La agonía final de los rebeldes de Alepo

En noviembre, los atacantes obligaron a los insurgentes a retroceder, para aceptar más tarde un alto el fuego y un acuerdo de retirada el pasado martes.

Beirut

Mientras se intensificaban los bombardeos sobre Alepo en los días previos a la caída del enclave rebelde de la ciudad siria, Mahmoud Issa intentaba calmar a sus aterrados hijos.

"Mi hija pequeña se dormía con las manos sobre sus oídos (...) Yo le decía 'no tengas miedo, estoy a tu lado'".

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Issa dijo que también había otro motivo, "por supuesto, estar juntos significa que moriríamos juntos, por lo que nadie se quedaría vivo y triste por los demás".


Miles de personas atrapadas en el este de Alepo se enfrentaron al frío, el hambre, la miseria y una espera incierta para salir de la ciudad como refugiados mientras las fuerzas gubernamentales se hacían con el control del último bastión de resistencia rebelde, un gran triunfo en la guerra civil siria.

Mientras se extendían los reportes sobre asesinatos por parte de soldados gubernamentales y milicianos armados, negados por Damasco, muchos se vieron impactados por la dolorosa realidad de que puede que no regresen nunca a casa.

La batalla por Alepo comenzó en 2012, un año después del alzamiento contra el presidente Bashar al-Assad, pero fue solo durante este verano boreal que el Ejército y sus milicias chiíes aliadas, apoyados por el poderío aéreo ruso, lograron rodear la zona oriental bajo control rebelde.

El 24 de noviembre, los atacantes lograron un súbito avance, obligando a los insurgentes a retroceder, para aceptar más tarde un alto el fuego y un acuerdo de retirada el pasado martes.

Las imágenes de los últimos días procedentes del reducto rebelde mostraban a multitudes reunidas alrededor de hogueras, envueltas en ropa de abrigo para combatir el frío y buscando refugio entre montañas de escombros y metales retorcidos.

"Todos los habitantes estaban apiñados en tres o cuatro distritos. La gente estaba en las calles, así que cada mortero que caía provocaba una matanza. Los muertos necesitaban a alguien que los enterrara. No había nadie para enterrarlos", dijo a Reuters un hombre de unos 40 años que fue evacuado.


El miércoles pasado, la zona fue objeto de bombardeos aéreos y fuego de artillería, una ofensiva que alcanzó su clímax antes de la medianoche.

"Las bombas caían a nuestro alrededor al ritmo de mi respiración", dijo Modar Shekho, un enfermero cuyo padre y hermano perecieron en las dos últimas semanas. La semana pasada escapó de Alepo en un convoy para reunirse con su familia en el territorio controlado por los rebeldes fuera de la ciudad.

Los residentes afirmaron que las calles están llenas de cadáveres. Fotografías enviadas por un médico mostraron a un hombre en una clínica de campaña andando entre cuerpos tirados en el suelo cubiertos por mantas en un pasillo con las paredes salpicadas con manchas de sangre.

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La mayoría de las personas llevaba consigo solo una o dos bolsas de pertenencias personales.

"Todos en Alepo se han trasladado casi diez veces. No quedan sitios. Cada vez que me mudaba a una casa era bombardeada", dijo Adnan Abed al-Raouf, un ex funcionario civil.

En el caos, las familias se separaron.

Wadah Qadour, un ex capataz de obra, describió cómo un hombre que llevaba a su mujer sangrando en busca de ayuda no se dio cuenta de que su hija no les estaba siguiendo.

"La niña acabó en un orfanato", aseguró.

Un fotógrafo de Reuters mostró a una madre acunando a su hijo en una manta mientras estaba sentada a un lado de la carretera junto a escombros.

"Se hizo oscuro fuera. La gente se acuclillaba en las calles y empezó a encender fogatas para mantenerse calientes. Miles de familias dormían en las calles esperando el regreso de los autobuses", dijo Shekho, el enfermero que perdió a su padre y su hermano.

La multitud intentó subir a los autobuses el jueves, cuando al menos tres convoys lograron salir de Alepo con dirección a las zonas bajo control rebelde en el oeste.


Cuando los vehículos llegaron a medianoche, todos se abalanzaron en busca de un asiento. "Todos agarramos nuestras cosas y fuimos para allá", comentó Shekho. "Miles de personas se congregaron ante los autobuses".

Logró salir de Alepo, pero se calcula que aún hay decenas de miles de personas atrapadas en la ciudad. "Seguían esperando en las calles y hacía mucho frío y los autobuses llegaban tarde", afirmó otro enfermero.

Para los rebeldes que intentan decidir qué hacer ante la derrota, el miedo por sus familias y otros civiles influye bastante. Tras prometer no irse nunca, reconocieron que no tenían otra alternativa mientras los bombardeos afectaban a zonas residenciales.

Aceptaron los términos de retirada fijados en una propuesta ruso-estadounidense que les ofrecía una salida segura y que les fue presentada por funcionarios de Estados Unidos, dijeron funcionarios rebeldes. Pero en cuanto se hicieron a la idea de rendirse, Rusia declaró que no había acuerdo.


Los comandantes insurgentes decidieron que su única opción era combatir hasta la muerte, afirmó el líder del grupo rebelde Jabha Shamiya.

"Fueron días muy duros, porque éramos responsables de los civiles: mujeres, niños, ancianos", indicó Abu Ali Saqour en una conversación desde el este de Alepo.

Más tarde en la noche, el Ejército y sus aliados hicieron otro avance relámpago, capturando el distrito de Sheikh Saeed tras un intenso combate y obligando a los rebeldes a retirarse durante el día siguiente hasta un pequeño reducto.

Nuevas conversaciones entre Rusia y Turquía, el principal soporte foráneo de los rebeldes, generaron otro acuerdo de evacuación, pero su puesta en marcha se interrumpió, dejando a miles de personas en el limbo con temperaturas bajísimas.

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Yousef al Ragheb, un combatiente del grupo rebelde Fastaqim, recibió órdenes de sus jefes para destruir pilas de documentos y deshacerse de equipos en un cuartel.

Tras escuchar que la tregua proseguía, Abdullah Istanbuli, un manifestante reconvertido en combatiente, pasó horas quemando sus pertenencias y destrozando sus muebles para evitar el saqueo cuando se fuera. "Estamos quemando nuestros recuerdos (...) No quiero que nadie viva en mi casa después de mí", dijo.

FLC