EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Daniel Herrera
Cómo negarse a lo en apariencia obvio. Hacia donde sea que volteo la misma afirmación aparece. “Somos lenguaje”, dice la academia y también lo hace la vida diaria. Estructuramos nuestra existencia, nuestro día común, nuestros espacios, nuestra ciudad, nuestro país a partir del lenguaje. Más específicamente, a partir del lenguaje escrito y hablado. Incluso define el inconsciente, según el psicoanálisis. Eso somos, escritura y lengua y nada más.
Tuve la gran desgracia de estudiar comunicación, y en esta área el lenguaje escrito es rey, a pesar de todos los programas televisivos y los comentaristas radiofónicos y los reporteros que demuestran a diario cómo esta carrera y su amor por el lenguaje son pura falsedad. Sin importar lo anterior, el lenguaje escrito y hablado son la piedra angular de todos los programas académicos de esa licenciatura. Por ejemplo, existe áreas por completo olvidadas y que cualquier profesional debería más o menos manejar: la historia del arte o la historia de la música. Pero se ignoran. ¿Para qué querría alguien, que tiene las habilidades de producir contenidos para medios, ese tipo de conocimientos que no dejan casi nada de dinero?
En fin, después se me ocurrió que estudiar historia sería una buena idea. De nuevo, muchos teóricos del área en esta disciplina se obsesionan con el lenguaje escrito.
Pareciera que no hay forma de escapar. El lenguaje es todo y nos define en muchos sentidos, si no es que en todos. Por lo menos así lo veía hasta hace muy poco.
Jesús Ramírez-Bermúdez no tiene como profesión principal la escritura. El es médico, especializado en neuropsiquiatría y su trabajo diario pertenece a un hospital: el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía Manuel Velasco Suárez.
A pesar de lo anterior, su prosa es limpia, exacta, quizá un poco minuciosa, pero esto no estorba la lectura. También posee cierta tendencia a crear juegos literarios, pero sin despeñarse en exageraciones. Vamos, que se lee con suavidad. Todo fluye de forma tan limpia que de pronto el lector se sorprende de encontrarse en medio de una interesante consulta médica.
Si algo detesto en esta existencia mía, es pisar un hospital, hacer cita, esperar rodeado de enfermos, entrar al consultorio y platicarle al doctor en turno todos los dolores y males que me aquejan en ese momento. De verdad que me molesta el olor y los pasillos largos de los hospitales. El recordatorio constante de la fragilidad humana. Los doctores que apuntan todo y te interrogan. Siempre que me siento frente a alguno de ellos me invade la extraña sensación de que en cualquier momento diré algo equivocado, aunque no sea esa la razón de sus preguntas.
Por otro lado, me fascinan los avances médicos, las palabras que utilizan, la forma en que desentrañan el funcionamiento o mal funcionamiento del cuerpo humano. Pienso que es uno de los gigantescos logros de la humanidad.
Una de las grandes ventajas de Un diccionario sin palabras, es que se puede experimentar el espacio físico de un hospital sin sentir todo aquello que me desagrada. En otras palabras, se puede husmear sin peligros en la perspectiva del médico, su día a día y las horas que pasa entre esas paredes impersonales y aburridas. Algo tienen los doctores para elegir tan terribles lugares como un espacio laboral. ¿Odian los médicos los hospitales como el resto de los humanos? ¿No pueden ver la hora de regresar a su consultorio o a casa como la mayoría de los asalariados? Preguntas para otro momento.
Jesús Ramírez-Bermúdez no sólo nos pasea por su consulta, sino también nos muestra tres historias clínicas de pacientes que, en diferentes momentos de su vida profesional, fueron atendidos por él y, además, se volvieron extraordinarios. No sé hasta dónde los casos clínicos son el secreto más importante de un médico investigador, pero lo que nos muestra el autor es una típica obsesión de escritor, en este caso, aplicado a la vida emocional y física de sus pacientes. Nada grave, sólo un autor que se dedica por horas a desentrañar una historia. No se malinterprete aquí la palabra “obsesión”.
Los tres casos que el autor inspecciona para nosotros, explican un daño cerebral profundo: la afasia. La imposibilidad de comunicarse con los demás por medio de la palabra se muestra, qué paradoja, como una exploración íntima. El autor expone los problemas de sus pacientes, pero también las dificultades de él, tanto como doctor y como persona, para entender por completo y acercarse a ellos.
Y ahí se encuentra, para mí, la piedra angular del tema. Es casi imposible lograr el entendimiento entre nosotros. Una de las limitaciones fundamentales del ser humano es explicar el interior propio a otros y que esto resulte en una relación fértil, en donde el ser de quienes participan encuentren en el otro razonamiento y entendimiento.
A esto, ya suficientemente difícil, habría que agregar un daño cerebral que les impide articular palabras, entonces tenemos un aislamiento radical.
Ante un diagnóstico tan poco amable, el autor nos devela que somos más que lenguaje. Las pacientes también se comunican a través del pensamiento matemático, artístico y visual. A partir de estas actividades humanas pueden expresar ciertas emociones o intereses.
El ensayo de Jesús Ramírez-Bermúdez derrumba la excesiva dependencia del habla y la lengua. Somos más que lenguaje, sólo tenemos que aprender a utilizar todas nuestras opciones. El mundo no está construido sobre palabras, también sobre sonidos, imágenes, números y sensaciones.
Así, el libro de Jesús Ramírez no solamente nos enseña acerca de medicina y el cerebro humano, sino también alumbra un poco la filosofía utilizando la ciencia como evidencia.
Más allá de la reflexión sobre la conciencia y el control sobre nuestro mundo y nuestro lenguaje, la obra del autor tiene ritmo narrativo, incluso hasta cierto giro melodramático aderezado con diálogos casi telenoveleros pero que, al final, lo sabemos, suceden en la vida real. Vamos, que incluso se puede leer como una sencilla historia y sigue funcionando, pero, me parece, esa sería la manera más pobre de hacerlo.
No sé hasta dónde lo que entendí del libro era lo que el autor quería comunicar. No lo sabremos ni él ni yo jamás. Incluso, si nos sentáramos frente a frente y decidiéramos platicar sobre esto, es probable que no podamos llegar a un entendimiento total y absoluto. Pero, me parece que la escritura clara, limpia y objetiva que el autor nos regala, más la fuerte carga reflexiva que habita en sus páginas, nos permite entender la mayor parte de sus estudios y su vida diaria arrancando información y conocimientos de algo tan complejo como el cerebro humano.