Rockwell Sayre, un rico banquero de Chicago, echó a andar una campaña, en 1921, con lujo de publicidad y cuantiosas recompensas, para exterminar a todos los gatos de la ciudad y, de ser posible, del planeta entero. Historias como estas parecen inconcebibles en la era de YouTube, ese canal de videos que está lleno de episodios de gatos, gatos durmiendo, gatos tirando cariñosos zarpazos a un filamento de estambre, gatos dando saltos descomunales o peleándose con un cachorrito de bulldog. Los gatos en esta era han experimentado un notable ascenso social pues, hace treinta años, en lugar de subir sus gracejos a YouTube, los gamberros en turno les amarraban latas a la cola o, los muy funestos, arrimaban una llama a su inflamable pelambre.
El mundo virtual ha redundado en beneficio de los gatos, hoy la mayoría prefiere enseñarlos en Twitter, en YouTube o en Instagram, antes que perseguirlos y atormentarlos. Pero en 1921, en Chicago, el banquero Rockwell Sayre lanzó una campaña atroz, que fue recogida por el diario Bisbee Daily Review, un diario pueblerino de Arizona que hacía eco de la nota que se publicó en la mayoría de los periódicos: “Shall we kill every cat in the U.S?” (¿Deberíamos matar a todos los gatos de Estados Unidos?), dice textualmente el titular, que se conserva en Washington, en la hemeroteca de la Biblioteca del Congreso. El proyecto de Rockwell sería impensable hoy, inmediatamente se le echarían encima, además del público en general, un montón de asociaciones protectoras de animales, varias ONG y otros tantos partidos políticos de corte ecológico, naturista o animalista. Además se le aplicaría la ley por maltratar animales y se le defenestraría socialmente por preguntar semejante sandez. Pero en 1921 el mundo era radicalmente distinto y a la sandez de si deberíamos exterminar a todos los gatos seguía una generosa oferta de Rockwell el banquero, que ofrecía diez centavos de dólar por cada cadáver de gato que cualquier entusiasta llevara hasta su casa, y además añadía que, a quien le llevara el cadáver del último gato de Chicago, le pagaría cien dólares. ¿Cómo sabría Rockwell que ese cadáver correspondía efectivamente al último gato? Este es un detalle que no se especifica en ese ejemplar del periódico.
Los datos sobre este episodio no abundan; de hecho, Rockwell Sayre es un ilustre desconocido en Google, aparece, si acaso, de manera tangencial, como el asesino de gatos por antonomasia. Yo me he venido a enterar de su existencia por un artículo ocioso, una especie de efeméride, sobre él y su inmunda gesta, en el diario The Washington Post.
El problema de Rockwell con los gatos, según se deduce de aquella vieja nota, era que se trataba de unos depredadores que se subían a los árboles y se comían a las crías de los pajarillos que aguardaban dentro de sus nidos el momento de echarse a volar. El autor de esa nota de 1921 deja ver que el banquero odiaba a los gatos pero amaba tiernamente a los pajarillos, era una especie de observador de aves que me recordó inmediatamente al personaje de la novela Freedom, del cada vez más famoso Jonathan Franzen que, por cierto, es también observador de aves y, probablemente, odie también a los gatos por la misma razón que lo hacía Rockwell Sayre. El banquero de Chicago añadía otro defecto imperdonable de los gatos que era, según él, la modalidad de portadores de virus dañinos para el organismo de los niños, además de esa creencia, propia de la Edad Media, de que los gatos absorben el aliento de los bebés y se llevan parte de su vitalidad. Como puede verse, Rockwell partía de un corpus informativo, aunque sesgado, fantasioso y fallido, para plantear la oferta de diez centavos por cada cadáver de gato que le llevaran a su casa. La nota de periódico es, como digo, pírrica, pero no lo es la cifra de cadáveres de gato que, de acuerdo con los datos que reveló el banquero, llegaron hasta la puerta de su casa: siete millones. Inmediatamente después de la cifra, el autor de la nota aclara que Rockwell era amigo de exagerar las cifras, de aumentar ceros a las cantidades, una manía que resultaba cuando menos curiosa en un hombre que se dedicaba a manipular el dinero de los demás. Pero aún cuando siete millones sea una cifra exagerada de cadáveres de gato en Chicago en 1921, el dato nos indica que recibió una cantidad significativa; ¿la mitad?, ¿el diez por ciento?, ¿el uno? Digamos, de forma muy conservadora, que Rockwell recibió el uno por ciento de los gatos que dijo recibir, es decir, 70 mil cadáveres de gato. ¿De qué tamaño es una montaña de 70 mil gatos muertos?, ¿qué hizo con ellos? Más que nada llama la atención el proceso de cacería que su oferta debe haber desatado; seguramente el día de su publicación salieron decenas de miles de habitantes de Chicago, de todas las edades, con un palo o un par de piedras y un costal para meter su presa que valía diez centavos. Las hordas de cazagatos en Chicago deben haber puesto la ciudad patas arriba. ¿Por qué nadie ha hecho todavía la película del siniestro Rockwell Syre?
JORDI SOLER