EL ÁNGEL EXTERMINADOR
EL PEZ SOLUBLE
Jordi Soler
Las cigarras son insectos muy famosos, de costumbres rigurosamente desconocidas e ignoradas.
Las cigarras son muy perezosas, nos dice la fábula de La Fontaine, y para ilustrar esa abulia de dimensiones literarias las compara con las trabajadoras hormigas, que durante todo el día no paran, van de arriba abajo cargando ramitas, pedazos de comida e incluso los cadáveres de otros insectos que se encuentran tirados por ahí.
¿Ramitas? Ese palito que carga una hormiga, comparado con las dimensiones de su cuerpo, equivale al tronco de un buen pino, porque una hormiga es capaz de cargar objetos que pesan lo que pesarían diez o veinte hormigas como ella. La Fontaine acertó con su perspectiva de las hormigas pero, con las cigarras simplifico: convirtió un desasosegante proceso de gestación en el desplante permanente de un insecto altanero y muy güevón.
La Fontaine nos cuenta que la cigarra se dedicó a cantar durante el verano mientras la hormiga recogía provisiones para resistir el invierno. Durante esos meses en los que la cigarra, echada de espaldas sobre la rama de un árbol, practicaba su escandaloso canto de 86 Hz, la hormiga la animaba a trabajar para que la época invernal no la sorprendiera desavituallada.
Su intención era buena, pero pasaba por alto que el oficio de las cigarras, también conocidas como chicharras es, precisamente, cantar a una frecuencia de 86 Hz. Eso es lo que las cigarras vienen a hacer al mundo, a cantar y a reproducirse para que en los veranos no nos falte su crispante musiquilla. La hormiga pasaba por alto que al cantar la cigarra trabajaba tan duramente como ella, que llevaba a su guarida un descomunal grano de arroz. Es como si después de un esforzado concierto alguien va y le dice a Elton John o a Juan Cirerol que ya se ponga a trabajar.
Pasemos por alto la perspectiva económica de La Fontaine y vayamos al desenlace de la fábula, donde vemos a la cigarra trashumando por una tundra llena de nieve y hielo, tiritando de frío y recordando lo que le había dicho su vecina, la trabajadora hormiga. La cigarra no puede más, tiembla cada vez que la embiste una ventisca, porque de abrigo no lleva más que una bufandita. Si no hubiera sido un insecto tan descaradamente güevón habría tejido el suéter completo, parece sugerirnos La Fontaine. Desesperada se acerca a la casa de la hormiga, donde sobran la comida y el abrigo, mira por la ventana y ve a su amiga leyendo tranquilamente el periódico, recostada en un impresionante chaise longue y enfundada en un albornoz, frente a una chimenea cuyas llamas calientan sus cuatro patas (porque con las otras dos está sosteniendo el periódico).
La hormiga ve que la cigarra la espía y, desalmada como suelen ser los insectos, se mofa de su vecina, le dice: así como antes cantabas, ahora puedes ponerte a bailar. Ahí termina la fábula de La Fontaine, con la moraleja de que quien trabaja sale adelante y quien no se congela en el invierno, situación que la dura realidad se encarga de reordenar: el mundo está lleno de güevones que triunfan y de trabajadores que se hunden sin remedio.
Pero la vida de las cigarras difiere bastante de lo que nos cuenta La Fontaine, no solo es digno su canto sino que, antes de ejercerlo, en verano la cigarra ha tenido que vivir enterrada una media de 18 años, madurando sus órganos y sus miembros en un oscuro y agotador purgatorio biológico. En cuanto la madre cigarra pare, sus crías hacen pequeños túneles en la tierra y ahí permanecen todo ese tiempo hasta que llega el verano de sus vidas, la temporada en que salen a cantar para atraer una pareja que se quiera aparear con ellas y, después de haberse apareado, su vida se precipita por la pendiente de la vejez. No es que la cigarra de la fábula estuviera, precisamente, pagando las consecuencias de una vida dedicada a la pereza y al despilfarro del tiempo productivo, la pobre acababa de experimentar el único verano de su vida, después de haber pasado 18 años enterrada, un verano que había dedicado a aparearse y a cantar: ¿no son para eso los veranos? Pero la hormiga, obsesionada con el trabajo y la productividad, entregada al acopio y a la multiplicación del capital, cegada por su deleznable deriva dineraria, no entiende nada en esa fábula, no sabe que su vecina no está así por perezosa y poco previsora, está así porque se está muriendo después de 18 años de ese esfuerzo ininterrumpido y continuado que se le exige a todos los individuos de su especie.
Las cigarras son como mineros que cultivan las vetas de su propio cuerpo. Son como zombis pero al revés, primero son muertos vivientes y después cigarras bien vivas. Las cigarras trabajan muy duro durante 18 años para llegar al mismo punto al que llegó La Fontaine en solo nueve meses de perezosa gestación.