realidad violenta que el público estadunidense no estaba listo para ver. La obra fue un escándalo —gracias a su lenguaje, porque en realidad no ocurre nada gráfico más allá de lo que los personajes de George y Martha verbalmente se arrojan a manera de municiones— y un éxito internacional: en México se estrenó en 1963 en el teatro el Granero bajo la dirección de Xavier Rojas con una monumental interpretación de Carmen Montejo como Martha, y Rogelio Guerra como Nick; y más recientemente en 2014 con Blanca Guerra y Álvaro Guerrero, Sergio Bonilla y Adriana Llabrés—; pero la catarsis es como una purga espiritual y el público la abrazó con azoro y fervor, uno que raya en el culto.
Ganador de tres Pulitzer, un Tony, y otra plétora de reconocimientos, Albee fue una criatura extraña: un creador idiosincrásico, que tomaba “cuentos de hadas americanos” y los destripaba en escena; que tuvo los huevos de adaptar a Capote y a Nabokov al teatro —si bien el musical de Desayuno en Tiffany’s y la pieza de Lolita no tuvieron mucho éxito—, y que apoyaba la creación de artistas jóvenes. Su mejor trabajo final fue la reformación de Zoo Story, convertida en obra de dos actos, En la casa, en el zoo, que se estrenó en México este año, con un reparto encabezado por Bruno y Odiseo Bichir, y cuya última función coincidió con el fin de la vida de este escritor, que deja una huella muy profunda y difícil de emular, aunque quedan sus obras, como el siniestro melodrama buñuelesco Un frágil equilibrio (llevado al cine con Katharine Hepburn) o la encantadora comedia sobre la muerte La señora de Dubuque, que entusiasman y perturban a los espectadores, llevándolos a un lugar interno que no imaginaban y esa es la esencia del teatro, que Albee entendía muy bien, con esa socarronería torcida como ella sola, que fue su rúbrica personal hasta el último telón.