20 años de descuido en el agua metropolitana

Megaproyectos ocultan la realidad: hay 20 años de omisiones para mejorar infraestructura, proteger el acuífero y generar cultura del agua.
Entre 1991 y 2014, la ciudad dobló sobradamente su superficie, de 30 mil a 65 mil hectáreas.
Entre 1991 y 2014, la ciudad dobló sobradamente su superficie, de 30 mil a 65 mil hectáreas. (Milenio)

Guadalajara

Entre 1993, cuando entró en operaciones la presa Calderón, y el actual 2014, el discurso oficial ha sido crítico de la irresolución de los tomadores de decisiones en Guadalajara respecto a proveer a la ciudad de una nueva fuente de agua, pero complaciente en relación a las demás causas del atraso en la gestión integral del recurso, obligatoria según la Ley de Aguas Nacionales.

De este modo, no solamente la zona conurbada careció de nueva fuente, sino que degradó su propio sistema hidrológico con una urbanización caótica, irresponsable y de corto plazo.

Una gestión integral del agua “significa en pocas palabras: manejo inteligente y responsable del agua por todos los ciudadanos. A partir de esta conceptualización podemos establecer una agenda pendiente”, advierte el consultor Arturo Gleason Espíndola, investigador de la Universidad de Guadalajara.

“Actualmente no hay un programa estructurado, serio y apoyado para empezar este cambio, solo chispazos. Las organizaciones no gubernamentales, comprometidas con la gestión, deben tomar la iniciativa para crear conciencia y educar a la población. En lo que el gobierno asume un compromiso serio en este sentido, los ciudadanos debemos actuar pronto”, añade.

Descuido del acuífero

Los datos duros no dejan lugar a dudas: entre 1991 y 2014, la ciudad dobló sobradamente su superficie, de 30 mil a 65 mil hectáreas, y redujo su densidad de habitantes a un tercio, lo que significa que la población se dispersó. Esto implicó un gran desafío para financiar con presupuesto público los servicios no previstos por los negocios privados de los fraccionadores.

Pero además, se creció sobre las zonas inadecuadas: pasos de arroyos y ríos, en sus puntos bajos, son hoy ocupados por calles y fincas que impiden el funcionamiento hidrológico de la ciudad. El efecto son inundaciones periódicas con alto riesgo para patrimonios y vidas de los moradores de esos puntos bajos (el organismo operador, SIAPA, calculó hace ocho años en 600 millones de pesos las pérdidas anuales).

Un segundo exceso de las autoridades municipales que emitieron permisos para los fraccionamientos, es que se permitió urbanizar buena parte del área de alta recarga de los acuíferos metropolitanos, lo que evitó la infiltración de millones de litros, y repercutió en el abatimiento del manto subterráneo.

Un tercer problema es que el agua subterránea, mientras más profunda, tiene peor calidad, lo que ocasiona un alto costo de potabilización. El ejemplo claro de este efecto se tiene en el valle de Toluquilla, donde el agua con arsénico -por abundancia natural, mayor mientras se bombea desde más profundo- ha generado una alta precariedad en el servicio para casi un millón de habitantes de Tlajomulco, Tlaquepaque, El Salto y Zapopan.

“Guadalajara ha crecido de manera desordenada. El concreto cubre más de tres cuartas partes de la superficie. Esto ha provocado cambios en el comportamiento del ciclo hidrológico, y para muestra tenemos las inundaciones que sufrimos cada temporal (...) el agua que antes se infiltraba ahora por la obstrucción de concreto (calles y casas), corre por las calles creando ríos caudalosos y peligrosos. Menciono este caso pero hay más. Es necesario disminuir las  áreas impermeables (concreto) y aumentar las áreas verdes a través de siembra de árboles y creación de espacios abiertos”, añade Gleason Espíndola.

De 30 a 40 por ciento del agua que se abastece en la urbe viene del subsuelo. Cada año llueven en promedio 973 milímetros, lo que da un estimado anual de 340 millones de m3, según datos del investigador Carlos Hernández Solís. Pero dada la pérdida de permeabilidad ocasionada por construcciones y asfalto, es muy inferior lo que se infiltra. “Los acuíferos de Atemajac y Toluquilla presentan un balance deficitario, lo que trae como consecuencia abatimientos en los niveles de agua subterránea que deriva en mayores costos de energía eléctrica por el bombeo utilizado”.

Un terreno con cobertura natural infiltra 50 por ciento del agua de lluvia, evotranspira 40 por ciento (agua que se evapora y sube a la atmósfera) y sólo escurre 10 por ciento del volumen. Con urbanización, si se deja de 10 a 20 por ciento de la superficie impermeable (por la que no puede infiltrarse el agua), la infiltración baja a 45 por ciento, la evotranspriración se reduce a 35 por ciento y correrá sobre superficie 20 por ciento del agua —el doble de la escorrientía natural—.

Sin embargo, este modelo de moderación no ha sido frecuente en el desarrollo de Guadalajara: impera, en desarrollos residenciales, el que tiende a impermeabilizar de 35 a 50 por ciento de la superficie, reduciendo la captación al subsuelo a 35 por ciento, y elevando el escurrimiento al triple del natural; y sobre todo, los modelos de urbanización que impermeabilizan más de 75 por ciento de la superficie y ocasionan que 55 por ciento del agua de la lluvia se vaya sobre el suelo, cuenca abajo, provocando estragos.

Escasa inversión, dispendio

Las fuentes de abastecimiento nuevas por las que apuesta el gobierno de Jalisco y los municipios no omiten el reconocimiento de la baja inversión que se ha hecho en la infraestructura. Redes de agua y alcantarillado con antigüedad de 40 a 80 años —algunas todavía son de barro—, son causa de miles de fugas, y de colapsos de pisos en calles y avenidas: se ha llegado a rebasar tres mil eventos por año, según el organismo operador. Urge reponer 1,800 kilómetros, casi la cuarta parte de las redes.

A ello se agrega un vasto programa pendiente para prevenir inundaciones por medio de represas y de reapertura de cuencas con grandes áreas verdes que permitan regular el agua de los temporales. Entrar a atender lo más prioritario de estos dos problemas exige invertir casi tanto como el proyecto El Zapotillo: poco más de doce mil millones de pesos.

Además, se debe promover la cultura del agua ya que se consumen 180 litros por habitante.

Gleason comenta: “El gobierno del estado no ha puesto la atención debida. El SIAPA ha promovido algunas campañas de cultura, pero quedan en eventos aislados y no se le dan continuidad. Quedando claro que la educación en cuanto al cuidado y conservación del agua no es su prioridad, sino construir mega obras”.

Para lograr una gestión integral del agua en Guadalajara, hay que integrar el compromiso social, el conocimiento tecnológico, el talento, y sobre todo la voluntad política de querer hacer las cosas bien, por el bien de todos”, puntualiza.